España de nuevo en la encrucijada
- 10/09/2026 23:54
Hace poco pude cumplir un deseo largamente acariciado: pisar la tierra ancestral de mis antepasados paternos de Camagüey, isleños canarios que en las postrimerías del siglo XIX emigraron desde Tenerife hacia Cuba. De aquel viaje destacó el ascenso al Teide, que reina sobre las playas negras y los llanos de lava de la isla con serenidad engañosa, ya que desde la conquista castellana la isla ha estallado cinco veces —más o menos cada siglo, una de ellas la noche del 24 de agosto de 1492, cuando Cristóbal Colón anotó asombrado las llamaradas que ardían sobre ella. La montaña calla durante generaciones y de pronto, sin avisar, recuerda lo que es.
En ese mismo periplo cumplí con el rito de acudir al Museo Reina Sofía, como cada vez que paso por Madrid, a contemplar otra manifestación majestuosa, ya no de la naturaleza sino de la mano humana: el Guernica de Picasso. La obra nació del bombardeo de la villa vasca el 26 de abril de 1937, cuando la Legión Cóndor alemana y la Aviación Legionaria italiana, aliadas de los sublevados franquistas, masacraron una población desarmada.
Fue el primer ensayo deliberado del uso de la aviación militar contra una población civil y provocó indignación internacional. Estremecido por las fotografías de la prensa, Picasso convirtió el encargo de la Segunda República para el Pabellón español de la Exposición Internacional de París en el símbolo universal del sufrimiento de los inocentes en todas las guerras.
En la exhibición se encuentra el discurso del embajador de la República en Francia, Ángel Ossorio y Gallardo, al inaugurarse aquel pabellón el 12 de julio de 1937. Me impresionó la semejanza entre aquel período sombrío y el que vivimos ahora: en ambos, las democracias liberales soportan el embate de fuerzas oscurantistas, enemigas de la paz y de la justicia social.
Ossorio advirtió a sus anfitriones que lo que se ventilaba en España pronto se extendería a Francia, y que quien mirara hacia otro lado tendría la guerra en casa. Acertó con exactitud desdichada: tres años después Hitler se pavoneaba por los bulevares de París.
Es imposible pasar unos días en España sin percibir el aire de crispación que la aqueja, tanto por el calor sofocante del inexorable cambio climático como por una confrontación político-partidista sin cuartel. Pese a logros indiscutibles —crecimiento por encima de la media de la eurozona, récords de afiliación laboral, alzas sostenidas del salario mínimo— y también con asignaturas pendientes como la crisis de vivienda y la sempiterna corrupción, la ultraderecha de Vox y un Partido Popular cada vez más cómodo con el pasado franquista se empeñan en descalificar al gobierno socialista de Pedro Sánchez y dibujar paralelos con el supuesto caos de la Segunda República, a fin de justificar el retorno a etapas ya superadas.
Y como en los años treinta del siglo pasado, la democracia española no enfrenta sola a sus enemigos internos, sino a una internacional reaccionaria que ataca ya no con Stukas sino con bots y memes, con desinformación viral y campañas coordinadas en las redes: las “legiones cóndor” de la mentira.
En este caso, la avalancha de migrantes sobre Ceuta a finales de julio —decenas de miles de personas “convocadas” por bulos de fronteras abiertas, y más de un centenar de ahogados— exhibe señales demasiado reconocibles de operación dirigida para atribuir al azar.
No es casualidad que ocurra cuando España sea sede de la alianza global en defensa de la democracia, reafirma los derechos del pueblo palestino y rechaza frontalmente la calamitosa guerra contra Irán. Escribo y recuerdo la sentencia de García Márquez sobre “las estirpes condenadas a cien años de soledad”, sin una segunda oportunidad sobre la tierra.
¿Será nuestro destino el de los Buendía, volcanes que repiten su ciclo porque no pueden elegir? Ante los nubarrones de conflicto global que de nuevo nos acechan, quiero creer que los pueblos sí pueden. Ahí radica toda la diferencia y toda la responsabilidad.