Esto no es bochinche
- 17/10/2026 02:08
Me cuesta un trabajo inmenso estar sentado en la oficina escribiendo esto. Las estructuras civiles son algo que entiendo, pero la estructura que veo fallar va más allá de mí.
Mi estructura psicológica está afectada. Si bien mi mente trata de decirle a mi cuerpo que se esté quieto, mi cuerpo se niega y se mantiene alerta, a la espera del próximo indicio para prepararse a escapar.
Estuve en Azuero el día del terremoto. Jamás viví algo parecido. No sentí miedo al inicio, no por valentía, sino porque no sabía qué estaba sucediendo. Hice varios escenarios de eventos plausibles, relacionados con cosas que uno espera que sucedan, antes de darme cuenta de lo que pasaba. ¡Vaya remecida!
De las mil y una maneras que la naturaleza tiene para recordarnos que somos pequeños, esta es una de las más eficientes. Nada que hacer contra eso. Nada para resistirse. Nada para sentirse a salvo. Completamente a merced de la situación.
Mientras las circunstancias se desarrollaban, no escuché a nadie clamar ¡Ay, mi Stephen Hawking!, ni ¡Ay, mi Carl Sagan!
Allí nuestra sensatez cobra mucho sentido y todos exclamamos ¡Ay, Dios mío!
Qué clase de susto tan terrible.
Mientras las réplicas del terremoto siguen causando estragos en nuestra frágil serenidad, vemos cómo la miseria humana aflora en momentos de tragedia.
Un gobierno que es como un rayo para mandar ayudas a otros países en problemas, minimiza la proporción de semejante desgracia, y ofende a los humildes ciudadanos que sufren todavía las secuelas de la pérdida. Decir que la solución puede esperar es confesar un grado de ignorancia superior.
“Eso lo vemos después” retrata de cuerpo entero a un liderazgo inexistente, sin empatía ni real sentido de humanidad. Señores, reducir a “pérdidas materiales” lo que se vive o, mejor dicho, lo que se sufre desde el día del terremoto sustenta la frase del saber popular que reza “el que no la vive, no la entiende”. Y es una lástima que seamos gobernados por semejante clase de personas.
Las “pérdidas materiales” a las que se refieren sin el menor atisbo de comprensión, son mucho más que eso. Esas pérdidas son años de esfuerzo, de sacrificio, de muchas lágrimas y sudor para los que ahora las ven perdidas. Gente que no pedía mucho más que un lugar seco para descansar y guardar sus pocas pertenencias. Esa gente que hoy incluso agradece que la desgracia les tocara a ellos, en vez de a la Capital, pues todos sabemos que la dimensión sería apocalíptica allá.
Hay una nobleza en la gente del campo que jamás podrá ser copiada por los gobernantes.
El pueblo salva al pueblo es la frase de hoy. Muchas personas se nos acercan con una intención clara: aportar lo que puedan y asegurarse de que lo que aporten les llegue a los que los necesitan.
Pero la gente no es pendeja. Ya están identificados los políticos por lo que son, una casta de lo más bajo que hay. A través de la Iglesia Católica y otras organizaciones ciudadanas, poco a poco la ayuda se está enviando.
Voluntarios sin rostro, sin nombre y sin intenciones promocionales están yéndose a dormir agotados, pero con la satisfacción de saber que están haciendo el trabajo de Dios. Sí, de ese mismo Dios que tantos hoy tratan de negar, o de ocultar, o de dejar en segundo plano.
Tal vez esta tragedia haya sido un llamado de atención a la falta de unidad que viene acusando la sociedad, misma que dejan clara las autoridades al decidir que comunidades apartadas pueden esperar, porque no son tan importantes como las mascotas capitalinas, o los huéspedes de alto rango de otros países.
Para las autoridades hay prioridades. Y los pueblos del interior no están entre ellas. Los gestos de algunos ministros denotaban la incomodidad de mirar a la cara el sucio rostro de los frutos de la corrupción. Malas vías de comunicación. Malas estructuras sanitarias. Y gente sucia y cubierta de barro porque viven lejos del alcance del presupuesto nacional.
No son capaces de darnos agua segura, mucho menos van a identificarse con la tragedia ajena. Debo mencionar al alcalde de Panamá: el “man” gestiona y ejecuta. Y ni siquiera es su responsabilidad. No es que sea santo de mi devoción, pero las cosas como son.
El que pueda ayudar que ayude. El que pueda donar, que done. Asegúrense de que su ayuda llegue al hermano, no al político.
Esto no es bochinche. Tal vez si pasaran menos tiempo de viaje, lo entenderían.
¡Dios nos guíe!