Los algoritmos tienen creadores, no padres: la empatía como droga
- 19/09/2026 00:00
Quizás usted no se ha dado cuenta de ello, pero actualmente las redes ganan credibilidad comercializando empatía. Hay que tener mucho cuidado con eso, con lo que le están haciendo a las personas. El salto del televisor a las redes lo llevamos en nuestras manos todo el tiempo: el peor crimen a la atención. Pero si tan siquiera fuera por motivos nobles: científicos, instructivos de alguna forma, aunque no... casi todo está enfocado a ganar “aceptación”. Y la peor de todas es hacer clic, ya no con una computadora o una pantalla, sino con nuestros sentimientos. Hoy en día son muchas las personas apelando a la emotividad humana, a cada rato y en cada lugar.
Decir que eso “siempre ha pasado, pero que ahora se nota más” es un razonamiento verdaderamente limitado y reduccionista. Sí, por fines comerciales, los medios de comunicación y las publicitarias siempre han apelado a la emotividad de los compradores. Tanto para venderle a sus clientes como para venderse a ellos mismos. Pero ahora la voracidad ha saltado de una bocina o pantalla a nuestro cuerpo. Antes existía un proceso de espera que exigía un espacio y tiempo dedicado, para acceder a la droga comercial. Hoy, este paraíso se mueve con nosotros y nos amenaza constantemente, porque dispersa nuestra atención, disociándonos de un modo “políticamente correcto” y ya casi moralmente aceptado en todas partes.
Por otro lado, acaso el hecho de que “siempre ha existido, pero ahora se ve más”... es una rotunda falacia que muchas personas repiten porque sí. A lo que yo les diría: pues sí, se ve más y se replica aún más. Luego, no podemos redimirlo de esa forma por el terrible efecto replicador masivo. Antes miles de personas veían algo malo; ahora son miles de millones de personas viendo algo malo. O peor aún, replicándolo. ¿Se entiende? Decir que ahora se nota más es una racionalización de las más pobres que existen para justificar los excesos de las redes.
Han mezclado psicología con tecnología en sabores absurdamente peligrosos; por poco, tecnificando la adicción. ¿Acaso es sano estar en un lugar sin interactuar, sin verse a la cara, sin tratarse? Vivir embebidos, consumidos por el hambre comercial de gente vendiéndose y vendiéndolo a uno a través de la nueva droga: La empatía. Actualmente, cualquier persona se presenta como un “dotado” con tan solo parecer “sincero”. Ya no importan los pensamientos ni las pruebas. Ahora lo que importa es “sentir... sinceridad”, sin que nos importe la validez en sí misma. “Sentir...”, solo eso. Dicho de otra forma, un esquema a todas luces adictivo.
¿Pero qué curioso, no? Una humanidad que requiere sentir viendo y oyendo. Léase: sin tacto, olfato ni gusto. ¿Se puede profundizar un sentimiento a través de la vista y el oído únicamente? Entiéndase, a solo apenas dos quintos de la experiencia sensorial. Es un concepto demasiado limitado como para decir que podemos creerle a alguien, o siquiera llevar relaciones sanas a través de las redes. Considere usted que el tacto implica la piel, según dicen, el órgano más grande del cuerpo. El que nos conectó primero con la vida, a través del arrullo de nuestras madres.
Pero, claro está, los algoritmos tienen creadores, no padres. Aun así, la humanidad moderna desea que la adopten. La falta de afecto, de compañía, de vida... se está supliendo mediocremente (reitero, a dos quintos) por la engañosa frialdad de un aparato muerto que “vive” a través de la privación de tres de nuestros sentidos. Digo, si a eso se le puede llamar “vida”... la de los aparatos o la nuestra.