La desconexión política se paga en las urnas
- 08/11/2026 00:00
Las últimas semanas, distintas elecciones celebradas alrededor del mundo nos han dejado grandes lecciones sobre el comportamiento electoral y, sobre todo, la relación entre los liderazgos políticos y las sociedades que pretenden representar.
Primero vimos lo sucedido en Brasil. En la primera vuelta de las elecciones presidenciales, Flávio Bolsonaro consiguió superar a Luiz Inácio Lula da Silva, por más de dos millones de votos. Sin embargo, en la segunda vuelta, Lula logró revertir ese resultado y terminó imponiéndose por más de 4,4 millones de votos, asegurando un nuevo mandato al frente de Brasil.
El pasado martes 3 de noviembre, Estados Unidos nos dejó otra gran lección. Donald Trump, que había asumido un papel protagónico en la campaña de los candidatos republicanos, terminó sufriendo un contundente revés electoral. Los demócratas recuperaron el control de la Cámara de Representantes y del Senado, conquistaron gobernaciones importantes y protagonizaron victorias que parecían difíciles de imaginar en territorios tradicionalmente republicanos.
Texas es uno de los ejemplos más significativos, después de 31 años de gobiernos republicanos, los votantes eligieron a Gina Hinojosa, convirtiéndola en su primera gobernadora latina. En Kansas, el demócrata Adam Hamilton, consiguió una victoria histórica para su partido al ganar un escaño en el Senado, algo que no ocurría desde hacía 94 años.
¿Qué nos están diciendo estos resultados?
Que existe una desconexión entre muchos liderazgos políticos, sus discursos, sus narrativas y las verdaderas preocupaciones de la ciudadanía.
En política existe una frase que marcó la campaña presidencial de Bill Clinton en 1992 y que sigue teniendo plena vigencia: “It's the economy, stupid” (Es la economía estúpida). Una consigna impulsada por su estratega James Carville, que recordaba algo fundamental, la economía y las condiciones de vida de la gente no pueden quedar fuera de la conversación política y es precisamente allí donde debemos detenernos.
El ciudadano no vota únicamente por un discurso, una ideología, una bandera partidista o una estrategia de comunicación. Vota también desde su realidad cotidiana, cuánto le alcanza el salario, si tiene empleo, si puede conseguir una oportunidad para sus hijos, si se siente seguro, si puede acceder a servicios de salud y si percibe que su futuro puede ser mejor.
La política necesita entender esa realidad antes de intentar interpretarla o transformarla. Por eso es tan importante investigar. Conocer la fotografía social de cada momento, identificar las preocupaciones que ocupan los primeros lugares en la agenda ciudadana, comprender las expectativas y descubrir qué soluciones espera realmente la población.
Eso no se consigue únicamente escuchando a los círculos políticos, conversando entre amigos o con dirigentes de su propia organización. Se consigue investigando, preguntando y contrastando las percepciones mediante herramientas cualitativas y cuantitativas que permitan comprender a profundidad a la sociedad.
La investigación no debe ser un instrumento al que se recurre únicamente cuando se aproxima una elección. Debe ser una herramienta permanente para gobernar, comunicar, construir liderazgos y tomar decisiones. Porque hay una diferencia enorme entre lo que un político cree que está haciendo bien y lo que la ciudadanía realmente valora.
Cuando un liderazgo deja de escuchar a la sociedad y comienza a vivir en una realidad que solo existe en su imaginación y en la de su círculo más cercano, pierde de vista lo que realmente siente y necesitan los pueblos. Cuando llega el momento de votar, las urnas se encargan de recordarle su error y terminan poniendo las cosas en su lugar.
La política puede construir discursos, campañas y narrativas. Pero son los ciudadanos quienes, finalmente, tienen la última palabra...