Los pleitos son de los clientes

  • 19/07/2026 00:00

Todos los abogados hemos escuchado alguna vez la frase que reza: “los pleitos son de los clientes, no de los abogados”. En buen romance es casi como un mandamiento de nuestra profesión, ya que, representamos intereses ajenos y no somos dueños del conflicto ni protagonistas de la historia explícita, ni mucho menos de la que subyace. El problema es que, después de años ejerciendo la abogacía, me queda la sensación de que esa frase la repetimos mucho más de lo que la cumplimos. Con demasiada frecuencia dejamos de representar el conflicto y terminamos siendo parte de él.

No hablo de la firmeza ni del temperamento que exige litigar. El ejercicio profesional exige convicción, preparación y, a veces, dureza. La confrontación es parte natural y necesaria del proceso. El problema empieza cuando esa confrontación deja de ser jurídica y se vuelve personal, cuando el abogado deja de ser colega y pasa a ser enemigo.

Lo digo desde la experiencia. Una vez un colega intentó convencer a un cliente de que yo no tenía la preparación para llevar un proceso penal, no para demostrar que podía poner en marcha una mejor estrategia, sino para sembrar duda y quedarse con el caso. Otra vez recibí a un colega en mi oficina esperando hablar de cómo resolver el conflicto de nuestros clientes, y en cambio la reunión giró en torno a una amenaza de demandar a mi firma. Salí de ahí con una sensación extraña porque habíamos hablado mucho de nosotros dos y casi nada de nuestros clientes ni del conflicto ni de como resolverlo.

De esas lamentables y desafortunadas experiencias me surgen preguntas que todavía no logro absolver con precisión; ¿en qué momento dejamos de representar un conflicto para convertirnos nosotros en el conflicto? Creo que la respuesta tiene mucho que ver con el ego. Esta profesión exige una inversión enorme, intelectual y emocional. Es normal comprometerse con la causa; lo que no debería ser normal es apropiarse de ella. Cuando eso ocurre, el caso deja de girar en torno al cliente y empieza a girar en torno al orgullo del abogado.

Ahí las audiencias se vuelven escenario para ajustar cuentas personales. Los escritos ya no buscan persuadir al juez, buscan herir al colega. Las negociaciones se caen no porque las partes no puedan ponerse de acuerdo, sino porque ninguno de los abogados quiere ceder primero. El conflicto deja de pertenecerle a quien tiene el problema real y pasa a pertenecerle a quien debería estar ayudando a resolverlo. Y quien más pierde con esto es, casi siempre, el cliente, pues, un abogado que litiga desde el resentimiento pierde objetividad y empieza a decidir pensando en ganarle a otro abogado, no en conseguir lo mejor para su representado.

Pero ese conflicto ya no se queda en el expediente ni en las salas de audiencias. Cada vez con más frecuencia lo vemos saltar a un terreno mediático. Lo que antes se resolvía —o se disputaba— dentro de los márgenes del proceso, hoy se libra también en un titular, en una publicación de redes sociales, en una entrevista calculada para sembrar duda pública antes de que el juez tenga siquiera la oportunidad de conocer el caso. El litigio deja de ser solo jurídico y se convierte en una batalla de percepción, donde importa menos lo que dice el expediente que lo que la gente cree haber entendido de él.

Y de ahí a la conspiración hay un paso corto. Cuando el argumento legal no alcanza para inclinar la balanza, algunos recurren a narrativas paralelas, a insinuar componendas donde no las hay, a tejer versiones que no resisten el menor escrutinio probatorio pero que, repetidas con suficiente insistencia, terminan por instalarse como verdad. No se ataca la tesis jurídica del otro lado; se ataca su honorabilidad, su independencia, a veces hasta su seguridad personal. El desprestigio se vuelve estrategia, y la estrategia se vuelve costumbre.

Lo grave es que esa lógica, una vez normalizada, no tiene techo. Del desprestigio calculado a la amenaza velada hay una distancia que se recorre más rápido de lo que quisiéramos admitir, y en nuestro medio ya hemos visto colegas, jueces y fiscales convertidos en blanco de campañas que rebasan lo profesional y rozan —o cruzan— la intimidación y la violencia. Cuando eso ocurre, ya no estamos discutiendo estrategias procesales, estamos poniendo en riesgo lo único que verdaderamente sostiene esta profesión, que es la posibilidad de disentir sin temor.

Por suerte también he conocido lo contrario, colegas capaces de sostener audiencias durísimas, defender cada argumento sin ceder un milímetro, y al final darle la mano a la contraparte con respeto genuino. Gente que entiende que ser contundente no está peleado con ser correcto, y que el abogado del otro lado no es un enemigo, sino alguien haciendo exactamente lo mismo, solo que desde la otra orilla. Ellos me han recordado que la verdadera talla de un abogado no se mide solo en los casos que gana, sino en cómo se comporta frente a quien piensa distinto.

Puede que el reto más grande de esta profesión no sea aprender una ley nueva o volverse experto en determinada área del derecho, sino acordarnos, todos los días, de que el conflicto nunca fue nuestro. Los clientes cambian, los expedientes se cierran, las sentencias se cumplen; pero nosotros, los abogados, nos seguiremos encontrando en los mismos pasillos, en los mismos tribunales, ejerciendo una profesión cuya dignidad depende, en buena parte, del respeto que sepamos guardarnos entre nosotros.