Escritura literaria y periodística: semejanzas y variantes

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  • 24/04/2026 00:00

No pocos creadores de obras de ficción y de poesía, han ejercido al mismo tiempo alguna forma de periodismo cultural o de escritura de artículos de opinión a un mismo tiempo, como una manera de estar en contacto permanente con los muy diversos aspectos de la realidad cotidiana mientras al mismo tiempo se mantienen en forma para el complejo ejercicio de la creatividad literaria. En América Latina ocurre sobre todo a partir del siglo xix, pero en general en todos los países. El caso más emblemático es el del gran poeta nicaragüense Rubén Darío (1867-1916), quien se destacó también como cuentista, periodista y diplomático.

Entre los panameños, es obligado recordar como escritores destacados que ejercieron activamente el periodismo a Gaspar Octavio Hernández, Guillermo Andreve, Gil Blas Tejeira, Joaquín Beleño, Mario Augusto Rodríguez, Guillermo Sánchez Borbón y Herasto Reyes, entre otros.

La escritura no solo implica la expresión de ideas y la articulación de sentimientos mediante el uso de un lenguaje eficaz, sino la capacidad de profundizar en esas ideas y sentimientos para que el lector pueda comprenderlos e, idealmente, compartirlos con el autor. Por tanto, los razonamientos planteados deben ser convincentes. Aunque no existe ninguna receta infalible que permita alcanzar ese logro, sí hay algunas premisas básicas, resultado de la experiencia, que a manera de sugerencias y al margen del estilo que tenga cada quien –que sin duda debe respetarse a menos que gramaticalmente esté viciada–, conviene que sean explicadas para que se tengan en cuenta al escribir.

Lo primero a tomar en consideración es la naturaleza misma de la escritura. Sucesivas en el tiempo y en el espacio al momento de combinarse para formar frases, las palabras deben ser lo más precisas posible al momento de representar una idea o un sentimiento, y obedecer a un esquema gramatical que rige de antemano la construcción de dichas frases.

De ahí que sin un conocimiento cabal previo de las diversas estructuras gramaticales y el dominio de un vocabulario amplio y variado, el lenguaje con el que habrán de expresarse las ideas no tendrá fuerza ni trascendencia alguna, incapaces de permitir que aquellas despeguen, mucho menos que logren transmitir lo que se propone el autor. En ese sentido, lo primero, lo más elemental –materia de estudio en la escuela primaria– es ejercitarse en la costumbre de redactar bien. Es decir, con corrección y claridad. Y en este sentido, qué duda cabe, la lectura es fundamental. Así, quien no entiende lo que lee tampoco será capaz de escribir lo que piensa y siente. En la práctica, ambas cosas deben darse de forma simultánea, y realizarse desde muy temprana edad, yendo de lo más sencillo a lo más complejo.

Otra premisa importante a tomar en cuenta es que difícilmente podemos redactar pensamientos o emociones sobre los que nosotros mismos no tenemos un grado aceptable de claridad. Es decir: ¿cómo pretender explicarle a otros lo que no entendemos? Si bien es cierto que cuando se trata de una escritura más compleja, como la que se da en un texto literario -poema, cuento, novela-, a menudo el autor escribe precisamente para tratar de comprender mejor su caos interior o el del mundo externo.

Lo cierto es que el arte de escribir bien implica esa necesidad previa de entender al menos qué es lo que no se entiende, válgase la paradoja. Paradoja en realidad sólo aparente, puesto que el solo hecho de saber plantear los elementos de lo indescifrable, lo enigmático, lo misterioso, lo contradictorio o lo absurdo de la vida, ya es una forma de empezar a descifrarla.

Además, la escritura no siempre busca dar respuestas: es más común que una buena novela, por ejemplo, cumpla su misión artística e indagadora planteando de forma oblicua, sugerente, las preguntas más pertinentes. Y una manera de hacerlo en las obras de ficción es creando -con talento por supuesto- situaciones, ambientes y personajes en los que encarnan esas dudas o esos contrasentidos en su manera de accionar, de tal manera que tanto el autor como sus lectores se vean confrontados por la incertidumbre que implica la complejidad de la experiencia humana. Y en consecuencia se sientan impelidos a pensar y a sentir como nunca antes lo habían hecho.

La escritura periodística es otra cosa, pero viene de las mismas premisas. Ya sea en la redacción de una noticia, un artículo de opinión, una nota editorial, una reseña crítica, una crónica o un reportaje, debe haber una elemental claridad, la cual debe formularse de la manera más directa, menos complicada posible, contrario a la creación literaria cuya complejidad estilística tiende a imitar la de la vida misma que pretende reproducir. Y es que el periodismo, en sus diversas modalidades, busca comunicar variados aspectos de lo sucedido, serle fiel a la realidad del modo más inmediato y trasparente posible. La escritura que ha de servirle como molde debe, por tanto, ser un vehículo capaz de transmitirle al lector la mayor sensación de veracidad e inmediatez posibles.