La solidaridad del pueblo, un digno ejemplo

  • 16/10/2026 00:00

El viernes 9 de octubre la población fue seriamente impactada por un fuerte terremoto. En la ciudad de Panamá varios edificios y residencias fueron afectados; el mayor impacto lo vivió el interior del país, en ellas las comunidades más pobres que han sido históricamente abandonadas por los gobiernos.

Los pobres son los más afectado por los desastres naturales, ello debido a la desigualdad social que acentúa la vulnerabilidad y la exposición del territorio, sus recursos y población frente al riesgo sísmico. En Azuero, los datos socioeconómicos previos al terremoto revelan una asimetría estructural que predeterminó la magnitud del desastre. Por ejemplo, la pobreza multidimensional. La península presentan incidencias de pobreza que oscilan entre el 30% y el 40%, lo que se traduce de forma directa en la calidad de la construcción de las viviendas. Se estima que más del 65% de las edificaciones colapsadas o con daños severos correspondían a viviendas autoconstruidas (informales).

El terremoto colapsó acueductos rurales, dejando a miles sin agua potable, y dañó severamente escuelas públicas y centros de salud. Además, se vieron afectados los medios de vida, con la destrucción de caminos de producción y daños en fincas agrícolas, lo que repercute directamente en la seguridad alimentaria y en la economía local y campesina del interior del país.

La respuesta a la población frente a los impactos del terremoto fue tardía e improvisada, irrespetuosa, prepotente y entreguista. La gestión inicial de la emergencia puso nuevamente de manifiesto las deficiencias estructurales del Estado panameño. Pese a la declaratoria de emergencia, la respuesta operativa en el terreno se vio superada casi de inmediato por la magnitud de los daños en infraestructuras y la desconexión de las vías de comunicación. Ante esta profunda incapacidad, el gobierno de Mulino optó por solicitar y facilitar una abierta intromisión estadounidense, cediendo a fuerzas y agencias extranjeras el control de aspectos críticos de la logística, el rescate y la evaluación de daños.

Como bien se manifiesta en el documento de Frenadeso: “Esta acción, a menudo enmarcada en el discurso oficial como simple cooperación internacional, refleja en el fondo una grave abdicación de la soberanía operativa. La necesidad de una dirección ‘gringa’ para manejar una crisis interna evidencia una postura de cogobierno de facto, revelando que el Estado no posee la madurez institucional ni ha realizado las inversiones necesarias en sus propias capacidades de protección civil.

Subordinar la respuesta de emergencia a tutelajes externos en el propio territorio no solo demuestra la inoperancia estatal para proteger a sus ciudadanos, sino que perpetúa un ciclo crónico de dependencia geopolítica e institucional frente a los desastres”.

Podríamos decir que el desastre no es natural. El terremoto simplemente ha revelado el histórico abandono de una población que ha sido instrumentalizada y utilizada casi exclusivamente como masa de votantes en torneos electorales. Las políticas públicas y el modelo de desarrollo regional han estado orientados a la generación y extracción de riqueza que termina concentrada en un reducido grupo de élites económicas, riqueza que frecuentemente es transferida fuera del país o reinvertida en nichos cerrados, dejando a las comunidades sin inversión real en infraestructura segura.

El terremoto que impacto considerablemente a la región de Azuero, Veraguas y Coclé, reafirma que Panamá necesita transitar urgentemente de un modelo clientelista de atención de desastres a uno de gestión integral y soberana del riesgo.

Sin embargo, por la forma como ha iniciado la atención de este desastre por parte del Gobierno, se puede advertir la peligrosa reincidencia del actual gobierno en los vicios y malas prácticas de los distintos gobiernos anteriores: corrupción, desviación de fondos, proselitismo político, opacidad y poca transparencia, la distribución de la ayuda con criterio político o sencillamente el no cumplimiento de los compromisos.

La ayuda al pueblo humilde y trabajador ha provenido del mismo pueblo, demostrando su solidaridad y haciendo viva la consigna: ¡Solo el pueblo salva al pueblo!