Finanzas sostenibles: entre la rentabilidad, el riesgo y los impactos
- 05/09/2026 00:00
La sostenibilidad financiera funciona si la rentabilidad, la reducción de riesgos, impacto social y ambiental avanzan juntos, Las finanzas sostenibles consisten en incorporar criterios ambientales, sociales y de gobernanza, (o ESG por sus siglas en inglés), en la asignación de capital, la gestión de riesgos y el diseño de productos financieros. Con el fin de dirigir recursos hacia actividades que generan valor económico y gestionan sus efectos sociales y ambientales.
Con este enfoque, le da respuesta a los riesgos que tienen consecuencias financieras; como son los riesgos climáticos físicos que incluyen eventos extremos, (sequías, inundaciones, erosión costera, aumento del nivel del mar). Se incluyen los riesgos climáticos de transición (que aparecen con cambios regulatorios, tecnológicos o vinculados a la huella de carbono). Y los riesgos sistémicos (los cuales pueden afectar la estabilidad financiera, la solvencia de sectores e incluso el riesgo soberano). Al incorporar estos riesgos en las decisiones de crédito permite anticipar pérdidas y proteger la rentabilidad.
Existen tres herramientas que permiten convertir esto en una práctica operativa. La primera son las taxonomías (definen con criterios técnicos de qué actividades pueden considerarse verdes, azules o sostenibles). También aplican el principio de no causar un daño significativo, conocido como DNSH. Existen unas 68 taxonomías a nivel global destacando que su interoperabilidad mejora la comparabilidad, facilitando el movimiento de capital y reduce el riesgo de “greenwashing”.
En marzo de 2024, Panamá lanzó su Taxonomía de Finanzas Sostenibles, convirtiéndose en el primer país de Centroamérica y el tercero de América Latina con este instrumento. Tomando para su diseño como referencia la Taxonomía de la Unión Europea y la Taxonomía Regional de Finanzas Verdes de Centroamérica, e incorporó explícitamente la adaptación al cambio climático.
La segunda herramienta es el Sistema de Administración de Riesgos Ambientales y Sociales (SARAS), fortalecida con análisis de riesgo climático. Con la finalidad de evaluar proyectos y carteras considerando las amenazas físicas y de transición. La otra herramienta son los reportes de sostenibilidad bajo las normas NIIF S1 y S2. Estos convierten la clasificación y la gestión del riesgo en información para el mercado mediante divulgaciones sobre gobierno corporativo, estrategia, gestión de riesgos y métricas climáticas, incluidas las emisiones de CO2.
La banca multilateral ha contribuido a ampliar esta arquitectura. El Banco Mundial fijó para 2025 una meta de 45% de financiamiento verde la cual cumplió. El BID planteó elevar su financiamiento climático anual a $11,300 millones y alcanzar 50% de financiamiento alineado con objetivos climáticos y de sostenibilidad hacia 2030. CAF, integrante del International Development Finance Club (IDFC), reportó 41% de operaciones verdes, azules o sostenibles en 2024 y una meta de 50% para 2030. El IDFC complementa estos esfuerzos con prácticas y metodologías comunes.
Los instrumentos también cuentan. Los bonos verdes, azules y sostenibles permiten canalizar recursos hacia energía renovable, eficiencia energética, conservación de océanos, agua potable, tratamiento de aguas servidas, infraestructura resiliente, agricultura regenerativa y programas sociales. Su utilidad depende de criterios de elegibilidad, transparencia en el uso de fondos y evaluación de impacto.
El paso exige acciones concretas. Las empresas pueden adoptar taxonomías, fortalecer sus sistemas de riesgo, medir y reportar emisiones y sustentar declaración ambiental con evidencia verificable. Los inversionistas pueden exigir criterios comparables, divulgaciones consistentes y trazabilidad del uso de recursos. Los gobiernos locales pueden establecer marcos regulatorios claros, incorporar criterios sostenibles en sus decisiones de inversión e incentivar proyectos verdes y resilientes.
El equilibrio buscado es práctico; un capital mejor informado, riesgos mejor gestionados y beneficios económicos, ambientales y sociales medibles. Cuando esas tres dimensiones se integran en una decisión financiera, la sostenibilidad deja de ser un elemento accesorio y se convierte en parte de la forma de crear valor.