Inmigrantes, la caja menuda de los corruptos
- 13/10/2026 00:00
Hablar de corrupción en ocasiones no es algo fácil. A veces solo se necesita una lengua mordaz y señalar el mal actuar, pero en otras ocasiones es más difícil, puesto que para acusar hay que probar, y para probar no siempre la víctima está dispuesta a hablar de ello. Hay personas que creen que la corrupción es algo que se da en despachos oscuros y recónditos, como el cuartel de un villano, pero la verdad es que la corrupción no solo se da ahí, sino que en ocasiones la encontramos hasta en las instituciones más respetadas, en el actuar de un simple funcionario y formando parte de los procesos que consideramos más sencillos.
Sin embargo, es un secreto a voces, tan evidente, cómo algunas instituciones que se encargan de los aspectos de migración, en contubernio con algunos abogados y funcionarios del Estado panameño, han usado por años el accionar burocrático propio de una nación en vías de desarrollo como la nuestra para cobrar comisiones extraordinarias para “agilizar” un proceso legal o migratorio que es necesario para las personas que lo precisan urgentemente.
¿Cuántos no hemos escuchado de un cobro de 50 o 100 dólares para sacar una cita necesaria para la obtención de cierto trámite, tomarse una foto o agilizar algún sello? No solo eso, sino que además, por años, se ha denunciado la venta de cupos por parte de individuos que hacen fila diariamente en varias instituciones públicas y que luego los venden al mejor postor, convirtiendo esto en su fuente de ingreso.
¿No es acaso igualmente vituperable esta actitud que la de un político que utiliza su posición para obtener una ganancia mal habida? Pues claro que sí. La diferencia está solo en la escala de la ganancia, pero igualmente obedecen a un accionar corrupto y ruin. La corrupción nos afecta a todos, es cierto, pero en los últimos años se ha visto con preocupación cómo se han ensañado con los migrantes, quienes, por su estatus irregular en el país y algunas leyes que muchas veces se utilizan para minimizarlos, tienen que guardar silencio ante los atropellos de los funcionarios públicos que deberían estar para servir.
Es lastimoso escuchar a amigos, conocidos y extraños en general la queja, en silencio, de que les han cobrado de más por un servicio que usualmente no debería ni costar ni demorar tanto. Pero tienen miedo de que, si no se paga esa coima, su trámite se enterrará por los siglos de los siglos en una montaña de patrañas burocráticas y al momento de realizar cualquier queja se choca con el argumento indolente de: “Aquí es así, sino te gusta lárgate de mi país”. Una respuesta que muestra un desdén al migrante.
La imperante xenofobia ha calado profundamente en la idiosincrasia de muchos y ha tomado la pretensión de ser llamada “nacionalismo o protección de nuestras fronteras”. Un argumento tan vacío y errado, pero usado como una burda excusa para dar cabida a la corrupción. Esto choca con las palabras de Monseñor Ulloa cuando menciona acertadamente que el migrante no es enemigo.
Por ello es hipócrita ese discurso grandilocuente que menciona que Panamá es un crisol de razas, de nuestro orgullo de tener raíces españolas, afroantillanas, neogranadinas y muchas más, cuando en el pecho de muchos se esconde un inusual resentimiento al extranjero. En nuestro escudo está la frase PRO MUNDI BENEFICIO, pero la ironía es que dependerá de la nacionalidad y cartera de quien busca ese beneficio.
Lastimosamente, denunciar esta situación es difícil. La verdad suele esconderse a través de una cortina de humo que, en ocasiones, es imposible de levantar, ya que los mismos corruptos usarán el sistema de justicia que tanto irrespetan como un escudo impenetrable que los protege legalmente de su mal accionar.
Por eso es triste hacerse la idea de que no importa cuánto se pueda exigir más transparencia en instituciones como el Tribunal Electoral, Migración y otras para acabar con estas prácticas tan despreciables; todo terminará en oídos sordos, porque, al parecer, exigir un trato más digno es un pensamiento antinacional cuando quien lo recibe es un extranjero. Orientar al desorientado, acompañar a una madre, proteger a un niño o decirle a quien llega agotado que aquí hay un lugar para descansar: todo eso, aplicado a un extranjero, parece convertirse en una traición contra la patria.
Y mientras siga esta forma de pensar, los extranjeros seguirán siendo la caja menuda de los corruptos.