Neocomunismo de las ideas: disfraz de la izquierda internacional

  • 13/07/2026 00:00

Hay palabras que incomodan porque obligan a mirar de frente un fenómeno que muchos prefieren disfrazar. Me refiero al ¨neocomunismo de las ideas¨, concepto con el que trato de describir una forma de dominación propia del siglo XXI que, en vez de utilizar uniformes, gulags o partido único para producir efectos totalizantes, emplea un ¨disfraz¨ para ocultar la izquierda internacional. Si el viejo comunismo quiso adueñarse de los medios de producción material, esta versión quiere controlar algo aún más decisivo: el lenguaje aceptable, la memoria permitida, la reputación pública, la verdad oficial y hasta el clima moral dentro del cual un ciudadano se atreva, o no, a decir lo que piensa.

Ese es el cambio de fondo. Con este neocomunismo, el poder ya no vive solamente en el Estado policial ni en la fábrica ideologizada. También vive en universidades, organismos internacionales, plataformas digitales, medios, departamentos de recursos humanos, manuales de cumplimiento y debida diligencia, o redes de activismo, que actúan como tribunales morales. No hace falta prohibir todas las opiniones. Basta con volver algunas demasiado costosas. Basta con hacer que disentir parezca indecente.

No hablo de una ¨conspiración universal¨ ni de una reunión secreta entre ONGs, tecnócratas y burócratas. Hablo de una convergencia de intereses, lenguajes y métodos. Burocracias estatales, activismo transnacional, expertos normativos y plataformas tecnológicas han terminado creando una misma atmósfera en la que las libertades individuales clásicas retroceden en nombre de derechos cada vez más colectivistas, definidos por élites que se presentan como moralmente superiores y casi nunca rinden cuentas.

Así funciona este neocomunismo de las ideas. No entra siempre por la puerta de la ley dura, sino por el ¨soft law¨: guías, estándares, recomendaciones, certificaciones, protocolos, “mejores prácticas”, listas discriminatorias, o campañas contra la desinformación. Nada parece obligatorio, pero todo termina condicionando reputación, acceso, financiamiento y legitimidad. La libertad no desaparece de golpe; se va achicando. Deja de ser un derecho que limita al poder y se convierte en un permiso revocable para quien repite la ortodoxia correcta.

En el siglo XX la censura sonaba a botas. En el XXI se siente como clima. Esa es una de las grandes astucias de este neocomunismo. La esfera pública digital funciona con algoritmos que recomiendan, esconden, etiquetan, castigan o premian sin explicar su lógica. El resultado no es solo censura: es autocensura. El ciudadano aprende a callar antes de hablar, a corregirse antes de opinar, a medir cada palabra por miedo a perder prestigio, trabajo, visibilidad o acceso. Además, este fenómeno tiene un corazón material. La supuesta gratuidad digital es una ficción muy rentable: pagamos con datos, y los datos son una extensión de la persona. Cuando la privacidad deja de ser un límite al poder y se convierte en materia prima para modelar conductas, el ciudadano deja de ser sujeto y pasa a ser perfil. Primero se le observa, luego se le predice y finalmente se le empuja. Esa es la nueva frontera del control, sin imponer a la fuerza, sino diseñando el entorno para que la obediencia parezca espontánea.

América Latina conoce bien ese libreto. Buena parte de sus populismos de izquierda, aunque proceden de una tradición comunista o socialista, se avergüenzan de decir su nombre y se refugian en siglas pintorescas, frentes amplios, alianzas ciudadanas y etiquetas progresistas. Pero el método es inconfundible: moralizan la política, demonizan al adversario, colonizan la educación, presionan a la prensa, reescriben currículos y presentan cualquier crítica como un ataque al pueblo, a la justicia social o a la democracia. No buscan debatir; buscan descalificar.

En Norteamérica, el deslizamiento también salta a la vista, con corrientes que hoy gravitan alrededor del Partido Demócrata americano o del Liberal canadiense que poco tienen que ver con la tradición liberal y de centro-izquierda, habiendo cedido terreno a una izquierda identitaria y populista que reemplaza la discusión de programas por un examen de pureza moral y de clases sociales.

Europa, por su parte, ofrece una versión más elegante, aunque incluso más tóxica. En muchos países, distintas izquierdas neocomunistas, -en gobierno o en oposición-, rezuman superioridad moral mientras degradan el pluralismo y, en demasiados casos, toleran un antisemitismo vergonzoso disfrazado de derecho internacional y sensibilidad humanitaria. Su toxicidad las ha llevado a ´juzgar la historia occidental¨ buscando, incluso, la revisión del pasado colonial con una liturgia de autoflagelación nacional, orientada a ¨inocular¨ una culpa permanente.

Ni la ONU se salva. Ahí está el vergonzoso ejemplo de la relatora Francesca Albanese, convertida, para muchos, en emblema de una discriminatoria moralización selectiva, y de una hostilidad sistemática, y hasta antisemita, hacia Israel, que erosiona la credibilidad internacional, -un detalle que importa mucho-, porque aquí aparece la dimensión geopolítica del problema: este neocomunismo no necesita conquistar territorios; le basta con colonizar estándares, relatos y legitimidades, lo que sus promotores llaman, hipócritamente, inclusión, cuidado y progreso.

En consecuencia, la respuesta no puede ser el silencio. Hay que defender, sin complejos, los límites al Estado, los límites a las plataformas, la libertad individual, la privacidad, el debido proceso, y el derecho a disentir. Porque cuando la palabra queda en manos de burócratas, activistas y censores, la libertad deja de ser un derecho y pasa a ser un favor, y cuando una sociedad acepta eso, ya ha empezado a perder mucho más que un debate: ha empezado a perder sus libertades y su alma democrática.