La cuesta de empezar a vivir
- 18/08/2026 00:00
Hay una frase que he escuchado decir a varios conocidos jóvenes y me sorprende que no distinga estatus social: “cuando esté más estable”. Cuando esté más estable me caso. Cuando esté más estable compro casa propia. Cuando esté más estable pensaría en tener hijos. El problema es que la estabilidad, como tantas cosas en Panamá, parece haber subido de precio.
Personalmente, no creo que estemos frente a una generación que haya dejado de querer construir una familia. Hoy se puede presupuestar y analizar escenarios con facilidad. Para quien está recién graduado, con su primer trabajo y empezando a pagar cuentas por primera vez de su bolsillo, el panorama puede resultar impactante. ¿Será que estamos confundiendo falta de deseo con falta de presupuesto?
La mediana salarial mensual de los empleados panameños fue de $755.80 en septiembre de 2025, y más del 71% ganaba menos de $1,000. Al mismo tiempo, el desempleo entre jóvenes de 15 a 29 años alcanza 19.9%. Es difícil pedirle a una generación que piense en patrimonio cuando muchos todavía intentan conseguir estabilidad laboral.
Entonces aparece la vivienda. El reporte del primer semestre de 2026 del MLS de ACOBIR, una muestra del mercado secundario, registró un precio promedio de cierre de $285,341 para apartamentos. Evitemos el argumento fácil de que “todo está CARO”. No es solamente cuánto cuesta comprar, sino cuánto se ha alejado ese costo del bolsillo de quien intenta hacerlo.
Incluso una vivienda de $120,000 exige un abono de $12,000 con apenas 10%. Para alguien que gana la mediana nacional, ese abono equivale a casi dieciséis meses de salario bruto completo. Sin comer. Sin alquilar. Sin gasolina. Sin una ida al cine. Y, con un poco de suerte, sin que tenga un problema de salud.
La ironía es que quien necesita ahorrar para comprar probablemente está pagando alquiler. Debe financiar su presente mientras acumula el capital necesario para financiar treinta años de futuro. La vida adulta viene con letra mensual. No es una rareza panameña; es una realidad global. Lo nuestro es que le hemos dado condiciones fértiles: salarios que corren detrás del costo de vida, vivienda difícil de alcanzar y treinta años de hipoteca para cerrar la distancia.
Un estudio del Instituto de Estudios Nacionales de la Universidad de Panamá estimó el costo promedio de vida de 2025 en $1,075.92, frente a la mediana salarial de $755.80. Entre 2019 y 2025, la mediana salarial aumentó apenas 4.7%, mientras su medición del costo de vida creció más de 16%. Podemos discutir metodologías; más difícil es discutir la sensación familiar: la quincena alcanza para vivir, pero para comprar una casa, muchas veces hace falta llamar a mamá y papá. Quien lo logró sin esa ayuda, conectó un “home run''.
En 2015 se registraron 14,341 matrimonios en Panamá. En 2025 fueron 9,596: una caída aproximada de 33%. La fecundidad pasó de 3.07 hijos por mujer en 1990 a 2.11 en 2024. Sería irresponsable atribuirlo solamente al precio de la vivienda. Han cambiado la cultura, las prioridades y las expectativas personales. Pero sería igualmente ingenuo fingir que la economía no participa en la conversación.
Formar una familia siempre ha requerido amor. Hoy también exige presupuesto, crédito y planificación financiera.
Y allí aparece otro costo: la productividad. Cuando vivir cerca del trabajo resulta inaccesible, el trabajador se aleja. Lo que se ahorra en vivienda se paga en tráfico, combustible y tiempo. Dos horas diarias dentro del carro no aparecen como impuesto, pero funcionan bastante parecido. Son horas que no se dedican a los hijos, a estudiar, emprender, descansar o sencillamente vivir.
El problema es frustrante porque no tiene un culpable único. No hay una ventanilla donde presentar la queja. No existe recurso de reconsideración contra el supermercado, ni habeas corpus contra la hipoteca. Promotores, bancos, empresas, familias y Estado participan en una ecuación que nadie controla por completo y tiene sus dificultades operativas propias.
Pero reconocerla importa. También para los padres que hoy ayudan con un abono, una letra o el primer empujón. Esa ayuda no significa que sus hijos hayan fracasado; quizá significa que están intentando llegar al mismo lugar subiendo una loma más empinada. Y para quienes hoy repiten “cuando esté más estable”, tampoco todo está perdido. Construir patrimonio puede tomar más tiempo, exigir planificación y muchas veces ayuda familiar. El proyecto sigue siendo posible. Lo importante es no confundir una dificultad económica real con falta de ambición.
Aspirar a una casa, una familia y cierta tranquilidad sigue siendo razonable. Lo que debemos procurar es que no termine convirtiéndose en un lujo inalcanzable. Tal vez los jóvenes panameños no hayan renunciado al matrimonio, a la casa o a los hijos. Tal vez llevan años diciéndonos exactamente qué ocurre cada vez que responden:
“Cuando esté más estable”.