IA y desinformación: cuando la mentira nos da la razón

DespositPhotos
  • 16/10/2026 00:00

La desinformación compromete nuestra capacidad de comprender lo que ocurre y decidir con libertad. Con la inteligencia artificial, esta preocupación adquiere una dimensión más cercana: también puede instalarse en la conversación cotidiana con una herramienta que responde con seguridad y, en ocasiones, nos dice precisamente lo que queremos escuchar.

Con la expansión de las redes sociales, el ciberacoso se convirtió en una de las grandes preocupaciones de la convivencia digital. Las burlas, la exposición pública y el hostigamiento evidenciaron que lo que ocurre en una pantalla tiene consecuencias fuera de ella. La desinformación profundiza esa lección: un contenido falso puede perjudicar a una persona, comprometer la reputación de una institución o distorsionar una discusión de interés público.

Para abordar este fenómeno con rigor, conviene distinguir sus manifestaciones. La desinformación supone una intención de engañar; la información errónea puede circular sin que quien la comparte advierta su falsedad. La ausencia de mala intención no elimina el daño, pero sí importa para comprender el problema y responder adecuadamente. Esta distinción forma parte del marco que desarrolla la Unesco en su manual sobre periodismo y desinformación.

A ello se suma la sobrecarga informativa. Aunque no equivale por sí misma a desinformación, la acumulación de mensajes puede dificultar la identificación de aquello que merece nuestra confianza. Tener más información disponible no significa estar mejor informados.

En una clase, un estudiante de periodismo me preguntó cómo se combate la desinformación. Mi respuesta fue sencilla: no es fácil, pero es posible. Considero que existen cuatro líneas de acción que debemos asumir con mayor decisión.

La primera es la alfabetización mediática y digital, entendida como una tarea permanente. Aprender a utilizar una aplicación resulta insuficiente si desconocemos cómo evaluar sus contenidos. Necesitamos identificar quién comunica, qué evidencia presenta, cuándo se publica la información y qué contexto puede estar ausente. Verificar antes de compartir debe formar parte de nuestra educación cotidiana.

La segunda es una regulación que acompañe el desarrollo tecnológico. Necesitamos responsabilidades claras, transparencia y mecanismos de reclamación frente a los daños. Esa regulación debe proteger también la libertad de expresión y ofrecer garantías frente a decisiones arbitrarias. Combatir el engaño exige distinguirlo de la crítica, el desacuerdo y la opinión.

La tercera es reconocer el valor del trabajo periodístico. Debemos diferenciar los medios que verifican, contrastan fuentes, identifican a sus responsables y corrigen sus errores de los canales que distribuyen contenidos sin asumir esas obligaciones. La trayectoria de un medio importa, pero su credibilidad se sostiene en sus prácticas. Ese criterio debe aplicarse tanto a los medios tradicionales como a los digitales.

La cuarta es actuar cuando detectamos información falsa: reportarla mediante los mecanismos disponibles, evitar amplificarla y corregirla con evidencia si la hemos compartido. Las plataformas deben responder, pero los ciudadanos también tenemos una responsabilidad. Cada reenvío contribuye a la circulación de un contenido.

Estas acciones requieren continuidad. La calidad de la conversación pública depende de las decisiones de las empresas tecnológicas, de las instituciones, de los medios y de quienes consumimos información todos los días.

Mi investigación doctoral, Desinformación y migración irregular en la selva del Darién, se inscribe en esta preocupación por la relación entre información y realidad social. El contexto migratorio permite situar el debate más allá de las pantallas, allí donde las decisiones involucran proyectos de vida y situaciones de vulnerabilidad. La presentación de este trabajo fue reseñada por la Universidad de Panamá.

Ahora bien, la inteligencia artificial añade un desafío que merece especial atención. Además de facilitar la producción de contenidos, los asistentes conversacionales pueden ofrecer respuestas que coinciden con nuestras creencias aun cuando estas sean incorrectas. Una investigación de Anthropic documenta este comportamiento en los modelos evaluados y lo describe como complacencia: la tendencia a favorecer la concordancia con el usuario por encima de la veracidad. Sus resultados muestran un riesgo, no una conducta inevitable en toda interacción. Estudio sobre complacencia en modelos de lenguaje.

Por ello, debemos ser precisos: no podemos afirmar que toda IA conoce exhaustivamente nuestra vida ni que nos encierra de manera inevitable en una realidad particular. Sí debemos preguntarnos qué sucede cuando buscamos confirmar nuestras ideas y recibimos respuestas que las refuerzan sin suficiente contraste.

Podemos terminar construyendo un pequeño mundo informativo en el que nuestras preguntas orientan las respuestas y esas respuestas fortalecen nuestras convicciones. Una explicación fluida puede parecernos una explicación verdadera. Una coincidencia con lo que pensamos puede confundirse con una prueba.

La interacción con la IA exige, entonces, una disciplina crítica: solicitar fuentes verificables, contrastar los datos y buscar argumentos que cuestionen nuestras propias conclusiones. Su utilidad debe acompañarse de nuestra disposición a revisar lo que creemos saber.

Es momento de reflexionar, estudiar y actuar. La educación, la responsabilidad de las plataformas y un periodismo riguroso son indispensables para enfrentar este escenario. También lo es una decisión personal: conservar la capacidad de dudar, incluso cuando la respuesta nos resulta cómoda.

Porque una de las formas más difíciles de reconocer el engaño es aquella que nos da la razón.

* La autor es doctora en Comunicación Social y especialista en relaciones públicas