La imperiosa necesidad de abrazar la modernidad
- 02/05/2026 00:00
La difusión de las imágenes de la explosión en el puente de las Américas es un suceso que, sin duda, formará parte del imaginario panameño. No solo por lo impresionantes que han sido, sino por hacer aún más evidente el viacrucis en que se ha vuelto el diario vivir de miles de ciudadanos que se desplazan hacia la capital desde las “ciudades dormitorio” en que se han transformado Arraiján, La Chorrera y más allá.
Según cifras de la Presidencia de la República, las proyecciones de tráfico para 2026 estiman que más de 300,000 personas cruzan diariamente el Canal utilizando tanto el puente de las Américas como el puente Centenario. Esta congestión crónica representa no solo una parálisis vehicular en horas pico, sino también dinero y recursos perdidos, además del tiempo de vida de miles de panameños tirado a la basura. Ni siquiera la plena ejecución de la Línea 3 del Metro o la construcción de un cuarto puente serán soluciones definitivas si insistimos en movilizar masas humanas que podrían producir igual o mejor desde sus hogares.
¿Podemos acaso justificar que miles de personas se tengan que movilizar a diario para cumplir su jornada laboral o educativa cuando la tecnología permite hacerlo de forma remota? Es cierto que nuestro país, mediante la Ley 126 de 2020, regula el teletrabajo y establece reglas claras para su aplicación. Esta ley, impulsada por la pandemia, buscaba construir una cultura laboral más humana donde el trabajador —evitemos decir “colaborador”, esa romantización de la relación patrono-empleado— tuviera la oportunidad de cumplir sus responsabilidades desde el hogar, mejorando su calidad de vida y sus relaciones familiares.
No es de extrañar que el 85% de los profesionales en sectores administrativos prefieran puestos que ofrezcan al menos dos días de esta modalidad. Sin embargo, resulta lamentable que muchas empresas se escuden en que así se fortalece la “cultura organizacional” y miren el deseo de libertad de sus empleados como si sufrieran de drapetomanía: esa supuesta afección mental que los esclavistas del siglo XIX inventaron para explicar por qué sus esclavos buscaban huir.
Resulta igualmente anacrónico que prestigiosas instituciones educativas, que durante el COVID —hace ya seis años— ofrecieron modalidades remotas, mantengan posturas rígidas en su insistencia de obligar a los estudiantes al modelo presencial. La virtualidad permite una mayor democratización de la educación, especialmente para el adulto que trabaja y que, tras horas de tráfico, muchas veces llega al aula solo para encontrarse con la rigidez de un sistema que ignora que el aprendizaje actual no depende de un pupitre, sino de la conectividad y el compromiso.
No soy ciego ante los retos de este modelo. Soy consciente de la brecha digital y de un servicio de electricidad que deja mucho que desear; también afirmo que hay labores donde la presencialidad es indispensable. Esto no implica eliminarla, sino aplicarla donde realmente aporta valor. Sin embargo, si las instituciones que pregonan discursos elocuentes sobre la tecnología realmente escucharan lo que dicen, la calidad de vida en Panamá mejoraría de forma exponencial.
Hay una labor titánica para cambiar estas mentalidades que aún asocian la productividad con la presencia física constante. La modernidad no se alcanza solo construyendo más puentes de concreto y túneles, sino tendiendo puentes digitales que liberen al ciudadano de la esclavitud del asfalto. El futuro de Panamá no está en cuántos autos logremos meter en la ciudad, sino en cuántos ciudadanos logremos devolver a sus hogares con tiempo y dignidad.