La manipulación política como tecno-negocio

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  • 31/10/2026 00:23

El control de los relatos es un ejercicio permanente en cada sociedad, como permanentes son las tensiones que los acompañan. “Controlar el relato equivale a construir una realidad del mundo vinculada a los intereses de los poderosos”, han afirmado Roberto García-Marín y Roberto Aparici en un ensayo publicado en el 2019 (“La sociedad de la mentira” en La posverdad. Una cartografía de los medios, las redes y la política, coordinado por R. Aparici y D. García-Marín). En lo que sigue propongo una reflexión sobre tres instancias decisivas: la producción de y el acceso a los libros, el sistema educativo, la esfera de la comunicación pública.

Con la imprenta, apareció una nueva manera de controlar el relato que pronto desplazó a la tradición oral que había convivido durante siglos con la escritura. No obstante, no sería correcto representar el libro meramente como un instrumento ideológico de la clase dominante, aunque haya numerosos casos que avalan esa hipótesis. El libro termina convirtiéndose en un campo de batalla. Como ha escrito Irene Vallejo (El infinito en un junco 2019): “Los libros nos convierten en herederos de todos los relatos: los mejores, los peores, los ambiguos, los problemáticos, los de doble filo. Disponer de todos ellos es bueno para pensar y permite elegir.”

Elegir no es solo elegir un libro, es también leer, y las lecturas del mismo libro pueden ser muy variadas. Quien autorizó la primera edición de un olvidado manuscrito de Nicolás Maquiavelo, cuatro años después de fallecido su autor, fue el Papa Clemente VII en 1531. Con el título El Príncipe la obra se abrió paso rápidamente en el siglo XVI como una de las más brillantes reflexiones sobre el ejercicio del poder. Sabemos por qué y en qué circunstancias Maquiavelo acometió la escritura de aquella obra. No sabemos por qué pasaron catorce años sin que intentara publicarla, pues durante ese tiempo publicó muchas cosas, entre las más salientes un tratado sobre la guerra, una biografía de un líder político italiano, una historia de Florencia, y varias obras de teatro, que lo hicieron un autor muy popular.

A Clemente VII le pareció que aquella obra realzaba la belleza de la lengua italiana, y que sería leída con admiración y deleite. Veintiocho años más tarde otro pontífice, Paulo IV, colocaría la misma obra en el índice de los libros prohibidos de la Iglesia Católica. En medio de las crisis políticas de la época, los defensores del status quo concluyeron que la obra de Maquiavelo contenía un mensaje diabólico y el único lugar que merecían los ejemplares de varias traducciones que ya circulaban por entonces era la hoguera. Aunque ya en el siglo XVI El Príncipe circulaba en su versión original, de modo discreto, entre miembros de la élite inglesa, Edward Dacres la tradujo al inglés y la hizo publicar en 1640, justo antes de que se iniciara la guerra civil inglesa, pues creía que la obra mostraba cómo son verdaderamente los tiranos y el pueblo inglés debía conocer las tácticas de engaño y manipulación de sus gobernantes.

Desde entonces la publicación de libros pueder tanto una estratagema de justificación del poder, como una estrategia para luchar contra la tiranía. No son las bibliotecas, que generalmente albergan libros de todo tipo, de diversas épocas y convicciones políticas, las que incomodan a las élites. Son sus usuarios los que les despiertan sospechas. Es el acto mágico de la lectura que inquieta a los usufructuarios de las injusticias: un lector que sostiene un libro en silencio, mientras sus ojos que recorren las páginas, una a una, línea por línea, mientras su cerebro va poblándose de imágenes, de conceptos, que crean una conciencia que es ahora capaz de ver cosas donde antes no había nada.

Quizás una parte de los objetivos que se plantea la educación moderna, en todos los niveles, sea controlar el relato que puede generar la lectura de ciertos libros. En la cara visible del sistema escolar se ve cómo los niños aprenden a leer; en la cara oculta lo decisivo es seleccionar ciertos libros e inducir a los niños a que le adhieran determinados significados a lo que leen en los libros.

La historia nos enseña que se trata de un ejercicio azaroso que no puede ser inmune a las crisis políticas y sociales que experimentan en forma distinta los actores de la comunidad educativa. Las instituciones educativas, particularmente la educación superior, pero no únicamente, son espacios donde los relatos se transmiten, se controlan y, en ocasiones, se desafían.

