La escritura que se crea a sí misma

  • 28/08/2026 00:00

Sería imposible recordar cuántas veces me he dicho que el cuento que en determinado momento escribo será el último. Por eso, aunque me tiente una vez más decirlo, no lo haré. Y es que un buen escritor debe serlo siempre. Mientras le quede un hálito de vida. Eso sí que no tiene vuelta de hoja... Así es que mejor me callo y le doy paso franco a la palabra escrita.

Y esa palabra escrita, en mi caso, lleva 65 años acompañando los malabares de la creatividad al momento de crear cuentos, poemas, ensayos y obras teatrales, mientras a la par ejercía como profesor universitario, promotor cultural, antólogo y editor. Sin embargo, en el aspecto escritural ahora sí empiezan a escasear los temas como tales, en el sentido de evitar lo más posible su repetición y el uso de similares técnicas narrativas en el género cuento -incluidas muy numerosas minificciones -con numerosas variantes temáticas -, por más que no deje de haber siempre, en el alma del artista, algo novedoso que relatar.

Por otra parte, sigue vigente, al menos en mi caso, la técnica denominada “escritura automática”, la cual funciona por asociación libre de ideas... Tal como a inicios del siglo XX lo hacían con gran decoro y consistencia los llamados autores surrealistas. En otras palabras, no es cierto que uno deba necesariamente tener en mente desde el principio el tema a tratar, ni mucho menos las técnicas relatísticas que conviene usar. Si un hecho conduce a otro, lo más probable es que si el autor tiene talento podrá crear una historia interesante siempre y cuando el talento genuino sea capaz de mover los hilos más adecuados de la historia a fin de lograr eso que suele llamarse “credibilidad”.

El gran escritor uruguayo Juan Carlos Onetti solía decir, cuando era interrogado al respecto, que si él supiera cómo van a terminar sus historias, ¿para qué escribirlas? En última instancia, pues, lo más importante es poseer el talento genuino que todo arte auténtico requiere y exige a fin de que la obra creada sea capaz no sólo de perdurar en el tiempo, sino también de convencer a lectores sensibles de que la narración misma posee un valor propio.

Sin embargo, no podemos olvidar que hay cuentos, poemas y novelas que, por su forma de comportarse en el uso del lenguaje, dan la impresión de que se cuentan a sí mismos, tanto desde la perspectiva del tono y la seguridad con que narran, como también por el conocimiento inequívoco que parecen poseer de los hechos. A ello los especialistas suelen llamarle metaficción o metapoesía, según el género literario que en un momento dado pretendan representar.

Cuando este procedimiento se maneja con probada destreza, funciona como un modo totalmente válido de relatar historias o de aludir a experiencias líricas, según sea el caso. Y por supuesto, en tales casos la credibilidad por parte del lector dependerá de la fuerza que esos procedimientos de auto-inducción sean capaces de crear en el ánimo de quien lee.

Dicho todo lo anterior, es cuestión de que los buenos lectores adecúen sus antenas al papel que determinados tipos de narraciones pretenden asumir en un momento dado. Lo que no es posible negar, a estas alturas del partido, es la importancia en que la forma de relatar (es decir, las técnicas narrativas) confiere idoneidad a lo relatado.

Para resumir, hay una evidente sabiduría innata tras el éxito de un texto literario, por lo que para nada es cierto en tales casos aquello de que “el burro tocó la flauta por casualidad”. Si la pudo tocar, incluso numerosas veces, es porque de un modo u otro el resultado ha permitido su adecuada difusión. Y, por supuesto, ¡porque no era tan burro nada...!

Agradezco a los dioses que todavía a mi edad sea capaz de crear cuentos, minicuentos y poemas capaces de motivar a pequeñas editoriales de países como México, Honduras, El Salvador y Panamá para asumir por su cuenta y riesgo -como lo han hecho recientemente-, la publicación de diversos libros de mi autoría, perfectamente diversificados, los cuales he venido a presentar en diversas fechas de agosto en mi querida Panamá.