La disciplina partidista: una explicación necesaria
- 12/08/2026 00:00
El sistema político panameño tiene fortalezas que nos han brindado estabilidad por más de treinta años, como la ausencia de reelección presidencial inmediata; tiene problemas reales y reconocidos, como el clientelismo; tiene problemas aparentes, como la ausencia de segunda vuelta y el número de diputados, y tiene problemas que pasan desapercibidos. En esta última categoría se encuentra la ausencia de disciplina partidista. Las recurrentes tensiones dentro de la coalición Vamos ha puesto una vez más sobre la mesa la relación entre diputados la organización a la que pertenecen. El asunto ha sido interpretado como un problema de obediencia acrítica al liderazgo. Sin embargo, el asunto va mucho más allá.
Cuando hablamos de disciplina partidista nos estamos refiriendo a una manera de cohesión en la que los miembros de un partido regularmente aceptan y actúan bajo el mandato del líder o líderes. Que esto suceda implica la disponibilidad de maneras y medios para llevar a los miembros reacios a aceptar y actuar bajo su mandato.
Cuando los miembros de un partido o de cualquier grupo trabajan unidos para lograr objetivos colectivos, coincidiendo en los medios para lograrlos, estamos hablando de cohesión. Este tipo de situación supone cierta homogeneidad interna o, para ser más claro, un alto grado de coincidencia ideológica. Es de conocimiento común que los partidos políticos panameños son muy poco ideológicos, por lo tanto, la aspiración de cohesión sin disciplina no es realista. Pero ¿por qué sería ventajoso tener partidos disciplinados?
Una primera ventaja es que los partidos más disciplinados cumplen de mejor manera con su rol de agentes promotores de políticas públicas. Esta capacidad se consigue porque sus preceptos programáticos llegan más fácilmente a cristalizarse como estrategias de desarrollo para el país si no se encuentran en medio con el obstáculo de no poder ni siquiera lograr un mínimo consenso dentro de sus filas. Otra ventaja consiste en que con partidos disciplinados los votantes pueden recompensar o castigar al partido en las urnas, según lo que hayan hecho como gobierno u oposición. Si los diputados votan constantemente contra propuestas de su organización, es más difícil para los electores identificar claramente cuál fue la posición de su partido en determinadas coyunturas y, por lo tanto, se dificulta la rendición de cuentas. También, la disciplina contribuye a construir una reputación colectiva de la cual se beneficiarán los miembros que se conviertan en candidatos por el partido, sobre todo si los partidos son del tipo “atrapatodo” como los panameños; sin un liderazgo fuerte es más probable que los miembros se dejen llevar por incentivos particulares que disminuyan la reputación colectiva. Por último, los partidos disciplinados hacen más fáciles y predecibles las relaciones entre los órganos ejecutivo y legislativo, además de permitir que las negociaciones se hagan en bloque sin necesidad de acudir al clientelismo y a la corrupción para conseguir mayorías.
¿Por qué no hay disciplina partidista en Panamá? Hay factores institucionales como el tamaño de las circunscripciones, el modelo de financiamiento electoral, las características del sistema de partidos y la centralidad del órgano ejecutivo, pero quisiera hacer el énfasis en un factor del entorno político. En Panamá, la opinión pública rechaza la disciplina partidista porque se valora positivamente la autonomía del diputado sobre la base de que los intereses de la ciudadanía y del partido que lo postuló son distintos. En buena medida por eso, aunque la constitución concibe la revocatoria de mandato como último recurso para disciplinar a los miembros reacios de los partidos, es casi imposible aplicarla.
Todo lo dicho sirve para entender y valorar las recientes tensiones entre la coalición Vamos y algunos de sus diputados, que han llevado por distintas vías a la disminución de su bancada. Una organización nueva que quiere ser diferente necesita, más que ninguna otra, fortalecer su reputación colectiva y sostener una conducta unificada que la someta sin ambigüedades a la rendición de cuentas de sus votantes y la ciudadanía en general. El problema es que aún no son formalmente partido político y, por lo tanto, la organización no cuenta con mecanismos democráticos y legales sólidos que le permitan reforzar su disciplina. El precio de esa ausencia la está pagando su máximo dirigente, que no cuenta con más que su capital político para disciplinar la organización que sin duda lidera, por lo que para algunas personas termina proyectándose como un líder caprichoso o, peor aún, autoritario.
En el Panamá de hoy, en el que el clivaje PRD / Panameñistas quedó en el pasado, la reorganización del sistema alrededor de nuevas divisiones políticas necesita más que nunca partidos disciplinados que hagan la política panameña más coherente y predecible. Por responsabilidad democrática, la diferencia no se hace reivindicando la individualidad, sino creando organizaciones fuertes y reconocibles. Sin disciplina, incluso los proyectos más prometedores pueden terminar estallando en mil pedazos y decepcionando, una vez más, las expectativas de la población.