Matar a la pareja

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  • 26/08/2026 00:00

El arte tiene la posibilidad de trabajar de una manera muy creativa con la realidad. En primer lugar, la convierte en ficción y entonces, como si fuera una masilla, la manipula, la desdibuja, la convierte en crisis y busca hacer un rejuego con ella para que la audiencia o el público conozca aspectos que, en una mirada frontal, quizás no podrían ser asimilados. En momentos de trance esta dimensión permite sensibilizar a la población sobre los fenómenos sociales.

Algo similar ocurre con el teatro, que no solo juega con los hechos cotidianos, sino que también utiliza sus elementos simbólicos, el espacio, los cuerpos y el movimiento al retratar la vida, los sentimientos y los acontecimientos para dar un enfoque que contribuye con nuevas formas para comprender lo que ocurre en el mundo. Es un símil del espejo donde se reflejan las injusticias, los desatinos y los contextos históricos en que se asienta una comunidad.

La obra La mantis religiosa, dirigida por Teresita Mans y original del dramaturgo chileno Alejandro Sieveking, expone un episodio de un círculo muy estrecho: una familia formada por tres hermanas que viven en una casa aislada y que se desenvuelven en un comedor para llevar una vida muy vinculada a costumbres religiosas. Dos de ellas han tenido matrimonios que han terminado con resultados fatales para sus parejas.

La tercera hermana trae a casa a su novio y exponen sus planes para casarse. Este proyecto pone en alerta a las hermanas viudas por lo que han significado sus experiencias pasadas. Aquí se inicia la trama, pues el joven enamorado llega a esta casa movido por la curiosidad porque está enterado de las historias que se cuentan de esta familia. El humor negro, el suspenso empieza a enrarecer el clima de rejuego que tiene lugar en esta casona.

El misterio surge con los alaridos y rasguños de una cuarta hermana, menor, que está encerrada en una habitación y que ocasionalmente, se queja. Las otras, explican al joven que ha llegado, que aquella persona resguardada, tiene deformaciones que hacen imposible su presentación ante el público. Las costumbres de las ocupantes del hogar van a reflejar los perfiles de la sociedad que se desenvuelve en el exterior de esas paredes.

La aparición del padre de las jóvenes cambia el nivel de intensidad que lleva la obra. Enfermo y lleno de vicios, este hombre traza un nuevo perfil de la relación existente en la familia; cambia con su visión la realidad que se ha vivido, porque la percibe de otra manera. El rasgo más evidente de esto, es su comprensión de aquella que está escondida y que solo se expresa con el exterior mediante ruidos guturales y arañazos.

La directora Mans conoció el trabajo y la dramaturgia de Sieveking impulsados primero en Chile y luego en Costa Rica. Aunque el argumento se desenvuelve en la realidad chilena de la década de los años 70, la versión que ahora se presenta se ha adaptado a las circunstancias panameñas. El manejo de los personajes en el escenario, nos impulsa a involucrarnos en la historia. Las jóvenes juegan en el escenario con una gimnasia que en todo momento aumenta la tensión.

La mantis religiosa durante la cópula, se deja montar por el macho y, mientras este deposita su esperma, ella gira su cabeza y con las tenazas, corta el cuello de su pareja, que continúa la etapa final con la fuerza del abdomen. La sobreviviente, tendrá huevos muy fértiles para sus crías como producto del sacrificio de su amante. Este ejercicio teatral recoge esta matriz y se mueve en estos juegos simbólicos.

Esta obra se inspira en un hecho simple de la vida natural, así como en textos de la mitología clásica para reflejar el juicio seguido a París por las diosas que le involucraron en la guerra troyana.

La mantis religiosa ha escogido muy bien a su elenco, porque alcanzan el nivel de intensidad con los actores Joana Girón, Arinda Palacios, Gabriela Pita, Dan Torres como el novio y Luis Arteaga, en el papel del padre.

Este es el tipo de teatro que falta en nuestra urbe.

* El autor es periodista y docente