La sensibilidad profunda de un buen poeta

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  • 06/03/2026 00:00

Una vez más, frente al espacio en blanco, el escritor se somete a la férrea disciplina de moldear un tema aunque no lo hubiera previsto de antemano. No es del todo infrecuente. Porque a menudo se tiene un conejo oculto en el sombrero, o un as bajo la manga, aunque no haya conciencia plena de ello. Y en este caso, un tema aún relativamente abstracto necesitado de forma y desarrollo dignos de figurar en el periódico más antiguo del país: La Estrella de Panamá.

Así es que, ni tardo ni perezoso, de inmediato este escritor metido a periodista cultural, a transmisor de opinión, se pone a repasar diversas posibilidades; temas que pudieran resultar de interés general, aunque solamente fuera para una selecta minoría de acuciosos lectores... Pero ese repaso primero debe ser de orden mental, personalísimo, y que sin embargo por diversas razones pueda resultar interesante también para lectores que no necesariamente son especialistas en algo específico. En Poesía, por ejemplo...

Sin embargo, resulta bastante evidente que casi cualquier tema tiene una raíz social, incluso política, sin necesariamente proponérselo. Entre otras elementales razones porque vivimos en un mundo cada vez más intercomunicado, compartido, en donde todo tiene algo que ver con todo lo demás. Por lo que por más “personal” que resulte el asunto tratado, alguna relación tendrá con otros temas...

Todo esto pensé de pronto, no porque no lo supiera desde antes sino porque resulta que el ahora ya está aquí y nos presiona... Lo cual nos obliga a tomar decisiones... Y como ya se dijo, la decisión a tomar en este caso particular es -sigue siendo- sobre qué tema escribir este artículo que, evidentemente, no acaba de arrancar...

Hasta ahora mismo, porque -¡bingo!- ya lo tengo claro, clarísimo. Hablaré de la escritura como forma de transmitir conocimiento, dudas, críticas, reproches, felicitaciones, o exagerando un poco: “cuanta cosa Dios creó.” Sólo es necesaria la disposición, los conocimientos indispensables...Y claro, las ganas de hacerlo. De hacerlo bien. Lo mejor posible. De golpe o poco a poco. Acaso una vez y otra, las que hagan falta.

Así es que decido hoy hablar de Poesía, de su caudal de indagaciones en la naturaleza humana; en su manera personalísima de ahondar en los vericuetos del alma como quien no quiere la cosa; o por el contrario, haciendo ver cuánto se le quiere. Hasta el punto de vaciar los sentimientos en un mar de palabras inefables o duras como rocas que siempre habrán de quedarse cortas...

Pero resulta una auténtica incongruencia, ya que la poesía por naturaleza es inasible, personalísima cuando bien escrita, bien pensada, bien sentida... Y es que poesía es justamente el recuento emocional de “todo lo que no es todo lo demás” que nos perturba... ¡Válgase la paradoja! Pero cómo negarlo: descubrir qué es y no es todo lo antes dicho parece en cierta forma un flagrante contrasentido. Una suerte de galimatías. Pero solo lo parece...

Vistas así las cosas, concluyo que redactar un artículo de opinión sobre la escritura de poesía sólo pretende ser un fugaz acercamiento a una actividad que, cuando bien lograda, se basta a sí misma para iluminarnos. Sin necesidad de mayores explicaciones. En teoría es así, claro; pero sensibilizar antes al lector no hace daño, todo lo contrario.

Y no hace daño entender que la vida, compleja como suele ser, no sólo es un insondable mar de abstracciones y sentimientos abstrusos que sólo unos pocos iluminados entienden, sino a menudo una semblanza oscura o luminosa, según sea la percepción del poeta, tanto de la cotidianidad en que vive inmerso como del insondable infinito que no logra abarcar.

Su sensibilidad profunda, además del indispensable dominio del lenguaje como instrumento de expresión, lideran las más importantes características del buen poeta, simpatías ideológicas aparte. Si bien es innegable que algunos poetas parecieran prescindir del mundo paseándose a diario entre las nubes, también resulta evidente que los que profundizan en descifrar los maleficios de la cotidianidad tampoco viven muy en paz que se diga.

Lo importante, en todo caso, lo realmente imperecedero, es comprender que existe un vínculo inefable entre el fluir cotidiano de la vida y el acecho ineludible de la muerte, si bien no siempre a la vista. Y que en algún momento de su quehacer escritural, de todo ello habla el poeta iluminado, para disfrute de lectores sensibles. Entendiéndose todo lo anterior, no de otro modo puede un artículo de opinión como este despertar ciertas afinidades o simple sensibilidad duradera en los lectores abiertos al aprendizaje de uno de los principales géneros representativos de las Bellas Artes.

Visitas así las cosas, la poesía no sólo comunica y sensibiliza, sino que abre caminos a la rutina, reduciendo a su mínima expresión la usual chatura de lo cotidiano. Para eso, por supuesto, hace falta crear antes un puente mínimamente didáctico que, como este texto, aporte nuevas luces a quienes no les haría daño poder ver mejor.

(Para el poeta panameño Salvador Medina Barahona, con mi afecto).

* El autor es escritor, profesor jubilado, promotor cultural y editor