Frente al espejo de la OCDE: el desafío de crecer sin estancarse
- 31/08/2026 00:00
En los últimos 25 años Panamá ha protagonizado una de las historias de crecimiento económico más sobresalientes del mundo. Mientras las principales economías de la OCDE: Alemania, España, Francia e Italia crecieron a ritmos modestos entre 0.5% y 1.5% anual per cápita, acá mantuvimos un crecimiento cercano al 5%. ¿Como es posible entonces, que los países que se autoproclaman representar los mejores estándares de gobernanza mundial hayan quedado rezagados ante un país como Panamá, acusado de tener una economía opaca y de promover una competencia fiscal dañina, y al día de hoy todavía nos mantengan en listas discriminatorias por eso?
La realidad es que lo que está detrás de esas listas siempre ha sido sacar a países emergentes como Panamá de la competencia por la atracción de inversiones ante su estancamiento económico y fuga de capitales que ha venido sufriendo Europa en las últimas décadas. Y nosotros, lamentablemente, nos hemos creído todo lo malo que nos dicen.
Europa, es cierto, sigue siendo una de las regiones más ricas y desarrolladas del mundo, más su problema es otro. Su crecimiento estructuralmente bajo es producto de su excesiva regulación, sus impuestos confiscatorios y un bajo crecimiento demográfico que han arrastrado su productividad y capacidad de innovación a los últimos lugares del mundo desarrollado. ¿Acaso son esos los “estándares” que aspiramos tener?
Dicho fenómeno encierra una advertencia silenciosa para nosotros, sobre todo ahora que hemos decidido ser parte de la OCDE y copiar sus estándares. El verdadero riesgo no es parecerse a una Europa pobre, sino a una Europa estancada.
Europa alcanzó hace décadas altos niveles de ingreso per cápita, pero en ese proceso también entraron en una fase de estancamiento. El envejecimiento poblacional, la baja productividad, mercados laborales rígidos y un entorno regulatorio complejo, por decir lo menos, redujeron su capacidad de crecimiento.
En Panamá, por el contrario, tenemos un modelo muy distinto. Nuestro crecimiento ha estado impulsado por la inversión extranjera, la apertura económica, los servicios, la logística y una posición geográfica estratégica; más parecido a una economía emergente de alto desempeño, similar en ritmo a algunos países asiáticos. Pero aquí radica el dilema central: el éxito puede contener las semillas del estancamiento.
A medida que un país se acerca a niveles de ingreso alto, mantener tasas elevadas de crecimiento se vuelve cada vez más difícil. Es lo que los economistas llaman la “trampa del ingreso medio-alto” o, en un sentido más amplio, la transición hacia el patrón de bajo crecimiento típico de las economías desarrolladas. En Panamá nos encontramos precisamente en ese punto de inflexión.
Si no se adoptan políticas adecuadas, que NO son los estándares de la OCDE, vamos a experimentar una desaceleración estructural que nos acercará progresivamente al patrón europeo: crecimiento bajo, rigidez institucional y menor dinamismo económico. Evitar ese escenario requiere claridad estratégica y abandonar nuestro tercermundismo mental.
Primero, debemos proteger nuestros motores de crecimiento. Sectores como la logística, los servicios jurídicos, financieros y el comercio internacional han sido fundamentales, pero necesitan evolucionar también hacia actividades de mayor valor agregado. La simple intermediación ya no será suficiente en un entorno global más competitivo.
Segundo, es imprescindible apostar por la productividad. El crecimiento futuro no vendrá solo de la inversión en infraestructura, sino de la capacidad de generar más valor por trabajador. Esto implica aprobar una nueva ley de educación y reformas el Código de Trabajo, aprobados hace 80 y 54 años atrás respectivamente.
Tercero, la libertad económica y el estado de derecho deben convertirse en una prioridad. Una de las principales lecciones que nos da la Europa de la OCDE es que la excesiva regulación y los impuestos confiscatorios sofocan la innovación como la creación de empleo.
Cuarto, debemos definir con claridad nuestro posicionamiento ante la nueva economía digital. Convertirnos en el hub digital de LATAM, en la puerta de entrada digital hacia el Norte aprobando una ley de activos digitales que se alinee con los Estados Unidos. El haber corrido para firmarle a la OCDE el Acuerdo Multilateral de Autoridades Competentes sobre el Marco de Reporte de Criptoactivos (CARF MCAA) sin siquiera tener aprobada una ley va en contra de todo lo anterior.
Finalmente, no podemos ignorar el factor social. El crecimiento per cápita en Panamá ha sido alto, pero no siempre se ha distribuido de manera equitativa. Si amplios sectores de la población no perciben mejoras reales en su calidad de vida, el respaldo político a las políticas procrecimiento puede debilitarse, abriendo la puerta a medidas que, aunque bien intencionadas, terminen afectando el dinamismo económico.
Panamá no está destinado a repetir la historia europea, pero tampoco es inmune a ella.
Nos encontramos en una posición privilegiada. Hemos demostrado que podemos crecer rápido, converger y transformar nuestra economía en una sola generación. El reto ahora es más complejo: sostener ese crecimiento en una etapa en la que la mayoría de las naciones pierde impulso, en especial las de la OCDE.
En última instancia, el desafío no es alcanzar el nivel de Europa. Es evitar convertirse en su versión estancada criolla.