¿Estamos perdiendo la democracia?
- 20/05/2026 00:00
No es novedad, cada día más gente se desencanta con la democracia y los partidos políticos tradicionales. Como resultado, los ciudadanos incrementan su preferencia por pequeños partidos, movimientos cívicos o candidatos señalados como “independientes”, o ejercen la opción de desentenderse y hasta rechazar su participación en temas relacionados con la gestión pública que afectan el bien común y su calidad de vida.
La ciencia política mide el nivel y la calidad de la Democracia en función de varios parámetros asociados (1) a las políticas liberales y (2) a las capacidades del Estado. En el primer grupo, se evalúa la existencia de medios de comunicación libres e imparciales; la independencia del sistema judicial; los derechos y las libertades ciudadanas; la apertura económica, social y política; y, la distribución balanceada del poder. En el segundo grupo, referente al Estado, la evaluación se enfoca en la habilidad y la capacidad de este para mantener el orden; su eficacia para brindar los servicios públicos necesarios, de manera directa o indirecta, y la forma de gestionar la economía. Con este marco de referencia pudiéramos esbozar un perfil de cómo está la democracia en Panamá.
Algunos estudiosos de la democracia y sus procesos identifican una erosión gradual de la representatividad y de la confianza ciudadana en los sistemas democráticos que, desde 1980, ha logrado fragmentar y polarizar la gobernabilidad en casi todos los países.
No obstante, si la democracia es la doctrina política y forma de gobierno donde debe imperar para todos el principio de igualdad de los derechos políticos, sociales y económicos sin distinción de raza, sexo, religión, clase o grupo social, solo se requiere estar vivo para entender los orígenes y la gravedad del problema, sin necesidad de ser un experto.
Vivimos en una época signada por retrocesos significativos en la integridad e independencia judicial; de cuerpos legislativos aferrados al poder a través del clientelismo y el interés particular; de gobiernos autoritarios que toleran la corrupción y promueven políticas públicas y modelos de gestión en beneficio de ciertos sectores; de administraciones del Estado deficientes e incapaces de resolver las necesidades básicas en educación, salud y seguridad; con la ausencia de medios de comunicación libres y fiscalizadores de los poderes.
Otros especialistas priorizan la inequidad como la fuente de todos los males porque, a su criterio: erosiona la confianza ciudadana; establece asimetrías en el manejo del poder y las influencias; genera políticas públicas en función de los grupos de poder; fragmenta la sociedad con tensiones y conflictos de manera permanente; limita la asignación de recursos para generar oportunidades y permitir la movilidad social; afecta la disponibilidad y la calidad de los servicios básicos que requiere la población; manipula la opinión pública y el comportamiento electoral de los ciudadanos.
Hoy, la mayoría de las corrientes filosóficas y políticas se esfuerzan por buscar una explicación a este deterioro, tan solo para validar que las causas son muchas y concluir que cualquier análisis del problema reviste una complejidad que amerita un abordaje ciudadano sistémico y multidisciplinario, autocrítico, desprendido, honesto, sereno, amplio y profundo. Todos convergen en señalar que los retos y los esfuerzos para salvar la democracia son enormes, pero todos coinciden que las consecuencias de perderla son aún mayores.
En este punto se hace necesario preguntar ¿qué hacemos para no perder la democracia? Cada cual podrá contestar esa pregunta según su conciencia y su realidad. Un primer paso pudiera abrir y garantizar el acceso a la información pública, basada en la verdad, para evitar su manipulación, que al final es uno de los elementos que generan ese ambiente de desconfianza que hace imposible nos sentemos todos los panameños a trabajar y ponernos de acuerdo en una visión a mediano y largo plazo, con políticas públicas adecuadas para avanzar en la construcción de ese país donde haya espacio para todos los panameños.
De manera concurrente, debiéramos proscribir de nuestra narrativa personal y colectiva, pública y privada, la desinformación, la mentira, la descalificación, la agresión y la exageración, ingredientes de un sancocho que le produce a quien lo ingiere polarización, confusión, descontento, miedo, ira y desarraigo, males que no generan virtuosidad ciudadana.
Podemos seguir ignorando las señales que genera el entorno, pero ciertamente no podemos seguir viviendo de crisis en crisis, de escándalo en escándalo, en una sociedad carente de confianza, transparencia y participación ciudadana efectiva, donde no existan balances, controles y rendición de cuentas, en las funciones públicas y donde la impunidad nos bautiza como el país del “aquí no pasa nada”.