Flora Tristán: incansable luchadora por los derechos de la mujer
- 18/03/2026 00:00
Al conmemorarse el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, compartimos con nuestras/os lectoras/es algunos aspectos del libro Flora Tristán. Mi vida, de París al Perú: el viaje iniciático de la precursora del feminismo moderno.
Flora era hija de una madre francesa que se casó en España con un peruano de manera clandestina, debido a la oposición que enfrentaron. A los cuatro años, Flora perdió a su padre. Su madre disponía de escasos recursos para vivir y educar a sus dos hijos —Flora y su hermano menor—, por lo que se retiró al campo, donde Flora vivió hasta los 15 años. Tras la muerte de su hermano, regresaron a París, donde su madre la obligó a casarse con un hombre al que Flora no podía amar ni estimar.
“A esta unión debo todos mis males, pero como mi madre —después dice Flora— no ha cesado de mostrar el más vivo pesar, la he perdonado. Tenía 20 años cuando me separé de ese hombre”. En 1833 ya habían transcurrido seis años desde la separación y cuatro desde que ella había entrado en correspondencia con su familia del Perú.
Supo, durante esos seis años de aislamiento, todo lo que está condenada a sufrir la mujer que se separa de su marido en una sociedad que, por la más absurda de las contradicciones, ha conservado viejos prejuicios contra las mujeres que se hallan en esa posición, después de haber abolido el divorcio y hecho casi imposible la separación. La incompatibilidad y otros mil motivos que la ley no admite hacen necesaria la separación de los esposos, pero la perversidad, sin suponer en la mujer motivos que ella pueda declarar, la persigue con sus infames calumnias.
Excepto un número pequeño de amigos, nadie cree lo que Flora decía; y, excluida de todo por la malevolencia, afirmaba “no es en esta sociedad que se enorgullece de su civilización sino una desgraciada paria, a quien se cree demostrar favor cuando se le injuria”.
Al separarse de su esposo renunció a su apellido y adoptó el de su padre. Bien acogida en todas partes como viuda o como soltera, siempre era rechazada cuando se descubría la verdad. Ser joven, bonita y gozar en apariencia de cierta independencia eran causas suficientes para envenenar las conversaciones y para que se repudiase una sociedad que gime bajo el peso de las cadenas que se ha forjado y que no perdona a ninguno de los miembros que trata de liberarse de ellas.
La presencia de sus hijos —Flora tuvo tres hijos; uno de ellos falleció— le impedía hacerse pasar por soltera, y casi siempre se presentaba como viuda.
“Mi vida —dice Flora— era un suplicio constante. Sensible y orgullosa en exceso, me sentía continuamente ofendida en mis sentimientos y herida e irritada en la dignidad de mi ser. Si no hubiese sido el amor que tenía a mis hijos, sobre todo a mi hija, cuya suerte en el porvenir despertaba nuevamente mi solicitud y me inducía a quedarme a su lado para protegerla y socorrerla; sin ese deber sagrado que penetraba profundamente en mi corazón —que Dios me perdone y que los que gobiernan nuestro país tiemblen— ¡me habría dado muerte!”.
Las persecuciones del señor Chazal la habían obligado en distintas ocasiones a huir de París. Cuando su hijo cumplió ocho años, Chazal insistió en tenerlo a su lado y se ofreció descanso con esta condición. Cansada de tan larga lucha y no pudiendo resistir más, consintió en entregarle a su hijo, vertiendo lágrimas por el porvenir de ese niño. Pero, apenas transcurridos unos meses del arreglo, este hombre empezó a atormentarla y quiso también quitarle a su hija, porque se dio cuenta de que le hacía feliz tenerla cerca de ella. En esta circunstancia la vio obligada nuevamente a alejarse de París. Era la sexta vez que, para sustraerse a persecuciones incesantes, dejaba la única ciudad del mundo en la que le había gustado vivir. Durante más de seis meses, oculta bajo un nombre supuesto, anduvo errante con su hija.
Maldecía esta organización social que, opuesta a la providencia, sustituye con la cadena del prisionero el lazo del amor y divide la sociedad en siervos y amos. A esos arrebatos de desesperación le sucedía el sentimiento de su debilidad. “Las lágrimas brotaban de mis ojos; caía de rodillas implorando a Dios con fervor para que me ayudase a soportar la opresión”, decía.
Mi vida es la historia del viaje de Flora Tristán al Perú y de su encuentro con la dura realidad de las mujeres que deben hacer frente a la vida bajo la protección y dominio, desde luego, de un hombre. Se trata de un viaje iniciático de formación profunda, tanto de carácter como de ideología. Y, a su regreso a París, Flora Tristán es ya otra mujer: aquella que empezaría a organizar a los trabajadores en todo el país —hombres y mujeres— a fin de que ya no sean víctimas de la sociedad, sino ciudadanas en todo el sentido de la palabra. Es, para decirlo pronto, precursora del feminismo y del pensamiento socialista. El 14 de noviembre de 1844 muere en Burdeos a los 41 años.