La paradoja de la desconfianza
- 24/10/2026 00:27
Hay libros que uno lee en la universidad y que, años después, adquieren un significado completamente distinto. El pingüino y el leviatán, de Yochai Benkler, es uno de ellos. Su planteamiento central resulta especialmente pertinente para Panamá: ¿qué hace que una sociedad sea capaz de cooperar?
Benkler cuestiona la idea de que los seres humanos actuamos únicamente por interés propio y que necesitamos incentivos, competencia o autoridad para trabajar juntos. Su argumento es que la cooperación, la confianza y las normas compartidas también pueden convertirse en una fuente de poder. Pocas cosas parecen más pertinentes que esta tesis para entender nuestra política actual.
Panamá enfrenta un problema estructural que no comenzó con el gobierno de turno ni terminará con las próximas elecciones: la profunda desconfianza entre ciudadanos, instituciones y políticos. En 2025, cerca del 75% de los panameños expresaba desconfianza hacia las instituciones públicas. La percepción de corrupción tampoco muestra avances: Panamá obtuvo apenas 33 puntos sobre 100 en el Índice de Percepción de la Corrupción (IPC) de Transparencia Internacional, posicionándose en el puesto 116 de 182 países evaluados; la misma puntuación estancada del año anterior.
Aquí es donde aparece nuestro Leviatán: la expectativa permanente de que sea el Estado, el presidente, la Asamblea o alguna otra institución gubernamental quien resuelva de forma vertical nuestros problemas. Sin embargo, cuando esas instituciones carecen de credibilidad, la autoridad deja de producir cooperación y comienza a generar resistencia.
Lo hemos visto repetidamente. Las protestas contra la minería, las discusiones sobre la Caja de Seguro Social, los conflictos laborales y las controversias alrededor del Canal tienen algo en común: detrás de cada problema técnico existe una crisis más profunda de confianza. Esto no significa necesariamente que los panameños estén en contra de la institucionalidad; significa que cada vez menos personas creen que los tomadores de decisiones actúan pensando en el interés colectivo.
Aquí la tesis de Benkler adquiere su mayor relevancia. El problema de Panamá no es únicamente que tengamos instituciones deficientes. También hemos construido una cultura política en la que demasiados actores entienden el ejercicio del poder como una competencia de suma cero: si el otro gana, yo pierdo; si el gobierno propone algo, la oposición debe rechazarlo en bloque; si un político pertenece a otro partido, cualquier coincidencia programática se interpreta como traición. Bajo estas premisas, es imposible construir capital social.
El fenómeno tampoco es nuevo. Durante décadas, la política panameña ha estado marcada por el clientelismo, el personalismo y la utilización de las estructuras partidarias como simples vehículos electorales. Las elecciones cambian presidentes, diputados y alcaldes, pero no modifican las reglas informales mediante las cuales opera el poder. Con ello, la ciudadanía termina aprendiendo una lección peligrosa: para obtener algo del Estado hay que poseer un contacto, una influencia o una relación clientelar. Esto destruye precisamente aquello que Benkler considera fundamental: la cooperación basada en la confianza y la reciprocidad.
Pero la metáfora del pingüino no apela a la ingenuidad. Cooperar no significa confiar ciegamente. Una sociedad cooperativa necesita reglas claras, transparencia, rendición de cuentas y consecuencias severas para quien rompa los pactos sociales. El problema aparece cuando confundimos autoridad con control absoluto, o cuando pretendemos que las burocracias estatales sustituyan completamente la responsabilidad ciudadana. Panamá necesita, por tanto, menos mesianismo político y más capacidad de cooperación deliberativa.
El país requiere políticos capaces de sentarse con quienes piensan diferente sin interpretar cada acuerdo como una capitulación. Necesita ciudadanos que entiendan que fiscalizar al gobierno no significa necesariamente buscar su destrucción, y que apoyar una política pública correcta no convierte automáticamente a nadie en oficialista. Asimismo, urge contar con organizaciones políticas capaces de construir agendas colectivas en lugar de funcionar como plataformas para satisfacer aspiraciones individuales.
La paradoja panameña es que probablemente nunca hemos tenido tantos ciudadanos conscientes de los problemas del país. Sin embargo, la conciencia sin cooperación produce frustración; la indignación sin organización produce ciclos estériles de protesta; y las elecciones sin transformación institucional profunda producen simplemente la sustitución de unos nombres por otros.
La lección de El pingüino y el leviatán no es que debamos eliminar al Leviatán. Es que ningún Leviatán puede gobernar eficazmente una sociedad que ha dejado de confiar en él. El verdadero desafío de Panamá no consiste solamente en encontrar al próximo buen gobernante, al diputado honesto o al partido capaz de ganar la contienda electoral. Consiste en reconstruir las condiciones que permitan que los panameños vuelvan a creer que cooperar con quienes piensan diferente puede producir mejores resultados que luchar permanentemente por el beneficio propio. Quizás ahí resida la verdadera reforma política que seguimos buscando.