La minificción: un sesgo de marcada creatividad literaria
- 11/10/2026 01:32
El vasto universo de la creación literaria es de muy vieja data y a diario se sigue renovando como una de las más dúctiles manifestaciones de las Bellas Artes. Todos los días surgen nuevos escritores, de tal manera que la poesía, el cuento, la novela, el ensayo y las obras de teatro han seguido expandiéndose, con diversos grados de calidad, y por tanto renovándose con el transcurrir del tiempo.
También en Panamá, quienes escribimos como una actividad constante, casi que cotidiana, estamos conscientes del auge imparable que el mundo de las letras ha venido experimentado en lo que va del siglo xxi. Y la minificción tiende a ser, sin duda, uno de sus más logrados y constantes avatares.
No es en absoluto desconocida una vieja tendencia literaria que ha seguido vigente, de experimentar fundiendo géneros y abriéndole nuevos caminos a la siempre indispensable creatividad. Uno de los tantos resultados favorables de esta tendencia ha sido en los albores del siglo xx la punzante insurgencia precisamente de la llamada minificción.
Aunque no es en realidad nueva ni mucho menos, sí irrumpe con una inusitada tendencia a la variedad, lo cual en más de un sentido implica siempre un cierto grado de implícita experimentación, tanto conceptual como formal.
Y acaso los dos géneros literarios más tradicionales -el cuento y la poesía- son los que más tienden a fundirse y confundirse en no pocos minicuentos creados por determinados autores de una impresionante creatividad. Sin embargo, las muchas diversas tendencias de este tipo de escritura tienden a limitar significativamente su extensión y por tanto, a la vez, el tiempo real en que se desarrolla una historia.
En Panamá, ya son numerosos los cuentistas que han optado por experimentar con la minificción, en búsqueda de nuevas alternativas a la siempre esencial creatividad. Entre los primeros en hacerlo estuvieron tanto Rey Barría y Raúl Leis, como el mismísimo Rogelio Sinán, en un libro suyo poco conocido que me tocó rescatar (con autorización del autor) del total olvido, como incipiente editor que yo era en aquella época “El candelabro de los malos ofidios y otros cuentos” (México, 1982).
Otros escritores panameños que desde el inicio de sus carreras literarias eligieron narrar sus historias con gran brevedad y precisión asumiendo favorablemente la minificción como praxis cotidiana, fueron, entre otros: Benjamín Ramón, Claudio De Castro, Eyra Harbar, Héctor Collado, Enrique Jaramillo Barnes, Héctor Aquiles González, Annabel Miguelena, Jairo Llauradó, Isabel Burgos, Gloriela Carles Lombardo, y yo mismo (1944), entre otros.
La minificción representa sin duda alguna una de las tendencias literarias más afines a la imaginación, y se ha ido poniendo de moda perdurando en el tiempo con un enorme brío porque cuando se hace con talento se aporta una inmensa dosis de creatividad.
Este tipo de texto puede abarcar desde solamente siete palabras, como en el “El dinosaurio”, el famoso texto del guatemalteco, exiliado en México, Augusto “Tito” Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba ahí”, hasta textos de media página o apenas una y media como máximo. En cuanto a los temas que este ingenioso tipo de narración breve puede abordar, en realidad no hay límite alguno, con tal de que su brevedad e ingenio sean notables y capaces de sorprender al lector. En ellos suele haber una cierta dosis de ironía, y a ratos un tono poético que, cuando bien manejado, añade valor estético al texto.
Hoy en día en países como México, Argentina, Colombia, Venezuela, Costa Rica y Guatemala, además de en España y los Estados Unidos, este tipo de escritura minimalista ha puesto sin duda “una pica en Flandes”, como reza el refrán. Y la razón de ser de este fenómeno es doble: por una parte, la variedad temática, que es prácticamente infinita; y por otra, hace muchos años que el fenómeno ha dejado de ser una simple moda para convertirse en lo que bien podríamos considerar un nueva manera de ser de la narrativa breve actual.
Se me ocurre recordar de pronto que en la Argentina la más reconocida minicuenista es sin duda Ana María Shua, que por cierto en España desde hace años goza de un merecido prestigio.
Termino señalando que en mi larga carrera literaria, he podido publicar cuatro recopilaciones de minificciones de mi autoría: “Cuentos de bolsillo” (2001); “Sincronías” (2012); “Sinestesia” (2016); “Anclajes (150 minicuentos: 1962-2022)”, Bogotá, 2024. También una voluminosa antología denominada: “Minificcionario. Compilación histórica selecta de minicuentos en Panamá” (1967-2018), en 2019.
Finalmente, en mi “Manual para la creación de cuentos y minicuentos imaginativos” (Amazon, 2024), hay un extenso capítulo dedicado a desglosar en detalle, con numerosos ejemplos, todo lo relativo a este fascinante enclave de la narratividad literaria.