Lo ominoso y las nuevas tecnologías

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  • 28/08/2026 19:58

En su ensayo psicoterapéutico y estético Lo ominoso o Das Unheimliche (1919), también traducido como Lo siniestro, Sigmund Freud examina la profunda ambigüedad constitutiva de esta categoría conceptual. Su análisis devela que este fenómeno, lejos de circunscribirse a lo meramente espeluznante, habita en un criterio de demarcación móvil porque se sitúa en el preciso tránsito en el cual lo antiguo conocido y familiar se vuelve repentinamente extraño, oculto y amenazante.

La comprensión de esta transición radica en la paradoja de los vocablos heimlich y unheimlich. El primero, heimlich, remite a lo familiar, lo hogareño, lo íntimo y lo seguro; no obstante, lo segundo coincide con su opuesto, unheimlich, el cual designa lo oculto, lo secreto, aquello que debía permanecer escondido en la penumbra de lo privado, pero que ha salido a la luz. Así, lo ominoso, o lo siniestro, no se presenta como la irrupción de una alteridad radical, sino como el retorno de lo reprimido. Entonces, las tecnologías contemporáneas no representan una anomalía exterior a la condición humana, sino que operan como un espejo técnico que reactiva y materializa aquellos contenidos íntimos y temores primitivos que nuestra racionalidad madura pretendía haber olvidado.

La interrogante sobre nuestra familiaridad con la vida artificial y la perfectibilidad de la condición humana posee precedentes históricos. En su obra Para qué sirve la ética (2021), en el apartado “Reconocer y estimar lo que vale por sí mismo”, Adela Cortina reconstruye un hito decimonónico: “Corría el año 1816. Un grupo de poetas y novelistas como Lord Byron, Percy Shelley, John Polidori y la que más tarde sería Mary Shelley se reunió en Villa Diodati, una villa de los alrededores de Ginebra, alquilada por Lord Byron. Como el tiempo era tormentoso y desapacible, se vieron obligados a recluirse en la casa y una noche decidieron hacer una apuesta. Habían estado leyendo los trabajos de Erasmus Darwin, el abuelo de Charles Darwin, sobre la creación de la vida artificial y se propusieron escribir cada uno un relato de terror, relacionado con la perfectibilidad del hombre”.

Esta reunión, de la que germinó Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley, ilustra cómo las inquietudes éticas y metafísicas en torno a la imitación de la vida y el perfeccionamiento técnico estaban plenamente vinculadas a las discusiones científicas de la intelectualidad de su tiempo. La creación técnica se formula como un intento de transgredir los límites biológicos tradicionales. La inquietud que suscita la inteligencia artificial no es novedosa, más bien, reactiva una herencia discursiva y el pensamiento que ya habían preconfigurado como un antiguo conocido en los albores de la modernidad.

Para comprender el mecanismo psicológico que desencadena lo ominoso ante las nuevas tecnologías, se atiende a la persistencia de las estructuras de la mentalidad infantil y primitiva en el sujeto contemporáneo. La mente primitiva se caracteriza por la opinión, expresada en el animismo, la creencia en la magia, la omnipotencia del pensamiento y la vigencia de deseos reprimidos que, al resurgir en la adultez, provocan espanto.

Durante la infancia, el uso de juguetes y mecanismos interactivos es recibido con gran jovialidad, desprovisto de toda inquietud. Sin embargo, el tránsito hacia la madurez racional exige superar y sepultar estas convicciones mágicas. Lo ominoso reaparece en la vida adulta precisamente cuando un estímulo externo desbarata esta frontera ganada, lo que sugiere de manera perturbadora que las antiguas creencias infantiles sobre la animación de lo inerte podrían tener un asidero real.

Es aquí donde lo ominoso adquiere una vigencia crítica ante la inteligencia artificial. Los sistemas inteligentes desvanecen la distinción entre lo familiar, lo conocido y lo extraño. No nos enfrentamos únicamente a la presencia física de robots humanoides, sino a la sofisticación de la reproducción digital y de algoritmos predictivos que expropian la identidad de los humanos como sujetos soberanos. Al interactuar con una tecnología que aparenta conocernos mejor que nosotros mismos, nuestro autoconocimiento se debilita y se reactiva la ominosidad: la nítida frontera entre lo animado y lo inerte colapsa, y nuestra huella digital se convierte en un fantasma tecnológico capaz de sobrevivir a nuestra existencia.

El corolario ético de esta reactivación de lo ominoso se manifiesta con nitidez en los fenómenos de control y simulación que definen los tiempos algorítmicos. La vigilancia sistemática y el rastreo de datos personales operan como una actualización técnica de la omnipotencia del pensamiento. Se produce así una sincronía inquietante entre nuestro deseo interno y la publicidad dirigida que lo intercepta de inmediato, coincidencia descrita en términos freudianos como una forma de magia negra digital. En este escenario de automatismos, el sujeto está cargado de bucles de repetición compulsiva y consumista que anulan progresivamente su subjetividad crítica.

Finalmente, la simulación hiperrealista a través de los deepfakes desplaza definitivamente el centro de gravedad de lo ominoso. Esto ya no reside en lo desconocido o en el encuentro con un otro externo, sino en el retorno impúdico de aquello que constitucionalmente debió haber permanecido oculto: nuestras pulsiones, miedos y comportamientos automatizados. Al verse extraída de nuestra intimidad profunda, procesada analíticamente y devuelta a través de una interfaz técnica que nos observa y nos define, la inteligencia artificial se erige como el doble espectral del ser humano. El sujeto contemporáneo se descubre expropiado de su soberanía por su propia huella digital, un fantasma que no solo imita su conducta, sino que asume de antemano el poder de dictaminar su identidad.

*Grupo de investigación POLITAI