La conversación que nunca tuve con Bolívar
- 01/07/2026 01:35
Una reflexión imaginaria sobre Panamá, Bolívar y dos siglos de historia compartida
Hay semanas que pasan a la historia por lo que ocurre en ellas. Y hay otras que permiten a la historia reencontrarse consigo misma. La que acaba de vivir Panamá pertenece a esta última categoría.
En el marco del Bicentenario del Congreso Anfictiónico de 1826, Panamá acogió la Asamblea General de la OEA, el Encuentro de Jefes de Estado y de Gobierno, la Reunión Ministerial de la Comunidad de las Democracias -la primera en nueve años-, la Asamblea Global del Youth Democracy Network y otros importantes encuentros hemisféricos y globales dedicados a la democracia, la cooperación y la integración, que congregaron en nuestro país cerca de un centenar de delegaciones de Estados, territorios y organismos internacionales.
Toda esa intensa agenda fue concebida para conmemorar los doscientos años del Congreso convocado por Simón Bolívar para celebrarse en Panamá.
Cuando terminaron las reuniones y las delegaciones comenzaron a regresar a sus países, tuve la extraña sensación de que todavía faltaba un visitante. Entonces imaginé una conversación que nunca tuve.
Vi a Bolívar caminar por la Plaza que lleva su nombre hasta detenerse frente al antiguo Convento de San Francisco, donde sesionó el Congreso que él convocó, pero al que nunca pudo asistir. Entró en silencio al Salón Bolívar. Observó cada rincón como quien finalmente conoce un lugar visitado innumerables veces en su imaginación.
Después subimos al Salón de Actas, donde reposan las Actas originales del Congreso Anfictiónico. El pasado 22 de junio, exactamente dos siglos después de su instalación, Brasil las donó formalmente a la República de Panamá.
Bolívar permaneció largo rato contemplándolas. Finalmente murmuró una sola palabra: “Sobrevivieron.” No hablaba únicamente de unos documentos. Hablaba de una idea.
Al salir del antiguo convento rompió nuevamente el silencio: “Siempre me pregunté si acerté al escoger Panamá. Muchos proponían otras ciudades. Pero yo no buscaba solamente una sede. Buscaba un símbolo.”
Se detuvo y miró hacia el istmo: “Panamá era el lugar donde las naciones podían encontrarse sin dejar de ser soberanas.
Entonces me atreví a responderle: “Libertador, dos siglos después el mundo sigue viniendo a Panamá cuando necesita dialogar.”
Sonrió: “Cuando escogí Panamá pensé en su posición geográfica. Hoy comprendo que esa geografía era apenas el comienzo.
Guardó silencio unos instantes: “Millones de años antes de que existieran nuestras repúblicas, la naturaleza hizo surgir este istmo del fondo de los océanos para unir continentes y cambiar el curso de la historia humana. Quizá por eso la historia siempre termina regresando a Panamá. Yo creí haber escogido un lugar para reunir naciones. Ahora comprendo que fue Panamá quien terminó reuniéndonos a todos”.
Aquellas palabras me acompañaron durante el resto de la semana. Comprendí que el verdadero significado de lo ocurrido en Panamá iba mucho más allá de una sucesión de reuniones internacionales.
Bolívar convocó el Congreso de Panamá. Dos siglos después, Panamá sigue convocando al mundo. Nuestro país volvió a ejercer la vocación que Bolívar supo identificar hace dos siglos: convocar. Ésa ha sido nuestra vocación.
La intensa agenda de estos días fue posible gracias al liderazgo del presidente José Raúl Mulino, al trabajo del canciller Javier Martínez-Acha Vásquez, del viceministro Carlos Guevara Mann, así como al compromiso de numerosas instituciones públicas y privadas. Merecen igualmente reconocimiento la ministra de Cultura, Maruja Herrera, por integrar la dimensión cultural a esta conmemoración, y la Sociedad Bolivariana de Panamá, cuya Junta Directiva y, en particular, las Comisiones del Bicentenario y de Educación mantuvieron viva por más de un año la reflexión que hizo posible llegar a este aniversario con la profundidad histórica que merecía.
Pero el mayor legado de esta semana no consiste únicamente en haber recordado el pasado. Consiste en la responsabilidad que nos deja para el futuro.
Los desafíos de nuestro tiempo son distintos a los de 1826, pero conservan un elemento común: ningún país puede enfrentarlos solo.
La democracia, la paz y el desarrollo exigen un multilateralismo menos retórico y más eficaz; capaz de convocar, además de los gobiernos, a la sociedad civil, al sector privado, a la academia, a los trabajadores y a las nuevas generaciones.
Antes de despedirnos, Bolívar volvió a mirar el antiguo convento. Entonces recordó una frase que durante mucho tiempo se interpretó como una expresión de frustración: «He arado en el mar»
Lo miré sin decir palabra. Porque, después de lo vivido esta semana, comprendí que la historia ya había respondido por nosotros: “No, Libertador. Usted no aró en el mar. Aquí germinó una idea extraordinariamente adelantada para su tiempo: la convicción de que las naciones podían organizarse para dialogar, cooperar y construir un destino común sin renunciar a su soberanía. Aquella semilla anticipó el multilateralismo hemisférico y, con el paso de los años, encontró expresión en el sistema interamericano, cuyo principal referente es hoy la Organización de los Estados Americanos. Dos siglos después, esa misma idea sigue convocando naciones, inspirando cooperación y recordándonos que los pueblos también tienen una vocación.”
Bolívar guardó silencio. No hacía falta decir nada más.
Quizá el mayor homenaje que podamos rendir al Congreso Anfictiónico no sea únicamente conmemorar su Bicentenario. Sea comprender, de una vez por todas, que la misión histórica de Panamá no consiste solamente en unir océanos.
Consiste, sobre todo, en convocar voluntades para construir consensos al servicio de la paz, la democracia y la prosperidad compartida.
Hace dos siglos Bolívar convocó un Congreso en Panamá. Dos siglos después, Panamá sigue convocando al mundo.
Quizá ésa fue siempre nuestra verdadera vocación. Y quizá el mayor homenaje que podamos rendir al Libertador no sea recordar su sueño. Tengamos la voluntad de seguir convocando al mundo desde Panamá.