Murgas... va el despacho

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  • 11/06/2026 00:00

Sobre Rubén Darío Murgas (Murguita) hay que pensar con calma, con serenidad... pasado el impacto de su muerte hay una vida multifacética sobre la que se debe escribir: como profesional, como persona, como panameño. No es cuestión solo de lamentar su partida... al final todos seguiremos ese camino... sino de lanzar una mirada sobre la vida que transitó, y descubrir su mejor legado: su ejemplo, su don de gente.

En octubre de 1989 me propuso ser corresponsal de guerra de Radio Nacional en San Salvador, El Salvador. El Frente Farabundo Marti para la Liberación Nacional (FMLN), tras varias ofensivas, estaba a las puertas de la capital de ese país. Un número plural de periodistas extranjeros se concentraban allí, “y tú sabes el impacto que eso puede tener sobre Panamá”. Las relaciones de Panamá con Estados Unidos estaban en plena crisis, en su punto más bajo, y la Cruzada Civilista estaba a la ofensiva. Había pasado de las protestas masivas a ser un proyecto político alternativo en toda la regla, sobre todo después de las elecciones de ese año.

“Cubres desde allá y todos los días me haces un despacho... eso si no te vayas a exponer... la cosa es cubrir, no morirse en la batalla”, me dijo con un tono bromista y familiar. Murguita tenía una reputación bien ganada. Veragüense de pura cepa, provenía de una familia numerosa, donde sus hermanos también habían sido protagonistas de propuestas progresistas, cada uno en su rama.

En los años ochenta del siglo pasado fue director del periódico Crítica, donde, entre otras cosas le tocó entrevistar al maestro Gabriel García Márquez, y del que siempre recordó de manera anecdótica, que se opuso a que le pusiera la grabadora, y como buen periodista le pidió que tomara notas. Gabo venía se esa estirpe de reporteros de libreta, bolígrafo y buena memoria...

Allí, en Crítica produjo un glosario que más tarde sería guía de los muchos que existen hoy: Crítica y su salsa, que sería de consulta obligatoria todas las mañanas. Como hoy, los lectores esperaban aquellas glosas, nuevas noticias que aun no se confirmaban pero que estaban en el ambiente mediático y político como el zumbido de una abeja. Fue demasiado agresivo y revelador... tras su salida de ese medio Crítica y su Salsa desapareció... había rivalizado con otro grande de las glosas, Guillermo Sánchez Borbón que en pocas palabras sometía a sus ironías y su buena pluma, a un público que con sus escritos reforzada sus sospechas y su animadversión contra el régimen.

Para quienes indaguen sobre sus escritos lo encontrarán defendiendo los Tratados Torrijos Carter o la Reforma Educativa de 1979, y un aspecto crucial de su personalidad: defendía sus puntos de vistas con argumentos, pero cuando había desacuerdos los saldaba con un chiste, o con una broma amigable.

Aunque de por vida mantuvimos una amistad saludable, hay un punto clave en esa relación que me hizo pasar de los buenos saludos a la admiración y el respeto, independientemente de la posición política que representara. El 20 de diciembre de 1989, cuando la polémica panameño-norteamericana pasó de los escarceos diplomáticos y las presiones económicas y políticas, al quebranto de los fierros. Yo nunca había trabajado con el gobierno de aquella época, pero en diciembre de ese año, a mi regreso de San Salvador, mi recordado amigo José Hernández encabezada la dirección de comunicaciones de la Cancillería y me propuso trabajar con él a partir de enero de 1990. No se pudo... Radio Nacional, donde Murguita se mantenía como director había estado transmitiendo lo que ocurría durante la invasión desde la media noche del 19 de diciembre.

En la mañana varios panameños se fueron acercando a la sede de la emisora, en el edificio de la Contraloría Nacional, para manifestarse sobre los hechos. Desde la cancillería, donde me encontraba con José Hernández durante la conferencia de prensa que dio el entonces presidente encargado Francisco Rodríguez, me fui a Radio Nacional. Frente al edificio de Contraloría estaba, como colgado del cielo un helicóptero de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. Parecía estacionado en perfecta posición y alineado con el piso ocho, donde se encontraba la sede de la emisora. Al llegar, allí estaba Murguita, atendiendo teléfonos y hablando no sé con quién. Además de los panameños que se habían ido acercando a esas instalaciones para emitir su criterio, estaba un solo operador de radio siguiendo las instrucciones de un director que parecía un capitán de barco a punto de naufragar.

Salgan todos que van a bombardear la emisora, dijo repetidamente Murguita. Grajales, que era el operador de controles, una joven de afro amarillo, quien escribe y Rubén Darío Murgas fuimos los últimos en salir. Murguita partió con su buen amigo Mario Rognoni, desde cuya emisora siguieron transmitiendo. Se puede estar o no de acuerdo con su posición política, confrontado o alienado con el régimen de aquellos años pero además de buen periodista, buen amigo y panameño que amó a su país, Murguita fue ante todo un hombre valiente. ¡Hasta luego amigo!

* El autor es comunicador social