Lecciones sobre colonialidad en salud y soberanía sanitaria
- 27/10/2026 00:00
Aníbal Quijano, acuñador del concepto de “colonialidad” (dominación del colono sin necesidad de su presencia física) nos indica que dos dimensiones son claves en esta, a saber, la del poder (político económico) y la del saber (bases desde las cuales se piensa la realidad).
Al referirnos a la cuestión sanitaria, desde el punto de vista del poder, la colonialidad se manifiesta en relaciones de dependencia a los grandes complejos médicos industriales financieros que dominan los bienes o actividades propias de la atención de salud. Háblese aquí del sometimiento de los sistemas de atención de salud nacionales a dichos complejos industriales financieros, que se traducen, por ejemplo, en servicios de asistencia médica que consumen costosos insumos producidos por tales complejos transnacionales o también, en dependencias de los enfermos crónicos hacia medicamentos altamente costosos. Aquí, su negocio está en no dejarnos morir (aumento de la esperanza de vida) para que tengamos mucho más tiempo consumiendo medicamentos que no sanan sino solamente alivian enfermedades, posibilitando así sus altas ganancias.
En ambos casos, lo que está en medio es un fructífero negocio cuyos mayores beneficiarios son estos complejos industriales financieros, en detrimento de la resolución efectiva y permanente de salud y en perjuicio de las riquezas que se esfuman hacia los países industrializados...hacia los nuevos colonos-imperiales.
Cabe decir, que la garantía de que esta estructura de relaciones sociales de dominación opere sin distorsiones se encuentra en las dos dimensiones acotadas por el sociólogo Quijano, la del poder político y la del saber. En el primer caso, particularmente a través del Estado, desde donde actúan las instituciones proveedoras y financiadoras de servicios (MINSA, CSS) y se establecen las leyes que viabilizan ese tipo de transacciones costosas para el país, anulando cualquier posibilidad de ejercer control sobre sus precios, opción para una producción interna alternativa o demanda interna de tales insumos médicos y farmacéuticos.
En el segundo caso, la colonialidad del saber se expresa en la matriz de pensamiento pretendidamente científico observado en la (de)formación de los distintos profesionales de la atención de salud, cuyos imaginarios se basan en las teorías, metodologías y prácticas de asistencia de salud producidas por las instituciones y grupos colono imperiales, con fuerte contenido euro anglo céntrico y por tanto, predominantemente racializado. Los profesionales de servicios médicos más organizados y que hacen algún esfuerzo por descolonizar sus prácticas y conocimientos racializados de origen colono imperial, describen las manifestaciones de esta colonialidad en aquello que denominan políticas y servicios “patocéntricos” (basados en la atención exclusiva de la enfermedad), “hospitalocéntricos” (que dan prioridad a no prevenir sino atender en hospitales) y “particularistas” (que solamente miran los procesos biológicos del cuerpo y no los ambientales y sociales que determinan esos procesos de salud-enfermedad).
La cuestión es que muy frecuentemente, sus acciones y conocimientos reformadores terminan arreglando las visiones alternativas de lo decolonial, lo intercultural, lo afro, lo feminista, como meros “aditivos acumulados sobre la misma doctrina y bases teórico-conceptuales y metodológicas” propias del saber y prácticas de la colonialidad (Basile, 2023). Esto es, se terminan vaciando los contenidos de los saberes, convirtiéndolos en “modas modernistas” que aniquilan cualquier proceso real de transformación de los sistemas de salud. En esto último, han resultado expertas las instituciones multilaterales (BID, BM, OMS/OPS), de donde las autoridades nacionales y los profesionales adquieren gran parte de sus saberes convertidos en práctica institucional. Por ejemplo, han vaciado el concepto de “participación popular en salud”, convirtiéndolo en un término que alude a participación del pueblo sin poder alguno en salud, adecuado para que las comunidades se dediquen a asistir logísticamente a quienes si ejercen el poder en el engranaje de salud. O sea, los grupos comunitarios vienen a ser buenos para hacer rifas para adquirir insumos del complejo médico industrial financiero, pero no para participar en la planificación institucional orientada a resolver sus propios problemas de salud-enfermedad.
Por su parte, la transformación hacia un sistema de salud con soberanía sanitaria implica remover tanto los algoritmos (terminito dominguero para hablar de procesos) que ordenan la cadena de valor que nos somete al complejo médico industrial financiero transnacional; remover leyes y ordenamientos institucionales que lo viabilizan (decolonialidad del poder) simultáneamente, hacer las cosas en salud pensándolas desde las realidades de nuestras poblaciones y territorios. No puede ser que, en un convenio binacional firmado por nuestras autoridades con EE.UU., se formule dar asistencia a la población Ngäbe-Buglé, con tecnologías digitalizadas para control epidemiológico, cuando una de las primeras causas de mortalidad es el de las muertes por cruces en los ríos (más del 40% de las muertes según INEC, 2025).
La mitad de la solución, entonces, está en el desarrollo de su infraestructura vial y la cercanía de los centros escolares y de salud, no en la apertura de un mercado potencial para que Amazon o Google hagan pingües negocios vendiendo luego sus tecnologías. Ergo, nuestra soberanía sanitaria tiene que ver menos con cacería de gringos o ricos dando asistencia de urgencia en desastres socio naturales y mucho más con esforzarnos por emanciparnos de la dominación-en el poder y en el saber-de los nuevos colonos imperiales que trabajan por sus intereses, no por los nuestros, en materia de salud y sobrevivencia.