Notas preliminares sobre el cuento fantástico panameño
- 07/09/2026 09:19
En Panamá se ha publicado un número apreciable de importantes antologías de diverso tipo en torno al cuento, sin duda el género más cultivado por nuestros escritores. Sin embargo, hasta el momento no se ha hecho una rigurosa selección alusiva a lo fantástico.
El primer cuento panameño propiamente fantástico es “La boina roja” (1954), texto muy celebrado de Rogelio Sinán (1902-1994). Los críticos que han documentado más la existencia de este tipo de literatura nacional han sido en su momento: Fredy Villarreal Vergara; Ela Urriola; Danae Brugiati, Melquiades Villarreal Castillo, Rodolfo De Gracia, Enrique Jaramillo Levi y Fernando Burgos (chileno). Sin duda otro dato interesante es que las dos cuentistas nacionales que a mi juicio más y mejores cuentos fantásticos han publicado hasta la fecha sean: Giovanna Benedetti y Cheri Lewis. No obstante, es importante admitir, en general, que no es lo fantástico, por el momento, el sesgo predominante en la cuentística escrita en Panamá.
Pese a lo anterior, creo justo consignar aquí el carácter precursor de lo señalado en su momento por el profesor de la Universidad de Panamá, Ricardo Segura, acucioso crítico panameño, cuando en breve ensayo comentó: “Enrique Jaramillo Levi (1944) es el primer autor panameño en introducir en nuestra cuentística diversas variantes de la literatura fantástica, enriqueciendo el creciente caudal de nuestras letras, mientras empieza a experimentar con la compleja modalidad denominada “metaficción”.
Por su naturaleza proteica, porosa, insólita, que suele romper lo cotidiano desquiciándolo sin remedio y sin explicación, el goce estético de lo fantástico depende más de la sensibilidad que del conocimiento. Lo extraño que sucede no puede ser explicado como un simple misterio, ni comprendido por la razón o la lógica dentro ni fuera del texto. Porque ocurre que a menudo puede confundirse con fenómenos paranormales, que sin duda existen y a veces tienen explicación aceptable; o bien con lo absurdo, lo onírico o lo surreal, que son también formas extrañas de ser de ciertas realidades.
Suele ocurrir que de pronto, en el flujo de la narración, se entrometa de pronto una suerte de quiebre, ruptura, o magia imprevista que no es simple truco, y que irrumpe sin explicación en la realidad, de tal forma que ya nunca sea la misma. Y esto casi siempre sucede mediante un procedimiento que a veces se denomina “vuelta de tuerca”, y que otras representa una revelación insólita que ocasiona en el lector sensible una verdadera “epifanía”. Lo otro que habría que señalar es que a menudo lo fantástico es de tal naturaleza irruptiva y a veces de carácter amenazador, que al mismo tiempo constituye una auténtica cala en los abismos del horror.
Es innegable que el origen de este tipo de narrativa, muy antigua, se remonta a la denominada literatura gótica (siglos XVIII y XIX), así como a inicios del Siglo XX al surrealismo francés y, tangencialmente, a cierta ciencia ficción cultivada por talentosísimos autores como Julio Verne; HG. Wells; Ray Bradbury; Isaac Asimov y Stanislaw Lem. Pero sin duda el padre tanto de la literatura moderna fantástica –también la de terror y la de tipo policíaco– es el célebre poeta y cuentista Edgar Allan Poe (1809-1849); también el menos conocido periodista y cuentista Ambrose Bierce, así como a H.P. Lovecraft: todos norteamericanos...
En América Latina los herederos de Poe son los uruguayos Horacio Quiroga y Felisberto Hernández; además de los argentinos Jorge Luis Borges y Julio Cortázar... De Quiroga, habría que nombrar “El almohadón de plumas” y “La miel silvestre”; de Borges: “Las ruinas circulares” y “El jardín de los senderos que se bifurcan”; de Cortázar: “Axolotl”, “La noche boca arriba” y “Continuidad de los parques”, todos de una extraordinaria calidad universal... Pero cabe notar que si lo inverosímil que sucede en un texto narrativo se puede explicar de algún modo justificable –pesadilla, alucinación, el producto de una droga o de un estado extremo de delirium tremens-, en rigor no es de naturaleza fantástica.
Por otra parte, es fundamental notar que si lo que los caracteriza a lo largo de su trama es la aparición de una serie de sucesos inverosímiles o sobrenaturales que forman parte intrínseca de su propia naturaleza, a veces no se le considera literatura fantástica sino realismo mágico a lo García Márquez en “Cien años de soledad”; o eso otro que, mucho antes, el escritor cubano Alejo Carpentier denominó “lo real maravilloso” aludiendo a sus excelentes novelas: “El reino de este mundo” y “Los pasos perdidos”.
Se trata de un concepto que consiste en que lo maravilloso ya forma parte de la cultura intrínseca de una región o país, o de la entraña más profunda de la naturaleza misma, pero que solo un momento de percepción aguda del espectador –lector– permite que dicha “magia” aflore en algún particular vector de observación con su entronización anímica.
Afirmo entonces que la organización de una cuidadosa antología de la mejor literatura fantástica panameña está por realizarse, siempre y cuando tal iniciativa conlleve la indispensable condición de poseer una auténtica calidad demostrable.