Gracias al bello istmo
- 04/08/2026 00:00
Carta de despedida al culminar mis funciones como embajador en Panamá, en nombre del gobierno presidido por Gustavo Petro Urrego: Unido a su historia que por milenios nos ha juntado, ofrezco a Panamá, “la bella y amorosa cintura que une a las Américas”, a su pueblo, a su gobierno y autoridades, así como a sus organizaciones sociales, políticas, económicas y culturales, un reconocimiento franco y sincero. Lo hago con deferencia, a manera de convite, para manifestar mi agradecimiento por la generosa aceptación, acogida y beneplácito que me brindaron ustedes, panameñas y panameños, en estos 19 meses de ejercicio diplomático, en los que, con orgullo bolivariano, tuve el honor de ser el embajador y representar a Colombia ante esta querida hermana República.
La juntanza vino a revelarse totalmente desnuda, apenas pisé el istmo, asida en la leyenda de Abya Yala, y en los asomos de la memoria sobre esta América y las tierras de la Nueva Granada y la Gran Colombia de ayer, y la Colombia de hoy.
Con gran sentimiento recorrí las provincias que señalan los mapas geográficos, y lo hice con el deleite de una misión genuina de hermandad trazada en mi itinerario misional, de oriente a occidente y de sur a norte, sorprendido siempre por esos recibimientos rebosantes de calidez humana, y de un derroche de hospitalidad amorosa de sus gentes, sus autoridades, líderes sociales, estudiantes, profesores, representantes regionales y locales, gobernadores, alcaldes, diputados y amigos en general, con quienes tuve la oportunidad de compartir las ocupaciones de la representación diplomática, además de los encargos tocantes a la identidad latinoamericana, tarea principal en esta oportunidad excepcional que los buenos vientos y tiempos me permitieron al coincidir con la celebración y conmemoración del Congreso Anfictiónico de Panamá.
Debo señalar, sin reparos, que esta excelsa ocasión conmemorativa, el Bicentenario del Congreso Anfictiónico, única e irrepetible, fue el ejercicio pedagógico a través del cual trajimos al presente la herencia de nuestras historias y recrear así el mandato de unidad que nos legó el Libertador, ese gran camino que sigue abierto a la espera de continuidades y reafirmaciones en la defensa de la identidad y la soberanía de los pueblos.
De las muchas diligencias que tuve la suerte de compartir, entre gestiones culturales, políticas, diplomáticas, económicas, deportivas y las concernientes a la atención a esa colombianidad que en diferentes escenarios y campos de la actividad laboral y cultural hace presencia en este bello istmo, puente de vida, permítanme dar especial significado a la tarea pedagógica llamada “Un café con Bolívar”.
Fue una actividad multiplicadora y didáctica, en el marco de la celebración del Bicentenario, como aporte para promover y difundir los motivos que llevaron al Libertador a convocar este fundamental encuentro americano, aquel 7 de diciembre de 1824, hoy por todo el mundo conocido como el Congreso Anfictiónico de Panamá.
Este “café con Bolívar” es un conversatorio donde las inquietudes y expectativas de los asistentes hacen presente la palabra, enriquecen el conocimiento y la importancia de Panamá en ese trascendental Congreso, y, echándole agüita a la historia, ayuda a entender el porqué es vigente el pensamiento del Libertador en estos tiempos y territorios. Debo reiterar mi sentir de americano y bolivariano, en el agradecimiento.
Fue el pueblo panameño, fueron sus gobernantes, y fueron también muchas mujeres y hombres, jóvenes y adultos, quienes hicieron posible mi presencia como embajador en Panamá, por cuanto aquí aún palpitan los corazones que, en nuestra historia de inmediatos tiempos de luna llena, le dieron fuerza a la esperanza de nuestros sueños con el ánimo de hacerse realidad en el camino del cambio, y que el mundo y los desarrollos científicos y tecnológicos de la humanidad reclaman.
A todas ellas y a todos ellos, hermanas y hermanos de vida, mi admiración y especial afecto. De igual manera, mi gratitud a los medios de comunicación panameños, y en particular al diario La Estrella de Panamá, cuya generosidad en la divulgación de distintas actividades culturales de la embajada colombiana enalteció nuestra labor.
Finalmente, porfío y reafirmo el sentir y la admiración que desde hace más de medio siglo me unen a esta bella Panamá, a su historia y certeza de dignidad, al haber recuperado su soberanía y lograr el control total de la administración de su Canal, ejemplo y encargo liderados por el buen general y amigo Omar Torrijos, quien recogió el mensaje de generaciones previas, aquellas que lanzaron señales de soberanía y sembraron banderas, y llenaron de razones las inquietudes que movían los entusiasmos y utopías de aquellas generaciones inquietas en los maravillosos años 60.
Ahora que llegan los vientos de agosto y con ellos mi regreso a casa, les ofrezco un sentimiento que me acompaña desde los tiempos del amor y la esperanza, cuando buscábamos cómo despertar los sueños de justicia social, necesario camino para construir y lograr la tan anhelada, y a la vez esquiva, paz para Colombia. Estas son mis sinceras palabras: “Ofrezco mi corazón como un territorio despejado de violencias, lo brindo como un rinconcito libre de odios y resentimientos; ofrezco mi vida como una vereda lejana a los rencores y la acicalo con amor, con el mismo cuidado como un campesino cuida su labranza cuando la prepara para la gran cosecha de la paz”.
Con especial aprecio al pueblo panameño.