Los orígenes de la posdemocracia

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  • 12/09/2026 06:29

En medio de estos tiempos oscuros e inciertos, hay un fenómeno político que estamos obligados a comprender para poder actuar sobre él: la sutil y paulatina emergencia de la posdemocracia. Colin Crouch, en Posdemocracia (2004), la definió como una sociedad “que sigue teniendo y utilizando todas las instituciones de la democracia, pero en la que se convierten cada vez más en una cáscara formal. La energía y el impulso innovador pasan de la arena democrática a los pequeños círculos de una élite económica”. Esta despolitización de las instituciones públicas halla una manifestación elocuente en la retórica política que aboga por la gestión empresarial como modelo supremo para la administración estatal.

Junto a esta definición, resulta esclarecedor examinar algunas dinámicas históricas de la primera mitad del siglo XX. Pensadores políticos como Hannah Arendt, Leo Strauss, Hans Jonas y poetas como Bertolt Brecht compartieron las oscuras experiencias de transitar en su juventud en el contexto de la Primera Guerra Mundial, educarse bajo la inestabilidad económica —la hiperinflación y el desempleo— del periodo de entreguerras y presenciar el ascenso nazi y la destrucción de Europa en la Segunda Guerra Mundial. Quienes nacieron en este periodo afrontaron un escenario político marcado por el terror. Entre ellos destaca Bertolt Brecht, insigne exponente de la literatura del siglo XX.

Fina Birulés y Ángela Fuster, en Cultura y política (2016), recuperan el ensayo La poesía de Bertolt Brecht, en el cual Hannah Arendt lo caracteriza como “sin duda el mejor poeta alemán vivo y posiblemente el mejor dramaturgo europeo en activo, es el único poeta cuya relevancia puede situarse a la misma altura que Kafka y Broch dentro de la literatura alemana, Joyce en la inglesa y Proust en la francesa. Nacido en 1898, pertenece a la misma generación que T. E. Lawrence: la primera de las que me veo tentada de definir como —tres generaciones perdidas—”. La obra de Brecht no se limita a la nostalgia del pasado ni a la especulación sobre el futuro; sino que, problematiza las vicisitudes de los tiempos oscuros que le tocó vivir, los cuales impactaron su pensamiento crítico. El dramaturgo asume con serenidad sus circunstancias individuales para enfocarse, a través de su obra, en las estructuras de la realidad histórica que atravesó la Europa de su época.

En La novela de los tres centavos (1934), redactada durante el exilio en Dinamarca tras verse obligado a abandonar Alemania debido a su abierta oposición al régimen nazi, Brecht sitúa la trama en el Londres de principios del siglo XX, en el contexto de la guerra de los Bóeres, con el propósito de satirizar el imperialismo victoriano y desvelar los mecanismos de la acumulación capitalista. A través de los recursos del teatro épico y el efecto de distanciamiento, busca impedir que el espectador se identifique sentimentalmente con los personajes y, en su lugar, asuma un pensamiento crítico. La obra deconstruye el orden burgués y demuestra que no existe diferencia entre el crimen organizado marginal y el funcionamiento legal empresarial de la élite londinense, unificándolos bajo un sistema moral profundamente cínico.

La obra brechtiana expone una dimensión posdemocrática al resaltar la erosión estatal derivada del clientelismo y la penetración de los negocios en las instituciones sociales y políticas del Estado de derecho. El espacio público, destinado a la acción política, se transforma en un apéndice de la esfera privada mediante la lógica mercantil, lo que descompone la legitimidad de las instituciones y las reduce a espacios de intercambios de influencias. Los espacios de deliberación que fortalecen las democracias decaen así en espacios de negocios. Así, los tiempos oscuros emergen en este momento en que la razón pública es desplazada por la racionalidad instrumental del comercio en la política, se vela el espacio público y se oscurece la acción política.

En este escenario, las democracias no solo se degradan hacia una administración pública, sino que esta es instrumentalizada por élites que emplean el marco legal para consolidar negocios privados a costa del erario. En consecuencia, el Estado de derecho pierde su esencia y se reduce a la salvaguarda de los intereses del gran capital, un fenómeno opaco para la ciudadanía que ve borroso el destino de los recursos públicos. Como señala la obra de Bertolt Brecht (1934), “Nosotros, los delincuentes comunes, no estamos a la altura de esa gente... nos arrebatan... todo el botín... ¡Y se lo llevan sin infringir ninguna ley!”.

