La crisis del agua: gestión, responsabilidad y futuro

Cedida | Idaan
  • 10/05/2026 00:00

Panamá no tiene una crisis de agua: tiene una crisis de gestión... y de comportamientoEsta afirmación puede parecer incómoda en un país donde miles de ciudadanos enfrentan cortes constantes, reciben agua de mala calidad o, simplemente, no reciben agua. Pero es precisamente esa contradicción la que revela el problema de fondo: el país con uno de los mayores niveles de precipitación en el mundo no logra garantizar un servicio básico esencial.

El problema no es la escasez. Es el sistema. Y dentro de ese sistema, estamos todos.

El IDAAN, la institución encargada de garantizar el acceso al agua potable, atraviesa una crisis que ya no puede explicarse por fallas puntuales, eventos climáticos o limitaciones presupuestarias. Lo que estamos viendo es el agotamiento de un modelo; un sistema que opera al límite, con infraestructura envejecida, pérdidas masivas de agua y una capacidad de respuesta cada vez más reducida.

Las cifras, aunque muchas veces invisibles en el debate público, son contundentes. Se estima que más del 40% del agua producida se pierde en fugas, conexiones ilegales o medición deficiente. Es decir, casi la mitad del agua que se potabiliza nunca llega al usuario final. Este nivel de ineficiencia es inaceptable y, en un servicio esencial, es insostenible.

Pero hay otra pérdida menos visible —y también inaceptable—: el desperdicio en el consumo. Llaves abiertas innecesariamente, lavado excesivo de vehículos, uso ineficiente en actividades domésticas y conexiones internas defectuosas que gotean durante meses. En un contexto de abundancia aparente, el agua ha sido tratada como un recurso infinito. No lo es.

Mientras exigimos un mejor servicio, muchas veces no asumimos el costo real ni el valor del recurso que recibimos. Ese desperdicio, multiplicado por millones de usuarios, también presiona un sistema que ya está al límite. Esto no exime al Estado; lo obliga aún más.

El IDAAN no ha logrado consolidarse como una institución técnica, estable y orientada a resultados. La alta rotación en su liderazgo, la influencia política en la toma de decisiones y la ausencia de planificación a largo plazo han debilitado su capacidad operativa. No se trata de falta de recursos, sino de incapacidad para utilizarlos de manera efectiva.

Este patrón no es exclusivo del sector agua. Es un reflejo de una debilidad más amplia del Estado panameño: la dificultad para ejecutar inversión pública con eficiencia y continuidad. Se diseñan planes, se anuncian proyectos, se asignan presupuestos... pero los resultados no llegan con la velocidad ni la calidad que la ciudadanía necesita.

A esto se suma un modelo tarifario que requiere revisión. Las tarifas de agua en Panamá han sido históricamente bajas, en parte por razones sociales legítimas. Sin embargo, la ausencia de una estructura tarifaria sostenible, combinada con altos niveles de morosidad, ha limitado la capacidad financiera del sistema. El resultado es un círculo vicioso: el servicio es deficiente, los usuarios no quieren pagar —o no perciben valor en hacerlo—, la institución recauda menos y el servicio empeora.

Romper ese ciclo requiere algo más que ajustes marginales. Requiere una reforma profunda... y un cambio cultural.

El primer paso es reconocer que el agua no puede seguir siendo administrada bajo lógicas políticas de corto plazo. El IDAAN necesita una gobernanza técnica, estable y con verdadera rendición de cuentas. No se trata de privatizar el servicio, sino de profesionalizarlo y garantizar continuidad en las decisiones estratégicas.

Panamá también requiere un plan nacional de agua que trascienda a una sola institución y articule la gestión hídrica con la planificación urbana, la protección de cuencas y la estrategia de desarrollo del país. En un contexto de cambio climático, esta integración ya no es opcional. A ello debe sumarse una reforma tarifaria inteligente que refleje costos reales, incentive el consumo responsable y proteja a los sectores más vulnerables mediante subsidios focalizados.

Finalmente, hay que enfrentar las pérdidas tanto en la red como en el consumo: cada fuga estatal desperdicia recursos y cada uso irresponsable en los hogares profundiza una crisis que afecta a todos. Todo esto plantea una pregunta inevitable: ¿estamos dispuestos a hacer las reformas... y a cambiar nuestros hábitos?

Porque el verdadero riesgo no es que falte agua; el verdadero riesgo es que la crisis del IDAAN se convierta en la normalidad. En un país donde el agua es clave no solo para la vida cotidiana, sino también para su posición estratégica global, esta no es una discusión técnica. Es una discusión de país.

Panamá tiene el recurso. Tiene el conocimiento. Y tiene, al menos en el papel, los recursos financieros necesarios. Lo que falta es decisión y, también, responsabilidad. Porque al final, la verdad es más completa —y más exigente— de lo que parece: el agua sí alcanza, pero ni el Estado la gestiona bien... ni nosotros la estamos cuidando como debemos.

*El autor es médico y exrepresentante de la Organización Mundial de la Salud