Entre dos titanes

  • 28/02/2026 00:00

Panamá ha sido, desde mucho antes de su nacimiento como República, un territorio codiciado. Su privilegiada posición geográfica la convirtió en pieza estratégica del comercio imperial español y, más tarde, en punto neurálgico del tránsito mundial. No es casual que Simón Bolívar, en su Carta de Jamaica de 1815, vislumbrara que nuestra posición entre dos grandes mares podría convertirnos en el emporio del universo. Aquella intuición no era poesía patriótica: era geopolítica pura. Sin embargo, dos siglos después, la pregunta es obligatoria: ¿hemos sabido convertir esa ventaja natural en una política exterior inteligente y soberana, o seguimos reaccionando a las presiones de las grandes potencias? Y más aún, en medio de esta competencia global, debemos atrevernos a formular otra pregunta incómoda pero necesaria: ¿quién es realmente nuestro amigo?

Nuestra relación con los Estados Unidos ha estado marcada por la cooperación y, también, por episodios de tensión que forman parte de nuestra memoria nacional. Al mismo tiempo, el ascenso de China como potencia económica global abrió un nuevo capítulo en nuestra política exterior, especialmente tras el establecimiento de relaciones diplomáticas en 2017. Antes de ello, Taiwán mantuvo durante años vínculos estrechos con Panamá, apoyados en cooperación financiera significativa. Cada etapa respondió a una lógica internacional concreta, pero también reveló una constante: Panamá suele moverse en función de la correlación de fuerzas externas.

La pregunta sobre la amistad no es ingenua ni retórica. En el sistema internacional los Estados no cultivan amistades desinteresadas; cultivan intereses. Ninguna potencia actúa por altruismo. La diplomacia de la cooperación, ya provenga de Washington, Taipéi o Pekín, responde a objetivos estratégicos claramente definidos. Taiwán buscaba reconocimiento diplomático; China promueve la política de una sola China y la expansión de su influencia económica; Estados Unidos protege su seguridad estratégica y sus rutas comerciales. En ese tablero, Panamá representa un nodo logístico esencial, particularmente por el Canal y por la infraestructura portuaria que conecta océanos y mercados.

El problema no radica en que las potencias defiendan sus intereses; eso es natural en el sistema internacional. El verdadero desafío surge cuando nuestra política exterior parece oscilar en función de ofertas inmediatas, sin articular una estrategia de largo plazo claramente definida. Un país pequeño no puede darse el lujo de improvisar entre titanes ni de confundir cortesía diplomática con amistad estratégica.

Panamá necesita una política exterior basada en principios firmes y en objetivos nacionales claros. Esto implica reconocer que la competencia entre Estados Unidos y China no es un episodio pasajero, sino una tendencia estructural del siglo XXI. También significa aceptar que nuestra ubicación estratégica nos obliga a actuar con mayor previsión que otros países menos expuestos a estas tensiones.

Ser diplomático no equivale a ser pasivo. La neutralidad activa, bien entendida, exige reglas claras, transparencia en los acuerdos y diversificación de relaciones económicas. Depender excesivamente de un solo socio, sea cual sea, limita el margen de maniobra y aumenta la vulnerabilidad ante presiones externas. La soberanía no se proclama en discursos; se ejerce mediante decisiones coherentes y consistentes.

Al mismo tiempo, es indispensable fortalecer nuestras instituciones. Una Cancillería con visión técnica y estratégica puede anticipar escenarios, negociar en mejores términos y evitar que los debates internos se conviertan en señales de debilidad internacional. Cuando las potencias perciben ambigüedad o divisiones, tienden a aprovecharlas; cuando perciben claridad y firmeza, ajustan su conducta.

Panamá no debe escoger bandos como si se tratara de una disputa ideológica. Debe, en cambio, defender su interés nacional con serenidad y madurez. Eso implica mantener relaciones constructivas con Estados Unidos, principal socio histórico y actor clave en el hemisferio, mientras se desarrollan vínculos económicos con China y otras economías emergentes bajo criterios transparentes y sostenibles. La diversificación no es traición; es prudencia estratégica.

Tampoco podemos ignorar que el Canal de Panamá, ampliado y modernizado, sigue siendo el corazón de nuestra relevancia global. Su administración eficiente y neutral es un mensaje poderoso al mundo: Panamá es capaz de gestionar con profesionalismo un activo estratégico de impacto planetario. Esa misma lógica debería extenderse a otras áreas de infraestructura crítica, asegurando que cualquier inversión extranjera respete estándares claros de seguridad jurídica, equilibrio geopolítico y protección del interés nacional.

En definitiva, quizá la respuesta a la pregunta inicial sea menos romántica de lo que quisiéramos. En política internacional no existen amigos permanentes; existen socios con intereses convergentes mientras las circunstancias lo permitan. Por ello, más que buscar un amigo absoluto, Panamá debe aspirar a ser un socio respetado y predecible, capaz de defender con firmeza su autonomía.

Si permitimos que otros definan nuestra agenda, seguiremos siendo una pieza más en el ajedrez internacional. Si, en cambio, construimos una estrategia coherente, basada en soberanía, transparencia y visión de futuro —un tema en el que nuestros políticos dejan mucho que desear—, podremos convertir nuestra posición en una ventaja real y sostenible.

Es imprescindible una Cancillería capaz de comprender el momento histórico que atravesamos; no hay espacio para la improvisación. En un mundo donde los titanes juegan ajedrez, Panamá debe dejar de ser una mera pieza en un juego de poder y comenzar a ser jugador.