La ONU de Guterres: El naufragio moral del multilateralismo

Pixavay
  • 09/02/2026 00:00

La reciente noticia de que la República Islámica de Irán ha sido elegida para ocupar una vicepresidencia en la 65ª Comisión de Desarrollo Social de las Naciones Unidas (CDS-ONU) en Nueva York, no es solo una ironía de mal gusto; es el síntoma terminal de una organización que ha extraviado su brújula ética. Que un régimen sanguinario, que sostiene su poder sobre la represión sistemática de las mujeres, la persecución de minorías y la ejecución de miles de disidentes, sea ungido como un guía en políticas de “igualdad de género, democracia y no violencia” es una bofetada a las miles de víctimas que, dentro de Irán, han muerto clamando por los derechos para el pueblo iraní que la propia ONU dice defender.

Sin embargo, este despropósito no ocurre en el vacío. Es el resultado directo de la gestión de António Guterres, quien, -yo creo-, se encamina a ser recordado como el peor Secretario General en la historia de la organización. Bajo su mando, la Secretaría General ha dejado de ser un árbitro imparcial del derecho internacional y el multilateralismo, para transformarse en una plataforma de activismo ideológico alineado con las agendas de la izquierda “woke” y el populismo globalista.

La gestión de Guterres se ha caracterizado por una debilidad alarmante y una permisividad cómplice hacia los regímenes totalitarios y antidemocráticos como el de Irán. Mientras el Secretario General se muestra subjetivamente duro y crítico contra democracias consolidadas, como Israel o Estados Unidos, su voz se torna “aterciopelada y protocolar” cuando se trata de tiranías. El ejemplo más reciente es su carta de felicitación al régimen iraní con motivo del aniversario de la Revolución de 1979. Felicitar al régimen que destronó al Shah para imponer una teocracia represiva, en momentos donde la sangre de miles de manifestantes del movimiento “Mujer, Vida, Libertad” aún está fresca, es un acto de cinismo político que no puede escudarse en el “protocolo diplomático”.

La diplomacia no es un cheque en blanco para la amoralidad. Existen gestos, silencios y acciones protocolares que un Secretario General, con integridad, hubiera podido adoptar para marcar distancia de un régimen que viola cada párrafo de la Carta de las Naciones Unidas. En lugar de ello, Guterres no solo felicita, sino que recibe al Ministro de Exteriores de Irán y le ofrece la tribuna de la Comisión de Desarrollo Social. Es la capitulación total de los valores fundacionales de la ONU ante la conveniencia política de una agenda que prefiere complacer a bloques autoritarios antes que defender la libertad.

Este descrédito se extiende a las agencias de la ONU donde Guterres ha permitido que activistas de izquierda radical tomen el control. El caso de Francesca Albanese, Relatora Especial para los territorios palestinos, es emblemático. Su historial de declaraciones claramente antisemitas y su sesgo ideológico evidente, han convertido su oficina en una herramienta de propaganda, socavando la credibilidad de los mecanismos de derechos humanos de la ONU. Cuando la organización permite que figuras con tales prejuicios lideren sus misiones, deja de ser una entidad de paz para convertirse en un instrumento de polarización.

La ONU actual parece haber olvidado para qué fue creada. En lugar de ser el foro donde se previene el conflicto y se protege la dignidad humana, se ha transformado en una burocracia que premia a los victimarios. ¿Qué desarrollo social puede promover Irán, un país donde la “policía de la moral” asesina a jóvenes por llevar mal puesto un velo? ¿Qué lecciones de tolerancia puede dar un régimen que exporta terrorismo y desestabilización regional? La aceptación de Irán en esta vicepresidencia es la prueba de que la ONU ha sido secuestrada por una mayoría automática de naciones que no respetan la democracia, pero que saben usar el lenguaje de la ONU para legitimarse.

Panamá no puede ser un espectador silencioso ante este naufragio. Como miembro no permanente del Consejo de Seguridad hasta diciembre de 2026, nuestro país tiene la responsabilidad histórica de tomar nota de estas incongruencias. Panamá siempre ha sido una nación que honra, respeta y apoya el multilateralismo y el derecho internacional. Precisamente por ese respeto a la institución, no podemos permitir que la Secretaría General siga degradando la autoridad de la organización.

Es imperativo que la diplomacia panameña deje sentada su posición. Debemos sumarnos a las voces, como las de Estados Unidos, Israel y otras democracias occidentales que advierten, con claridad, que la ONU ha perdido su norte. Si la organización sigue permitiendo que los “lobos cuiden a las ovejas” en foros de desarrollo social y derechos humanos, perderá la poca vigencia y credibilidad que le queda. El multilateralismo solo es útil si se basa en principios universales, no en la complacencia con el totalitarismo.

Panamá debería apoyar una reforma profunda que devuelva la neutralidad a la Secretaría General y que ponga fin al uso de las agencias de la ONU como bastiones de activismo ideológico. El mundo necesita una ONU que sea fiel a su Carta, no una que felicite a tiranos mientras estos oprimen a sus pueblos. Con un Guterres por esa senda de apaciguamiento y sesgo ideológico, el legado de su gestión no será la paz, sino la irrelevancia definitiva de las Naciones Unidas. Es hora de que las naciones que realmente creen en la libertad hablen claro: la ONU de Guterres no nos representa.

*El autor es excanciller de la República de Panamá