La influencia que la lectura libre y la formación escolar tiene sobre los relatos es importante, pero cada vez más limitada. Comparativamente, la esfera de la comunicación social tiene mucho más peso y se expande en nuestros días a una alta velocidad.

Aunque según los historiadores el nacimiento de la prensa sucede en 1605 en Estrasburgo, en realidad los medios de comunicación masiva emergieron cuando el diario costó un centavo, la llamada Penny Press, y la corporación mediática se sostenía con la venta de anuncios. Esto fue lo que ocurrió en Nueva York en 1833 con el diario The Sun, creando una tendencia imbatible en todo el mundo. Fue el inicio de un nuevo modelo de negocios que permitió a la clase trabajadora acceder a noticias e informaciones de interés general.

La comunicación rápida a larga distancia surgió con el telégrafo en 1837 y el invento atravesó las fronteras de lo público. El cine data de fines del siglo XIX y en el siglo XX se convierte rápidamente en un evento de masas que ocupa la esfera pública y desplaza las luces de la Ilustración.

La radio comercial se inició en 1920 y estrenó el concepto de “transmisión en vivo”, con los que introdujo la noción de simultaneidad que rompe las coordenadas de espacio y tiempo con las que la ciencia social había aprendido a pensar los fenómenos sociales. La expansión de la televisión en el mundo de la posguerra tuve impactos políticos directos casi inmediatamente.

La creación de una esfera pública digital es el resultado de la apertura de Internet al público general. En este medio se favorece la comunicación multidireccional, la simultaneidad y se vence la barrera de las distancias. La llamada “democratización” de la información ocurre con la posibilidad de que los usuarios generen contenido propio. Esto es lo que hacen plataformas como Facebook y YouTube a partir del 2004. A la computadora personal de fines del siglo XX siguió el teléfono inteligente del siglo XXI. Con ello el acceso a información noticiosa y de todo tipo, así como la comunicación interpersonal, se convierte en una opción durante las 24 horas del días para una inmensa mayoría de las personas.

El fenómeno de la hiperpersonalización recibe un nuevo impulso con la creación de redes sociales a partir del 2006. Este desarrollo lanzó un duro golpe a las corporaciones que lideraban la prensa, pues afectó su viabilidad comercial y a los periodistas profesionales que tienen que reinventarse. En cierto sentido, cada persona es ahora una potencial fuente de información en el espacio digital. Estos cambios en la tecnología trastocan la industria, el comercio, y las relaciones personales, no menos que la presencia del Estado en el territorio y las dinámicas entre los Estados.

Adicionalmente, los desarrollos recientes de la inteligencia artificial destacan por su enorme velocidad y por las aspiraciones y expectativas que se generan. La incertidumbre ya no es más acerca de la falta de información, de conocimientos, o de educación. Es virtualmente imposible planificar para un periodo de 5 o 10 años, sin que una sonrisa amable de descreimiento no perturbe el ejercicio.

Las super corporaciones tecnológicas (sobran los dedos de las manos para enumerarlas) han logrado impactar todos los ámbitos de la vida en sociedad en unos pocos años. La salud, la educación, la seguridad, todo está literalmente en las manos de la tecnología que usamos. Sobre todos los profesionales y trabajadores pesa hoy la carga de tener que ajustarse a los cambios tecnológicos, sin que se tenga garantía alguna de que lo aprendido tendrá una vigencia razonable de algunos años.

En este escenario no es difícil darse cuenta de que las nuevas tecnologías han expropiado a los individuos y grupos pequeños, grandes y medianos, de la manera habitual de manipular y engañar a las personas ya sea con fines personales, comerciales o políticos.

El engaño y la manipulación que verdaderamente inciden en la política requieren el uso de nuevas tecnologías. O, para decirlo de una manera distinta, las élites están invitadas a hacerse cómplices de las grandes corporaciones en la gran operación de mentir y engañar a las grandes masas de la población en cuanto a la consecución de fines claramente políticos.

La pregunta que queda responder es si estas nuevas tecnologías, como ocurrió con la imprenta hace 6 siglos, no serán solo una herramienta a favor de los poderosos, sino que también se convertirán en el terreno de batalla de los conflictos sociales.

* El autor es miembro del Grupo de Investigación POLITAI e investigador asociado de CIEPS