Libertad de elegir: sí, cuando me conviene

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  • 13/04/2026 00:00

El reciente aumento en los precios del petróleo y la discusión sobre la obligatoriedad del etanol han revelado algo más profundo que un problema económico: han dejado al descubierto una incoherencia ideológica en buena parte del debate público.

Durante años, distintos grupos —desde sectores políticos hasta comunicadores y activistas— han criticado el libre mercado, muchas veces distorsionándolo. Han promovido la idea de que el mercado responde únicamente a intereses empresariales, ignorando que en países como Panamá lo que predomina no es un verdadero libre mercado, sino un sistema de capitalismo de amigotes.

Bajo ese relato, se ha sembrado el miedo: que el mercado implica privatizar servicios esenciales, excluir a los más vulnerables y concentrar el bienestar en unos pocos. Lo vimos recientemente en el debate sobre la seguridad social, donde cualquier propuesta alternativa fue etiquetada como un intento de “privatizar” y condenar a la población a pensiones insuficientes.

Sin embargo, en el caso del etanol, muchos de esos mismos actores han cambiado de discurso. Ahora sostienen que el Estado no debe obligar a los ciudadanos a consumir un producto. Frases como “si es tan bueno, que compita” o “no debe imponerse por ley” han ganado protagonismo.

Y tienen razón.

Pero esa lógica no puede ser selectiva.

La libertad de elegir no es válida únicamente cuando me afecta negativamente. No se puede defender en el caso del combustible, pero rechazarla en pensiones, educación o salud. No se puede aplaudir el mercado cuando conviene y condenarlo cuando no.

El principio es simple: en un entorno de libertad, las personas intercambian voluntariamente buscando beneficio mutuo. Nadie impone, nadie obliga. La competencia, lejos de excluir, amplía opciones y mejora el bienestar general.

Negar esa libertad en unos ámbitos mientras se exige en otros no es una postura coherente, sino una forma de intervención selectiva que crea ganadores y perdedores según criterios políticos o ideológicos.

No se trata de que el mercado sea perfecto ni de que siempre produzca resultados que nos gusten. Se trata de que la alternativa —un sistema donde alguien decide por todos qué es “lo correcto”— ha demostrado ser mucho más peligrosa.

Por eso, es positivo que hoy más personas defiendan que el etanol no debe imponerse. Es una señal de que las ideas de libertad económica están siendo comprendidas.

Pero el verdadero desafío es dar el siguiente paso: razonar desde principios, no desde emociones o conveniencias. Entender que la libertad de elegir no puede depender de intereses momentáneos. O se defiende como un principio general, o se convierte en una simple herramienta retórica para imponer, desinformar y generar miedo, mientras algunos se autoproclaman “defensores del pueblo”.

Porque al final, el mercado no es más que eso: millones de decisiones individuales expresadas cada día.

Y esa libertad —aunque a veces incomode— no debería ser negociable.

* El autor es economista