Océanos más cálidos, decisiones más urgentes - adaptarse al clima que ya cambió
- 22/08/2026 00:00
En marzo de este año, la temperatura media de la superficie de los océanos entre los 60° sur y 60° norte (franja central e intermedia de la Tierra, la cual abarca las zonas climáticas tropicales y templadas del planeta), alcanzó 20.97 °C. Copernicus la ubicó, como la segunda más alta registrada para un mes de marzo, en apenas 0,10 °C, por debajo del récord alcanzado en marzo de 2024 (cuando todavía estaba activo el fuerte episodio de El Niño 2023-2024). Este dato muestra que el océano seguía acumulando y redistribuyendo una cantidad excepcional de calor.
Ese calor no quedó aislado. Durante los siguientes meses, el Pacífico tropical mostró un rápido aumento de temperatura, alimentado por una importante reserva de energía bajo la superficie. La OMM describió temperaturas subsuperficiales superiores en más de 6 °C al promedio en amplias zonas del Pacífico ecuatorial. Esa reserva contribuyó al calentamiento superficial y favoreció la rápida evolución de El Niño 2026-2027.
Al mismo tiempo, aparecieron anomalías térmicas en el Pacífico, el Atlántico Norte y el Atlántico tropical. La coincidencia de estas señales, considerada sin precedentes por su combinación y extensión, aumenta la complejidad del sistema climático. La NOAA estima una alta probabilidad de que El Niño alcance una intensidad muy fuerte durante el último trimestre de 2026. Para noviembre, distintos escenarios contemplan incluso la posibilidad de un episodio extremadamente fuerte.
Un océano más caliente modifica ecosistemas y patrones atmosféricos. Puede desplazar especies hacia aguas más frías, alterar cadenas alimentarias, aumentar el estrés sobre arrecifes y favorecer pérdidas de biodiversidad. También puede modificar lluvias, sequías, olas de calor y otros eventos extremos. Ningún episodio de El Niño produce los mismos efectos en todas las regiones, pero un evento intenso eleva las probabilidades de impactos severos en determinados territorios.
Para las empresas, esta información debe traducirse en decisiones inmediatas. El riesgo climático físico ya afecta activos, operaciones y cadenas de suministro. Una industria expuesta a inundaciones, una operación agrícola dependiente de lluvias regulares, una infraestructura sometida a calor extremo o una empresa que depende de proveedores vulnerables pueden enfrentar interrupciones, mayores costos, menor productividad y dificultades para proteger a su mano de obra.
La respuesta práctica es desarrollar planes de adaptación empresarial con horizontes de corto, mediano y largo plazo. La prevención cuesta menos que responder tarde a interrupciones que podían identificarse mediante información climática disponible. El primer paso consiste en identificar activos, procesos, proveedores y trabajadores expuestos; después, estimar vulnerabilidades y definir medidas. Estas pueden incluir protección física, diversificación de proveedores, eficiencia hídrica y energética, almacenamiento, protocolos ante calor extremo, seguros adecuados y criterios climáticos para nuevas inversiones.
Adaptarse también puede generar ventajas competitivas. Una empresa que conoce sus riesgos puede reducir interrupciones, proteger capital, negociar mejor financiamiento y tomar decisiones de inversión con más información. Los bancos pueden incorporar escenarios físicos en la evaluación crediticia. Los municipios pueden revisar infraestructura, drenajes, agua y ordenamiento territorial. Los inversionistas pueden distinguir entre activos preparados y activos expuestos.
Otro paso es separar impactos reversibles de daños persistentes. Una interrupción temporal de producción no equivale a la pérdida permanente de un ecosistema, una fuente de agua o una infraestructura crítica. Empresas y gobiernos necesitan cuantificar pérdidas y daños, registrar costos directos e indirectos y evaluar qué impactos pueden recuperarse y cuáles requieren transformación, relocalización o sustitución.
Marzo de 2026 dejó una señal clara, que el clima cambió y el análisis económico debe cambiar con él. Ecosistemas, empresas, bancos, inversionistas y gobiernos necesitan incorporar el riesgo climático en sus decisiones. La oportunidad está en anticiparse, reducir exposición, proteger personas y capital, y orientar recursos hacia economías sostenibles, inclusivas, bajas en emisiones y resilientes.