La mentira en nuestro día a día...
- 26/08/2026 00:00
Muchas veces, cuando se quiere romper paradigmas y generar cambios profundos, es necesario construir alianzas con personas y grupos que comparten tu misma visión de país. Acuerdos que, más allá de los intereses del momento, estén sostenidos sobre valores, principios y objetivos comunes.
Esto sucede más aún cuando uno es invitado a formar parte de estos espacios o agrupaciones. Es natural partir del supuesto de que quienes allí participan al menos respetan, las mismas normas éticas y los valores que dieron origen a esa alianza. Uno espera, quizás ingenuamente, que todos actúen de manera distinta a aquello que tantas veces criticamos de la política tradicional.
Esperamos de entrada, coherencia y respeto por la palabra dada, que la verdad tenga algún valor. Pero la realidad, muchas veces, termina demostrando otra cosa.
Vivir en la mentira es complejo. Desde siempre, en mi casa me enseñaron que mentir o faltar a la palabra era prácticamente un pecado capital. Que la confianza era algo que se construía durante años, pero que podía destruirse en apenas unos segundos. Por eso me cuesta entender cómo existen personas que parecen vivir permanentemente instaladas en la mentira, capaces de sostener una versión distinta según a quien le cuenten la historia o la conveniencia del momento.
Lo más preocupante es que esa forma de actuar no se limita a la vida privada. Se traslada a las relaciones personales, a los compromisos adquiridos y, por supuesto, a la política.
En política se puede disentir. Se puede cambiar de opinión. Se puede llegar a la conclusión de que un camino ya no es el correcto y tomar una decisión distinta. Eso forma parte de la democracia y del ejercicio de la libertad individual. Lo que no debería normalizarse es la mentira como método y la manipulación como estrategia.
Una cosa es cambiar de posición y tener la honestidad de explicarlo. Otra muy distinta es construir discursos para unos mientras, en privado, se dice otra cosa de una manera completamente diferente.
Quizás uno de los grandes problemas de nuestra política es que hemos normalizado la mentira. Hemos llegado al punto de sorprendernos cuando alguien cumple su palabra y de justificar, casi con naturalidad, a quien la rompe.
Yo sigo creyendo que la política necesita acuerdos, diálogo y capacidad de construir puentes. Pero también creo que ningún objetivo político debería exigirnos renunciar a quienes somos ni aceptar como normal aquello que, en cualquier otro ámbito de nuestra vida, consideraríamos una falta grave.
Tal vez mantenerse fiel a los principios tenga un costo. Tal vez sea más difícil caminar acompañada cuando uno se niega a cambiar sus convicciones según las circunstancias.
Porque al final, los cargos pasan y las circunstancias políticas se transforman. Lo único que verdaderamente nos pertenece es nuestra palabra, nuestra conciencia y la tranquilidad de poder mirar de frente a quienes confiaron en nosotros, que son los ciudadanos.
Podrán cambiar las circunstancias y podrán cambiar los intereses de algunos, pero hay algo que yo no estoy dispuesta a cambiar: mis principios.
Esa es una línea que, al menos para mí, nunca estaré dispuesta a cruzar...