La cara de la solidaridad panameña
- 24/10/2026 00:00
Hay momentos en los que un país se retrata sin necesidad de discursos. No hacen falta cadenas nacionales, banderas ondeando ni políticos hablando de unidad. Basta una tragedia para descubrir de qué estamos hechos.
El pasado 9 de octubre, Panamá vivió uno de esos momentos. Un terremoto que el Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá registró en 7.5 y que el Servicio Geológico de Estados Unidos, el USGS, estimó en 7.7, sacudió buena parte del país. Y después del movimiento de la tierra vino otro movimiento, menos visible, pero igualmente poderoso: el de los panameños tratando de ayudar.
Comenzaron a aparecer campañas para recoger comida, agua, ropa, colchones, artículos de primera necesidad, carpas y todo aquello que pudiera servirle a una familia que, de un momento a otro, se quedó sin casa o con su vivienda seriamente afectada. Y aquí apareció algo que también es muy nuestro: la solidaridad acompañada de polémica. Porque en Panamá hasta para ayudar hay quien encuentra un problema. Si un influencer organiza una campaña y la publica en sus redes, inmediatamente aparecen los expertos de la crítica: que si lo hace para ganar seguidores, que si está monetizando, que si está aprovechando la tragedia o que si busca protagonismo.
Pero hagamos una pregunta sencilla: ¿y si está ayudando? Si una persona tiene cien mil, doscientos mil o un millón de seguidores y utiliza ese alcance para conseguir alimentos, dinero, colchones o cualquier otro recurso para una familia damnificada, ¿cuál es exactamente el pecado? ¿Que también gana dinero con sus redes? Bueno... ¿y?
Un pintor puede pintar una tragedia y vender el cuadro. Un periodista puede escribir sobre una desgracia y cobrar por su trabajo. Un fotógrafo puede documentar el dolor de una comunidad y vivir de ello.
Una cosa es exigir transparencia. Eso sí es indispensable. Otra muy distinta es convertir cada acto de solidaridad en un juicio moral desde el teléfono. Porque hay una realidad que algunos parecen olvidar: no todos podemos ayudar de la misma manera, pero eso no significa que no podamos ayudar. Y ahí está, quizás, la mejor noticia que nos ha dejado esta tragedia.
Debajo de los videos, los comentarios, los likes y las discusiones políticas, apareció un Panamá distinto. Un Panamá que se organizó. Que llevó comida al interior. Que recogió donaciones. Que puso vehículos, manos, tiempo y recursos a disposición de personas que probablemente jamás había visto. También apareció la iniciativa “Chantín pa’ la gente”, impulsada por el alcalde capitalino Mayer Mizrachi, con refugios temporales para familias afectadas. Se puede estar de acuerdo o no con Mayer Mizrachi. Se puede cuestionar su gestión, criticar sus formas o discutir políticamente sus decisiones. Pero si una iniciativa sirve para que una familia tenga un techo mientras reconstruye su vida, tampoco deberíamos perder el sentido común simplemente porque quien la impulsa nos caiga bien o mal.
La solidaridad no debería tener partido político. Tampoco cantidad de seguidores. Ni apellido. Ni cargo. Pero hay otra cara de esta historia que no podemos ignorar: la del Estado. Cuando el Gobierno declaró el estado de emergencia, muchos panameños entendimos que aquello significaría una respuesta extraordinaria frente a una situación extraordinaria. Y ahí empiezan las preguntas incómodas. Porque un decreto no alimenta a una familia.
Un comunicado no reconstruye una casa. Una conferencia de prensa no devuelve un techo. Y una fotografía de funcionarios visitando una comunidad tampoco resuelve por sí sola el problema de quienes llevan días esperando. Hay instituciones trabajando y sería injusto decir que absolutamente nadie está haciendo nada. Pero precisamente porque la emergencia es grande, también debe ser grande la capacidad de respuesta.
El ciudadano común no tiene que convertirse en experto en gestión de desastres para entender algo tan sencillo: cuando una familia pierde su casa, necesita una solución. Cuando una comunidad queda incomunicada, necesita que lleguen. Cuando falta comida, el alimento tiene que aparecer. Y cuando existe una emergencia nacional, el Estado tiene que demostrar por qué merece ese nombre.
Quizás este terremoto nos haya dejado una lección mucho más grande que la magnitud registrada por cualquier sismógrafo. Nos recordó que Panamá todavía sabe ayudar. Que todavía hay gente dispuesta a quitarse algo de lo suyo para dárselo a otro. Que las redes sociales, utilizadas correctamente, pueden ser mucho más que entretenimiento. Y también nos recordó que el Estado no puede dejarle toda la carga a la sociedad. Porque una cosa es que los panameños se solidaricen. Y otra muy distinta es que terminemos acostumbrándonos a que los ciudadanos hagan el trabajo que debería hacer el Gobierno.
La solidaridad del panameño quedó demostrada. Ahora falta saber si la capacidad del Estado estará a la misma altura. Y esa, más que una crítica, es una pregunta que el país merece que le respondan.