La renovación sin liderazgo
- 25/09/2026 00:00
Las elecciones del 5 de mayo de 2024 marcaron un antes y un después en la política panameña. Por primera vez en décadas, el voto ciudadano dejó de girar principalmente alrededor de los partidos tradicionales y se inclinó con fuerza hacia candidatos independientes y nuevas propuestas políticas. Más que una simple alternancia electoral, el mensaje fue claro: una parte importante del país estaba dispuesta a confiar en nuevas caras y nuevas formas de hacer política. Sin embargo, dos años después surge una pregunta inevitable: ¿por qué ese impulso ciudadano todavía no se ha traducido en un liderazgo político capaz de unificar, inspirar y proyectar un proyecto de largo plazo?
Las elecciones no solo evidenciaron el desgaste de los partidos tradicionales; también demostraron que existía un espacio para una nueva generación de dirigentes. Organizaciones emergentes y movimientos ciudadanos despertaron la esperanza de que era posible hacer política de una manera distinta. No obstante, la renovación electoral representa apenas el primer paso. El verdadero desafío comienza cuando llega el momento de consolidar organizaciones capaces de sobrevivir al entusiasmo de una campaña.
Es importante hacer una distinción que muchas veces pasa desapercibida: no es lo mismo tener popularidad que ejercer liderazgo. Una campaña puede convertir a una persona en una figura conocida, pero el liderazgo implica mucho más. Significa construir equipos, formar nuevos dirigentes, resolver conflictos internos, generar consensos y ofrecer una visión de país capaz de mantenerse en el tiempo. En otras palabras, un líder no solo inspira; también construye instituciones.
Durante los últimos años, Panamá ha visto surgir figuras con credibilidad y capacidad para conectar con una ciudadanía que demandaba un cambio. Sin embargo, esa renovación aún no se ha transformado en organizaciones capaces de producir nuevos liderazgos de manera constante. Cuando un movimiento depende excesivamente de una o dos figuras, corre el riesgo de que su crecimiento se detenga o de que las diferencias internas terminen debilitando el proyecto colectivo.
Aquí radica una diferencia fundamental entre ganar una elección y construir una organización política. Las campañas tienen un objetivo claro y una fecha de cierre; las instituciones, en cambio, deben aprender a convivir con el debate, las discrepancias, las expectativas personales y las decisiones difíciles. Es precisamente en ese momento cuando el liderazgo deja de medirse por la capacidad de obtener votos y empieza a medirse por la capacidad de mantener unido un proyecto, formar nuevos dirigentes y preparar el relevo generacional.
Panamá no necesita volver al caudillismo. La historia ha demostrado los riesgos de depositar el futuro de una organización en una sola persona. Pero tampoco puede confundirse el rechazo al personalismo con la ausencia de liderazgo. Las democracias necesitan mujeres y hombres capaces de asumir responsabilidades, representar una visión compartida y, sobre todo, formar a quienes continuarán ese trabajo en el futuro. Quizá la gran pregunta no sea quién será el próximo líder de la política panameña. Tal vez la verdadera reflexión sea otra: ¿están nuestras nuevas organizaciones políticas formando líderes o simplemente están creando nuevas figuras alrededor de las cuales volverá a girar toda la política?
La consolidación democrática no dependerá únicamente de nuevos nombres, nuevas siglas o nuevas victorias electorales. Dependerá de la capacidad de construir organizaciones sólidas, con principios claros, instituciones fuertes y una cultura que premie la formación de nuevos liderazgos. Solo así la renovación política dejará de ser un momento electoral para convertirse en un verdadero proyecto de país. Porque, al final, las elecciones cambian gobiernos; el liderazgo construye generaciones.