Esta forma de gobierno posdemocrático se consolida con la emergencia de las nuevas tecnologías que funcionan como la infraestructura técnica idónea para la privatización de lo público. El discurso gubernamental, bajo la premisa de la efectividad de la empresa privada en el aparato público, muestra el camino hacia esta racionalidad instrumental. Más allá de la promesa de eficiencia, subyace una transformación ontológica del Estado. Ahora, la política, entendida como el espacio deliberativo de la polis, es suplantada por una tecnocracia corporativa donde el criterio rector se desplaza de la búsqueda del bien común hacia la efectividad técnica y la rentabilidad.

Al concebir y convertir al Estado en una empresa, el ciudadano queda relegado a la condición de cliente, cuya relación con el poder ya no se fundamenta en el ejercicio de derechos y la participación cívica, sino en la mera prestación de servicios. Este desplazamiento constituye el núcleo de la posdemocracia, al reducir los asuntos públicos a una cuestión de gestión contable, se clausura el horizonte de lo político bajo un velo de neutralidad y transparencia administrativa. Se impone así un algoritmo de eficiencia que desmantela las instituciones al despojarlas de su función crítica y entregar lo público a una fría administración ajena a la responsabilidad ética y la justicia social.

Por ello, la dramaturgia política de Brecht no se reduce a una búsqueda estética, sino que constituye una herramienta analítica ante los tiempos oscuros. El distanciamiento (Verfremdungseffekt) brechtiano impele a la sociedad a pasar de espectadora a actora política, y rompe la pasividad al desvelar la construcción ideológica de la realidad. De este modo, el ciudadano se posiciona críticamente ante fenómenos políticos como la posdemocracia, el poshumanismo y la posverdad.

En Hombres en tiempos de oscuridad (1965), Hannah Arendt examina aquellos tiempos, tanto históricos como contemporáneos, en donde la luz del espacio público declina debido a que oculta la realidad política en vez de iluminarla. Dentro del listado de figuras, se identifica a Bertolt Brecht como uno de los diez escritores políticos cuya vida y obra iluminan nuestro mundo común oscurecido. El título de este libro halla su genealogía en el siguiente poema de Bertolt Brecht:

En tiempos oscuros

No se dirá: Cuando el nogal se mecía en el viento;

sino: Cuando el pintor de brocha gorda oprimía a los trabajadores.

No se dirá: Cuando el niño hacía saltar el guijarro plano sobre el rápido del río;

sino: Cuando se preparaban las grandes guerras.

No se dirá: Cuando entró la mujer en la habitación;

sino: Cuando las grandes potencias se aliaron contra los trabajadores.

Pero no se dirá: Los tiempos eran oscuros;

sino: ¿Por qué callaron sus poetas?

He aquí otro poema de B. Brecht que ilumina el espacio público:

A los que vendrán

Llegué a las ciudades en tiempos de desorden cuando el hambre reinaba en ellas.

Llegué con los hombres, en tiempos agitados, y me rebelé junto con ellos.

Así pasó el tiempo que me fue concedido sobre la tierra.

Comí entre las batallas, a la hora de dormir me acosté entre asesinos, hice el amor sin gran cuidado y contemplé a la naturaleza sin paciencia.

Así pasó el tiempo que me fue concedido sobre la tierra.

En mis tiempos, todos los caminos llevaban al pantano. Mi lengua me entregó a los carniceros, qué podía yo hacer. Pero los poderosos se sentían más seguros sin mí; ésa era mi esperanza.

Así pasó el tiempo que me fue concedido sobre la tierra.

Nuestras fuerzas eran escasas. Nuestra meta, hablar en tiempos oscuros, estaba todavía muy lejos pero a la vista, aunque para mí resultara inalcanzable.

Así pasó el tiempo que me fue concedido sobre la tierra.

En el siglo XXI, la posdemocracia, al erigir un escenario de penumbras, eclipsa el espacio público mediante una tecnocracia corporativa que instrumentaliza lo común. Ante esta degradación del ciudadano —reducido a la condición de consumidor y espectador—, la articulación entre el pensamiento político de Hannah Arendt y la agudeza poética crítica de Bertolt Brecht se revela como un imperativo filosófico. Frente al reduccionismo técnico que erosiona los fundamentos del Estado, es urgente suspender la racionalidad instrumental desbocada que impera en la actualidad; en este sentido, el distanciamiento brechtiano se constituye aquí como la herramienta dialéctica esencial para la transmutación del sujeto, que transita de la pasividad del espectador a la reflexividad del actor político. En fin, esta convergencia posibilita la impugnación del determinismo técnico, se abre un espacio de resistencia que rescate la política y reivindique la primacía del espacio público como fundamento constitutivo de la libertad.

* El autor es filósofo y miembro del Grupo de Investigación de Filosofía Politai