Evaluación Universitaria, encrucijada de la educación Superior Panameña

  • 16/10/2026 00:00

Nuestro país ha llegado a un punto decisivo en su educación superior, la que debe ser la piedra angular del desarrollo socioeconómico del país, en las últimas décadas multiplicó sus universidades, carreras y matriculas y eso amplio el acceso. Pero crecer no es lo mismo que mejorar y la pregunta central no es cuantos títulos se entregan, sino que calidad respalda a cada uno.

Al analizar objetivamente el sistema nacional de evaluación y acreditación universitaria, surge una interrogante: ¿Es realmente efectiva la evaluación universitaria en Panamá o se ha convertido en un ejercicio formalista para cumplir con exigencias de ley? En el marco normativo establecido en la Ley 52 de 2015 encomendó al Consejo Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria de Panamá (Coneaupa) la alta responsabilidad de velar por la calidad, pertinencia y equidad del sistema universitario.

A pesar de los avances en la cultura de autoevaluación y en la formulación de los planes de Mejoramiento Institucional (PMIA), el modelo vigente empieza a mostrar signos de desgaste. La credibilidad del proceso se ve muy deteriorada entre los conflictos de autoridades, el desconocimiento de los padres de familia del proceso de acreditación, los propios estudiantes y docentes, situación que al final se percibe como un audito documental de papeles y sellos desconectada de los resultados reales de aprendizaje, la empleabilidad de los egresados y el impacto de la investigación científica.

A esta complejidad de factores se le suma la incursión vertiginosa de la IA Inteligencia Artificial, que ha transformado de manera irreversible las dinámicas de enseñanzas, los métodos de investigación y los criterios tradicionales de evaluación académica. Frente a esta realidad evaluar la calidad universitaria midiendo la infraestructura física, para evitar las universidades de garaje o la entrega de programas analíticos rígidos, como par académico internacional aseguro, que ya resulta anacrónico.

La calidad hoy, se mide en la capacidad de las universidades para integrar éticamente la tecnología, desarrollar el pensamiento crítico, garantizar la integridad académica y adaptar sus currículos a la velocidad del entorno global. La evaluación universitaria debe ser la brújula de ese camino, sin embargo ha avanzado con lentitud entre resistencias institucionales, normas dispersas y una cultura que la ve como amenaza y no como mejora.

Panamá no puede permitir que la evaluación universitaria se estanque en procesos lentos y burocráticos mientras que la sociedad del conocimiento avanza a pasos acelerados. En ese escenario de transformación y asegurar que la evaluación universitaria se convierta en un motor de innovación por tanto, es indispensable articular algunos cambios en la evaluación de la educación superior.

Se requiere modernizar y flexibilizar la matriz de acreditación e integrar indicadores específicos sobre la tecnología e inteligencia artificial, modalidades virtuales y aprendizaje a lo largo de la vida. Así mismo una transformación digital de proceso de acreditación, recepción de evidencias reduciendo los tiempos de respuestas con sistema de absoluta trasparencia y trazabilidad.

Velar por el seguimiento a los planes de mejora que debe desplazar el enfoque hacia los resultados de la tasa de inserción laboral, pertinencia de los títulos frente a la demanda productiva nacional e impacto de la investigación en la solución de los problemas del país. Es fundamental capacitar continuamente a los pares evaluadores nacionales en competencias digitales, metodologías de la evaluación contemporánea garantizando juicios técnicos rigurosos.

Finalmente, la evaluación no debe ser punitiva, sino una herramienta de mejora continua, aprendizaje y transparencia hacia la ciudadanía. Ante este compromiso se vuelve necesario reformar el marco legal que la regula al igual que la legislación orgánica de la educación nacional por su desfase para ponerlo a la par de las necesidades contemporáneas de la educación superior. Cada joven que ingresa a una universidad deposita en ella sus expectativas, el esfuerzo de su familia y sus aspiraciones, su deseo de un futuro mejor y cada diploma compromete la calidad de la educación del Estado.

Una evaluación de calidad forma profesionales competentes, éticos y capaces de competir en la sociedad del conocimiento, evaluar bien hoy es invertir en el talento la innovación y la democracia participativa y competitiva que nuestro país necesita. Ante esta disyuntiva que no admite aplazamientos, los diplomas de una universidad bien evaluada, deben ser sinónimo de conocimiento y merito, de calidad solo así lograremos que la educación superior se convierta en el motor que impulse el desarrollo de la nación.