Nuevas meditaciones sobre el Juan Rulfo que conocí, parte III

Cedida
  • 26/06/2026 00:00

“Para Mónica Durán, mexicana con más de 30 años de radicar en Panamá”. Hablar de Juan Rulfo no es solamente una de tantas formas de ir cociendo lo mejor de la literatura mexicana pasada y presente. Es más bien un acceso a lo mejor de las letras de un inmenso país cuyos numerosos escritores talentosos han hecho una gran contribución, mundialmente reconocida, no sólo a la cultura azteca, sino al mismo tiempo a la universal.

Después de Rulfo, narradores mexicanos como Carlos Fuentes, Agustín Yañez, Salvador Elizondo, Rosario Castellanos, José Emilio Pacheco, Juan José Arreola, Elena Garro, Juan García Ponce; Guadalupe Dueñas, Sergio Pitol, Juan Villoro, Jorge Volpi, Elena Poniatowska, Fernando del Paso; Gonzalo Celorio, Mónica Lavín, Valeria Luiselli y Guadalupe Nettel, entre muchos otros, han aportado obras, sobre todo en el género novelístico, de una calidad sobresaliente.

Sin embargo Rulfo, con su estilo sinuoso, sus personajes de pocas palabras y las difíciles situaciones que les toca vivir, prefiguran su manera de concebir una realidad que en buena medida marca un antes y un después imposible de olvidar una vez entrados como lectores atentos, a sus dos únicas obras literarias: El llano en llamas y Pedro Páramo.

Y en ese sentido, el haber tenido la oportunidad en 1971 de conocer a Rulfo en persona y de leer sus libros, habrían también de modificar mi modo de concebir las diferentes formas de creación literaria como autor que para entonces yo apenas empezaba a ser. Ya lo he dicho en otras oportunidades: tanto la obra del panameño Rogelio Sinán –algunos de sus mejores cuentos y por supuesto su gran novela La isla mágica (1979) –; como años más tarde las dos obras de Rulfo, cambiaron radicalmente mi comprensión de las múltiples opciones disponibles al crear ficción artística...

A tal grado es así, que ahora que empiezo a pergeñar un amplio resumen de mis memorias para un libro que probablemente titularé Retrospecciones (Memorias de ida y vuelta), el recuerdo de la influencia de ambos autores, sus anécdotas e influencias literarias, sin duda ocuparán un muy merecido espacio en su vital aspecto anecdótico.

Me parece necesario destacar los libros sobre Rulfo que más merecen la atención de sus admiradores. Menciono solamente algunos: Había mucha neblina o humo o no sé qué: Caminar con Juan Rulfo (2016), de Cristina Rivera Garza; Noticias sobre Juan Rulfo. La biografía (2017), de Alberto Vital; Ladridos, astros agonías, Rilke y Broch en el lector Rulfo (2017), de Víctor Jiménez, director de la Fundación Juan Rulfo; y El fotógrafo Juan Rulfo (2017), de Paulina Millán, con un ensayo incluido de Jorge Cepeda; La ficción de la memoria: Juan Rulfo ante la crítica, de Federico Campbell, Asimismo, reconocidos autores mexicanos tales como Carlos Blanco Aguinaga (en 1955), Mariana Frenk (1961), Juan Villoro (2000) y Jorge Aguilar Mora (2001), también han escrito sobre el célebre autor de Pedro Páramo. Hay muchos más.

Por otra parte, en mayo de 2017, para celebrar los 100 años del nacimiento de Rulfo, la prestigiosa revista mexicana Proceso dedicó su número 58, con 86 páginas ricamente ilustradas, a celebrarlo, bajo el título de: Vine a Comala... Cien años de Juan Rulfo. En su introducción, la revista comienza con un comentario de gran orgullo nacional; “Hoy Pedro Páramo es nuestra obra en prosa más leída y traducida del mundo!”.

Sin embargo, en los primeros años de su aparición esta novela no fue comprendida en el México de la época. Una vez el mismo Rulfo dijo: “Mi generación no me comprendió”. Se refería más a la primera oleada de lectores y reseñistas del libro, que a sus colegas. Ocurría que la complejidad estructural de la obra literalmente los abrumó: su fragmentarismo constante, los bruscos cortes de tiempo y espacio; las oscilaciones entre la vida y la muerte y las zonas intermedias difíciles de precisar. entre pequeñas descripciones casi fotográficas y ocasionales frases de alto vuelo poético; pedazos de conversaciones entre personajes a veces indeterminados, que a media novela descubrimos que están muertos y que no obstante platican entre sí en sus tumbas...

Se trata de un Convivio de fantasmas, ha comentado algún lector de la primera época. Y es que todos esos procedimientos narrativos rompían una y otra vez las normas establecidas de la novela tradicional mexicana. Incluso, algunos reseñistas pensaban que la novela daba una imagen negativa, y por tanto inconveniente de México, en lugar de promover sus valores. Por suerte, poco a poco Pedro Páramo fue ocupando el sitio que merecía, no sólo en México, sino en la literatura universal.

Para una comprensión más cabal de Rulfo y de su obra, recomiendo la lectura de mi extenso ensayo titulado El hombre, el escritor, el mito: Recordando a Juan Rulfo, publicado en el libro Complicidades (2018), en el que los 9 primeros ensayos sobre narrativa son de mi autoría y los otros 9 acerca de diversos aspectos de la poesía corresponden a Salvador Medina Barahona como el responsable de esa sección.

* El autor es escritor, profesor jubilado, promotor cultural y editor