La guerra cultural después del wokismo

  • 02/09/2026 00:00

Algo está pasando en América Latina y en buena parte de Occidente. Quizás todavía sea temprano para ponerle nombre, pero podríamos llamarlo poswokismo.

Durante años, una determinada manera de entender el progresismo dejó de ser solamente una posición política y comenzó a ocupar universidades, medios, cine, empresas, organismos internacionales, escuelas y finalmente políticas públicas. Género, identidad, diversidad, inclusión, lenguaje inclusivo y discriminación estructural salieron de los círculos académicos y entraron en la vida cotidiana.

Pero esto no comenzó con la Agenda 2030. Desde los años setenta, Naciones Unidas fue construyendo compromisos destinados originalmente a un objetivo difícilmente discutible: avanzar hacia la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres. El gran salto llegó en 2015, cuando sus 193 Estados miembros aprobaron la Agenda 2030: 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible y nada menos que 169 metas. Y aquí aparece una pregunta políticamente incorrecta: ¿quién eligió a quienes diseñaron todo esto?

Los ciudadanos, desde luego, no votaron directamente por ellos. Fueron los gobiernos quienes negociaron y aprobaron esos compromisos. Nada clandestino ni secreto. Precisamente por eso tenemos derecho a preguntar por sus costos y, sobre todo, por sus resultados.

Porque el balance resulta bastante menos épico que el discurso. Los propios informes de Naciones Unidas reconocen que solo una pequeña parte de las metas avanza al ritmo necesario. Quizás una agenda que pretendía transformar en quince años la pobreza, el hambre, la educación, la desigualdad, el clima, las ciudades y las instituciones llevaba desde el principio una considerable dosis de utopía.

Eso no significa que todo fuera absurdo. Muchas políticas combatieron discriminaciones reales y consolidaron derechos. El problema comenzó cuando la igualdad dejó de ser suficiente.

Ya no bastaba con que cada persona pudiera vivir como quisiera, amar a quien quisiera o vestirse como quisiera. También había que modificar el lenguaje, revisar costumbres, reinterpretar la familia, transformar la educación y discutir incluso qué significa ser hombre o mujer.

Una cosa es exigir respeto. Otra, exigir obediencia cultural. Y ahí comenzó la reacción.

En América Latina coincidió, además, con la llamada “marea rosa”: Chávez, Lula, los Kirchner, Evo Morales, Correa, Bachelet, el Frente Amplio y Ortega ocuparon durante distintos períodos buena parte del mapa político regional. No fueron gobiernos iguales, pero mientras la izquierda conquistaba gobiernos, el progresismo cultural avanzaba desde universidades, ONG, organismos internacionales y medios.

Quizás cometieron un error fundamental: confundieron el silencio con el consentimiento. Millones aceptaron determinadas transformaciones sin comprar necesariamente todo el paquete ideológico. No marcharon, no protestaron, no hicieron ruido. Hasta que comenzaron a votar. Y algunos votaron con los pies.

Venezuela quiso exportar una revolución y terminó exportando venezolanos. Cerca de ocho millones han abandonado el país. Cuba lleva más de seis décadas prometiendo un futuro que demasiados cubanos siguen buscando fuera de la isla. Y Nicaragua ofrece una ironía extraordinaria: Daniel Ortega combatió una dictadura familiar y terminó gobernando junto a su esposa dentro de un sistema concentrado alrededor de ambos.

Tres historias distintas, una misma lección: ninguna superioridad moral sustituye los resultados.

Argentina representa hoy el movimiento contrario. Javier Milei entendió algo que buena parte de la derecha tardó décadas en comprender: las elecciones no se ganan solamente hablando de inflación, impuestos, delincuencia o tamaño del Estado. También se disputa la cultura.

Milei no inventó el cansancio. Lo detectó. Eso es, quizás, el poswokismo. No quitar derechos ni mandar a las minorías de regreso al silencio, sino separar igualdad de ideología, tolerancia de imposición y respeto de obediencia.

La izquierda entendió hace décadas que el poder no consiste solamente en ganar elecciones. También consiste en imponer las palabras, los valores y hasta las preguntas con las que una sociedad discute consigo misma.

La novedad es que una parte de la derecha finalmente aprendió la misma lección. Por eso la próxima gran batalla política no será solamente por la economía, la seguridad o el tamaño del Estado. Será por algo mucho más profundo: quién consigue definir qué es normal. Durante años, uno de los bandos prácticamente jugó solo. Ahora tiene adversario.

La guerra cultural no está terminando. Probablemente recién está comenzando.