La irracionalidad detrás de la racionalidad política
- 17/05/2026 00:00
En los últimos años, la política ha dejado de ser un espacio estructurado de deliberación para convertirse en un terreno saturado de opiniones dispersas. Opiniones que no surgen necesariamente del análisis o del conocimiento, sino de la frustración, la desconfianza y la sensación creciente de abandono por parte de quienes deberían representar.
Hoy, el ciudadano no solo opina más, opina desde la herida. Desde su propia racionalidad, muchas veces válida, de que el sistema no responde, de que la institucionalidad no resuelve y de que la política, en lugar de ordenar la realidad, la complica. En ese contexto, la participación ya no está mediada únicamente por partidos, liderazgos o ideologías, sino por impulsos inmediatos, emociones y narrativas fragmentadas.
El filósofo alemán Leo Strauss sostenía que: “La democracia es un sistema que permite la búsqueda de la verdad a través del debate y la deliberación”. Una idea que no solo define su esencia, sino que subraya un principio fundamental, la verdad democrática no se impone, se construye a partir del intercambio de ideas y la confrontación de visiones.
Por ejemplo, podemos afirmar que, aunque la sociedad a veces coincide en el destino, son los actores políticos y sociales quienes imponen el camino y el vehículo. Y es ahí donde, entre coincidencias aparentes y contradicciones reales, se configuran las diferencias que terminan definiendo la acción y el liderazgo.
Pero los tiempos actuales también han dado paso a opinadores de oficio con la pretensión de imponer una única lectura de la realidad, construida desde marcos teóricos o intereses particulares que, muchas veces, poco tienen que ver con la experiencia cotidiana del ciudadano.
Ahí es donde emerge una de las mayores tensiones de la “nueva” política, la falsa racionalidad. Una racionalidad que se presenta como incuestionable, que descalifica lo distinto y que busca uniformar el pensamiento bajo la idea de que solo existe una forma correcta de entender el país. En el fondo, no es más que una visión que, bajo el disfraz de lo lógico, termina siendo profundamente excluyente.
Pero un país no es una sola voz, ni una sola lógica. Es la suma de realidades diversas, de experiencias distintas y de visiones que, aunque a veces chocan, son necesarias para construir un proyecto común.
La política, en su esencia democrática, no puede convertirse en un espacio de imposición ni de descalificación permanente. Por el contrario, debe ser el terreno donde las diferencias se confrontan con argumentos, con ideas, donde el disenso no se castiga, sino que se aprovecha, y donde el debate, aunque a veces sea incómodo, permita depurar ideas y acercarnos a mejores soluciones. Porque al final, la verdadera racionalidad política no es aquella que pretende tener siempre la razón, sino la que entiende que solo a través del contraste de visiones es posible construir respuestas más justas, representativas y, sobre todo, más cercanas a lo que Panamá realmente necesita y enfrenta.
La verdad nunca es uniforme ni monocromática. Tiene matices, contrastes y distintas pigmentaciones que reflejan la complejidad real de una sociedad viva. Porque el conocimiento no puede construirse desde la distancia, sino desde la experiencia. Desde lo que la gente vive, siente y confronta todos los días, y es ahí, donde empieza la verdadera política...