Escuchando cantos de sirena

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  • 10/05/2026 00:00

Por mucho tiempo me llamaba la atención cómo se hacía política en países supuestamente tan adelantados como los Estados Unidos de América. Allá, poco es lo que los candidatos se promueven ellos mismos, resaltando más las cosas buenas que tienen para ofrecerle a un público, ávido de recibir este tipo de información. Sin embargo, se ha recurrido a una práctica, ya convertida en costumbre, donde en lugar de destacar lo bueno que tienen, se toman el trabajo de buscar, destacar y promover lo mucho o poco de malo que pudiera tener su contrincante.

¿De qué ha servido esto? No solo ha sido una fuerte razón para promover un descrédito propio y de sus rivales, sino que en el dime y diretes, se llega hasta a falsear una información, cayendo en un delito castigable en muchos lugares del mundo.

¿Qué la aporta a una campaña? Pues “Desde mi balcón” no mucho. Lo único que a veces se hace tan sutilmente que, sin acusar al contrincante de nada, lo que hacen es sembrar una duda sobre su actuación y comportamiento, cosas que, en un pasado eran muy valiosas para definir el carácter de un candidato.

En política se pasó de discursos frentes a audiencias de pequeña y grandes dimensiones, a barbaridades que se expresan anónimamente a través de plataformas de redes sociales. Lo más triste es que hay quienes les creen, porque “si sale en las redes, debe ser cierto”, ¿verdad?

No es que esté llamando a hacer política al estilo que la hacían nuestros antepasados, pero si creo que es muy importante darle un valor muy especial a escuchar a un candidato. Verlo en persona, mirar su cara y poder leer si lo que nos está diciendo tiene sentido, puede ser cumplido y si estamos dispuestos a llamarle la atención y reclamarle cuando no esté cumpliendo lo que prometió.

Es que ser un buen ciudadano, no es solo salir a votar el día de las elecciones. Ser un buen comunicador no es preparar la mejor campaña para “engañar” a un electorado, muchas veces sin el pleno conocimiento de por quién están votando. ¿Cómo es posible que haya personas que aseveren, con aquella convicción de mandamás, que no salieron a votar el día de las elecciones, porque nadie los pasó a buscar, porque no les dieron almuerzo y porque no les dieron un emolumento por ejercer un derecho ciudadano que tanto nos costó?

Sigo convencido que hay que iniciar por la capacitación de nuestra ciudadanía, para que aprendan a votar, no por quien les regala una gorra, una bolsa de comida o una mochila llena de cuadernos. Hay que promover que los hombres y mujeres de nuestro país, aprendan a votar por la persona que más le convenga al país, circuito o distrito en el que residen. No permitir que nos hagan trampa, disimulada de buenas obras. ¿Cómo es posible que podamos apoyar a un candidato que nos ha robado por mas de cuatro años como funcionario y, encima, viene a volvernos a comprar con la misma plata que nos robó?

Tenemos que aprender a valorar más nuestro voto porque, si bien es cierto suena a estribillo, lo que nos roban y nos restriegan en nuestras narices, son fondos que debieron haber servido para que nuestros hijos tuvieran una mejor escuela, mejores libros y cuadernos, mejores maestros y profesores, mejor atención médica que produzca que tengamos una población más sana que la tuvimos cinco años atrás.

Si tenemos que regresar a escuchar a los candidatos en las esquinas, en las plazas —menos en debates sin sabor ni olor y con publicidad excesiva que no nos permite disfrutar de nuestros partidos o novelas—, pues exijamos que sea así.

La patria lo necesita. Nuestros hijos lo necesitan. Cada uno de nosotros lo necesita. ¿Qué vamos a esperar? ¿Qué venga un falso profeta a susurrarnos en el oído y cantarnos cantos de sirena como cada cinco años?

*Analista político, comunicador y dirigente cívico