La candidatura para ‘el trabajo más imposible del mundo’

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  • 05/03/2026 00:00

La selección del próximo titular de la Secretaría General de las Naciones Unidas en 2026 se desarrollará en un contexto internacional marcado por tensiones geopolíticas, fragmentación ideológica y una creciente desconfianza hacia las instituciones multilaterales. En este escenario, el cargo que Trygve Lie -primer ocupante del puesto- describió como “el trabajo más imposible del mundo” adquiere una relevancia aún mayor.

El debate que se abre no es únicamente sobre quién encabezará la organización a partir de 2027, sino sobre qué tipo de liderazgo requiere hoy el sistema multilateral y, sobre todo, qué principios deben prevalecer en la política exterior de los Estados cuando se trata de la institución que aspira a representar los intereses universales de la humanidad.

Las Naciones Unidas, después de 80 años de existencia, atraviesan un momento de prueba: la reforma financiera, cuestionamientos sobre su eficacia y un entorno global en el que el unilateralismo parece ganar terreno frente a la cooperación. En este escenario, resulta pertinente recordar que la fortaleza de la ONU no reside únicamente en su arquitectura institucional, basada en el respeto de los principios consagrados en la Carta de las Naciones Unidas “con el firme propósito de preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra” sino también en la convicción compartida de que estos pilares deben situarse por encima de los intereses unilaterales de los Estados miembros.

De conformidad con el artículo 97 de la Carta de las Naciones Unidas y con lo dispuesto en la Resolución 79/327, el proceso de selección y nombramiento del secretario general se lleva a cabo mediante la actuación conjunta de dos órganos de la Organización. Por un lado, la Asamblea General, integrada por los 193 Estados miembros, examina previamente las postulaciones y, por otro, el Consejo de Seguridad recomienda a un candidato.

El 25 de noviembre de 2025, la Asamblea General y el Consejo de Seguridad publicaron una carta conjunta que dio inicio formal al proceso de selección. En esta, se invitó a los Estados miembros a considerar la presentación de candidatas, enfatizando el hecho de que, hasta la fecha, ninguna mujer ha ocupado el cargo. Este llamado enfatiza la importancia de reflejar la igualdad de género y la diversidad regional en este proceso. En este proceso, cada candidato debe ser nominado por, al menos, un Estado miembro de la ONU, garantizando que quienes se postulen cumplan con los más altos estándares de independencia, eficiencia, competencia e integridad, así como con un firme compromiso con los propósitos y principios consagrados en la Carta.

En abril, la Asamblea General convocará una serie de diálogos interactivos destinados a conocer la visión de los candidatos que hayan oficializado su postulación. En esta oportunidad, los aspirantes presentarán sus propuestas para liderar la organización, brindando a la comunidad internacional la oportunidad de conocer de primera mano sus perspectivas y prioridades.

El Consejo de Seguridad, del cual Panamá es actualmente miembro electo por el periodo 2025-2026, desempeña un rol fundamental en el proceso de selección. Las deliberaciones para elegir a un candidato son conducidas por los 15 Estados miembros, quienes tienen la responsabilidad de llevarlo a cabo, con el más alto grado, imparcialidad y rigor.

El requisito esencial para que el candidato seleccionado sea, posteriormente, ratificado por la Asamblea General es contar con al menos nueve votos afirmativos de los miembros del Consejo de Seguridad, sin que medie el voto contrario de ninguno de los miembros permanentes: China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia.

Resulta evidente que el desafío central para la organización no es únicamente elegir a su próximo liderazgo, sino reafirmar su razón de ser. La ONU seguirá siendo tan relevante como lo permitan la voluntad política de sus Estados miembros y su capacidad para anteponer el interés colectivo a las agendas particulares. En ese sentido, cada candidatura, cada respaldo y cada declaración pública contribuyen a moldear no solo una elección, sino la efectividad misma del multilateralismo contemporáneo.

El desenlace de este proceso aún está por escribirse. Entretanto, conviene mantener la mirada puesta en lo esencial: la defensa de la institucionalidad internacional, la primacía de las cuestiones de principios sobre la ideología e intereses momentáneos y la convicción de que, pese a sus imperfecciones, el sistema multilateral sigue siendo un instrumento indispensable para enfrentar los desafíos globales.

Desde la experiencia cotidiana de observar estos debates en los pasillos y salas de las Naciones Unidas, seguiremos atentos a su evolución, conscientes de que en juego hay mucho más que un nombre propio. Lo que está en cuestión es la vigencia de una arquitectura internacional basada en reglas, donde todos los Estados conserven una voz efectiva y donde las decisiones globales no queden determinadas únicamente por el poder de unos pocos.

*Los autores son diplomáticos de carrera