La Universidad de Panamá y la verdadera elección del 1 de julio

  • 07/06/2026 00:00

El próximo 1 de julio, la Universidad de Panamá escogerá a sus nuevas autoridades. Como ocurre en muchas universidades de la región, será una elección de voto ponderado, donde estudiantes, docentes y administrativos, participan bajo un sistema que busca equilibrar el peso de cada sector de la comunidad universitaria.

Sin embargo, el verdadero debate no está en las urnas ni en las fórmulas electorales. La pregunta de fondo es mucho más trascendental, ¿Qué papel debe desempeñar la Universidad de Panamá en la sociedad panameña durante las próximas décadas?

Durante más de noventa años, la Universidad de Panamá ha sido mucho más que un centro de enseñanza superior. Ha sido una fábrica de ideas, un espacio de debate nacional y un semillero de líderes que marcaron el rumbo del país. De sus aulas surgieron presidentes de la república, como: Guillermo Endara Galimany y Ricardo de la Espriella. También mujeres extraordinarias como Clara González de Behringer y Marta Matamoros, que desafiaron las barreras de su tiempo.

La Universidad no solo formó profesionales; sino que forma ciudadanos, conciencia crítica y protagonistas de la historia nacional.

Hoy, sin embargo, el verdadero debate es otro. ¿Sigue la Universidad de Panamá siendo el motor intelectual y social que ayudó a construir la nación? ¿O ha quedado rezagada frente a los cambios que exige la educación moderna, la tecnología y el mercado laboral?

Muchos estudiantes, con los que hemos conversado, sienten que la institución debe recuperar el protagonismo intelectual, social, académico y moral que la convirtió en referente nacional. Aspiran a una universidad que no se limite a otorgar diplomas, sino que contribuya activamente a resolver los grandes desafíos nacionales.

Porque el éxito de una universidad no reside únicamente por la cantidad de graduandos que entrega cada año. Se mide por la capacidad de esos graduandos para transformar positivamente la realidad que encuentran al salir de sus aulas.

La elección del próximo 1 de julio, no debería ser vista únicamente como una competencia por cargos administrativos. Es, en esencia, una oportunidad para definir una nueva visión.

Una universidad que aspire a liderar el futuro no puede limitarse a reaccionar ante el presente. Debe ser capaz de anticiparlo. Debe preguntarse hoy cuáles serán los profesionales que Panamá necesitará dentro de diez, quince o veinte años, y ajustar su oferta académica para responder a esa realidad. La planificación educativa no puede seguir divorciada de la planificación nacional.

Resulta difícil comprender cómo la universidad continúa graduando cientos de profesionales en áreas saturadas, mientras sectores estratégicos del país enfrentan una escasez creciente de talento humano. No se trata de menospreciar ninguna disciplina, sino de reconocer que una universidad pública tiene la responsabilidad de formar capital humano alineado con las necesidades de desarrollo de la nación.

Cada estudiante que cruza las puertas de la Universidad deposita allí años de esfuerzo, sacrificio y esperanza. Detrás de cada matrícula hay una familia que apuesta por la educación como vehículo de movilidad social. Por eso, constituye un fracaso colectivo cuando un joven culmina sus estudios para encontrarse con un mercado laboral incapaz de absorber sus conocimientos y capacidades.

Porque nadie invierte años de su vida en prepararse para el desempleo. Nadie sueña con obtener un diploma para guardarlo en una gaveta. La educación superior tiene sentido cuando abre oportunidades, transforma vidas y ayuda a construir una nación más próspera, competitiva y justa.

Ojalá que la decisión que tome la comunidad universitaria este 1 de julio, marque el inicio de una nueva etapa de enseñanza y liderazgo, porque cuando la Universidad de Panamá avanza, también se engrandece Panamá.