Esperpéntica

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  • 06/03/2026 00:00

Las relaciones internacionales nacieron con el objetivo de convertir en realidad la necesaria unidad de los pueblos en la meta de la humanidad por aglutinar esfuerzos para garantizar el éxito en la lucha contra distintos flagelos que azotan al mundo entero. Algunos ejemplos: la guerra, el hambre, la violación de los DDHH, la discriminación, el genocidio y el terrorismo en todas sus formas. En la ONU suenan con permanente fuerza las palabras del presidente F. D. Roosevelt al clamar contra la agresión, por la unidad de la raza humana, los derechos fundamentales del individuo y la solidaridad de todos los pueblos. Llamó a todas las naciones a “luchar por la libertad de expresión, la libertad de trabajo, por liberarse de la necesidad y liberarse del temor”. Palabras recogidas en la Carta del Atlántico, fuente inspiradora de la ONU, firmada también por Winston Churchill.

Es esta la razón para rechazar esa práctica del obsequioso de subordinación reverencial a los deseos de quien guarda el látigo. No se trata de inclinaciones políticas ni preferencias ideológicas, sino de actuaciones correspondientes con la naturaleza de las instituciones en las que Panamá es parte y defiende por principio.

Ser miembro de la ONU, de la OEA y de muchos otros organismos multilaterales para fines específicos, ya sea comerciales, de justicia o tratados determinados, implica conductas particulares que van más allá de las apetencias personales de los dirigentes. Esas son instancias que han acumulado experiencias de convivencia a nivel mundial cuya asunción colectiva busca la solidez de principios y valores que le permitan a la humanidad avanzar civilizadamente, en paz y concordia, en el camino de superar la barbarie y reemplazarla por el diálogo y el entendimiento diplomático. Habernos incorporado a estos organismos no fue una decisión por estar a la moda, sino el resultado de compartir unos valores determinados y fortalecer nuestra propia marcha en ruta hacia la libertad y la soberanía. Este es el contexto en que debe desarrollarse la política exterior de una nación independiente. Cierto que el istmo es pequeño, pero manejar exitosamente una ruta marítima tan importante para el comercio mundial nos ha colocado en el mapa de los países con sonoridad en este planeta.

Evitemos más papelones como los expuestos a raíz de las perspectivas de la oposición venezolana cuando el verdadero interés del “maga” era el petróleo, no tanto para ellos sino para cortarles el suministro a China y a Cuba. Lo más seguro es que “paso firme” deje de lado la Carta del Atlántico, “el orden y las relaciones internacionales basadas en reglas” y tropiece con la misma piedra ahora con Irán.

Sin dignidad y con ese complejo de inferioridad que hoy asoma la cara, jamás hubiéramos recuperado nuestro Canal. ¡No me digan que pedirles silencio a nuestros embajadores y demás representantes, tiene algo de dignidad! ¿Qué dignidad hay en el hermetismo con que se ha manejado el tema de las amenazas provenientes del norte? ¿Dónde está la dignidad en el sorpresivo e inesperado “entendimiento”, violatorio del Pacto de Neutralidad? ¿Fue un acto de dignidad romper pactos de cooperación con China?

Aún no es absoluta esta deformación. De seguir así, llegaremos a una caricatura absurda de la realidad que generará un gran rechazo de la ciudadanía, ¡ese nido de mártires para quienes la soberanía nunca fue un problema teórico!

* El autor es abogado y exembajador en Chile