La corona de silicio

  • 21/10/2026 00:00

Llevamos siglos preguntándonos quién debe mandar y con qué ideología. Izquierda, derecha, centro, más a la izquierda, más a la derecha, en fin...

Ahora, la tecnología nos cambia la pregunta por una mucho más incómoda: ¿quién logra que el Estado funcione? Y, para entender, hay que repasar dos fechas.

La primera fecha es julio de 1789. ¡En París, mientras afuera la gente tomaba la Bastilla a gritos y antorchas, el Rey Luis XVI llegó a su habitación y escribió en su diario una sola palabra en francés: “Rien” (Nada), como si hubiera sido un martes aburrido!

La historia tiene un humor negro espectacular. El tipo que apuntó “nada” el día que empezó la Revolución, perdió el trono, el juicio y la cabeza en la Guillotina. Y de aquello nos quedó un modelo que usamos hasta hoy: la izquierda y la derecha.

¿Sabías de dónde viene? En la convención nacional, los que querían que fuese un rey quien siguiera con mucho poder, se sentaron a la derecha de quien presidía la sesión. Los que querían quitárselo, tomaron las sillas de la izquierda, legándonos así 237 años de debate ideológico.

Para mucha gente hoy, ese debate es irrelevante. Al esforzarse tanto por llevar el pan a casa, hacer fila por agua que no llega, esperar meses por una cirugía mientras la salud se deteriora, cuidarse de que no le roben en el recorrido a tomar el bus, tolerar un juzgado que va a paso de tortuga o ver que la escuela de sus hijos no les prepara bien para el futuro, quedan sin tiempo para ideologías. Eso es para profesores y militantes apasionados con necesidades satisfechas y ocio.

La segunda fecha importante es el 29 de septiembre de 2026. Fue en la mesa del East Room de la Casa Blanca, donde se anunció una revolución sin incendios y barricadas, pero que reclama la capacidad de destrozar las opciones de izquierda y derechas.

Estaban sentados los jefes de las empresas tecnológicas más poderosas del planeta. El mensaje fue sencillo: la gente ya no quiere discursos bonitos, quiere que las cosas funcionen y aparece así la gran promesa: automatizar.

Ahora es el silicio (metal en las rocas de sílice y en la arena, capaz de ser conductor o aislante eléctrico según se necesite), no la guillotina, lo que remece la sociedad.

Entre los asistentes al East Room estaban Alex Karp y Shyam Sankar, capos de Palantir, empresa que lee montañas de datos para gobiernos.

Hace poco publicaron su “Manifiesto de Palantir” de 22 puntos, cuya idea es debatir qué pasa cuando lo que antes era un problema “político” empieza a tratarse como un problema técnico. Porque hoy gobernar ya no es solo firmar leyes, sino saber procesar datos, usar inteligencia artificial, encontrar patrones donde todos vemos caos y conectar sistemas que no se hablan.

Y aquí viene lo gordo. Antes, un político era legítimo porque ganó votos. Ahora, un tecnólogo se vuelve legítimo porque resuelve. En una sociedad harta de promesas, el que resuelve manda, aunque nadie lo haya votado. Así que quien controle la tecnología de la que depende que el Estado funcione eficientemente, tendrá un poder que antes tenían los reyes, ya no con una corona de oro, sino de silicio.