Panamá ante un multilateralismo debilitado: navegar y posicionarse
- 02/05/2026 00:00
El Noveno informe sobre el progreso de la Agenda 2030 en América Latina y el Caribe, presentado por la CEPAL, deja una advertencia que va más allá del cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS): el principal problema ya no es solo económico o social, sino de gobernanza global. En ese contexto, el ODS 17 —alianzas para lograr los objetivos— se convierte en el verdadero punto de quiebre.
La razón es simple. Sin cooperación internacional, financiamiento y reglas compartidas, la Agenda 2030 pierde viabilidad. Y hoy, ese andamiaje está bajo presión.
El informe muestra que, aunque persisten avances en áreas como la cooperación científica y el fortalecimiento de capacidades estadísticas, el entorno global se ha deteriorado. El mundo atraviesa una transición hacia una mayor fragmentación geopolítica, con un giro hacia el proteccionismo, la rivalidad tecnológica y una menor disposición a la acción colectiva. En lugar de un sistema basado en reglas, emerge uno donde las interdependencias económicas y tecnológicas se utilizan como instrumentos de poder.
Las consecuencias son directas. Se reduce el financiamiento para el desarrollo, se ralentizan los acuerdos internacionales y se debilitan las instituciones multilaterales. Al mismo tiempo, los grandes desafíos —el cambio climático, la desigualdad, las pandemias— siguen siendo, por definición, transnacionales. La paradoja es evidente: los problemas son cada vez más globales, pero las soluciones se vuelven crecientemente nacionales.
En este escenario, el ODS 17 deja de ser un componente técnico y pasa a ser una condición estructural. Sin él, el resto de los objetivos pierde tracción.
Para Panamá, esta realidad no es abstracta. Es estratégica.
Por su posición geográfica y su modelo económico, Panamá depende más que el promedio regional de un entorno internacional predecible. Es un país logístico, abierto y profundamente integrado al comercio global. Su principal activo —el Canal y su plataforma de servicios— descansa sobre flujos estables de comercio, inversión y conectividad.
Un multilateralismo debilitado introduce incertidumbre precisamente en esos flujos.
La fragmentación de las cadenas de suministro, la competencia entre bloques y el uso geopolítico del comercio pueden alterar rutas, inversiones y decisiones estratégicas. En ese contexto, Panamá no solo enfrenta riesgos de pérdida de oportunidades, sino también la posibilidad de verse obligado a navegar tensiones entre actores globales con intereses divergentes, particularmente en sectores estratégicos como la logística, la infraestructura y el comercio.
Sin embargo, este escenario también abre una ventana.
La reconfiguración del comercio mundial, el nearshoring y la búsqueda de plataformas logísticas confiables pueden reforzar la relevancia estratégica de países como Panamá. Pero esa oportunidad no es automática. Depende de condiciones internas que el propio informe identifica como críticas: infraestructura adecuada, capital humano, seguridad jurídica y capacidad institucional.
Aquí aparece el punto más sensible.
El debilitamiento del multilateralismo no sustituye —ni compensa— las debilidades internas; al contrario, las expone con mayor crudeza. En un entorno global más incierto, la capacidad del Estado para coordinar, ejecutar y sostener políticas públicas se vuelve aún más determinante.
Panamá enfrenta, por tanto, un doble desafío.
Por un lado, debe aprender a navegar un sistema internacional más fragmentado, donde las reglas son menos claras y las decisiones están más cargadas de consideraciones geopolíticas. Por otro, debe posicionarse estratégicamente para aprovechar las oportunidades que esa misma fragmentación genera.
Navegar no es suficiente. Posicionarse implica tomar decisiones. Eso, en el contexto actual, se traduce en: alineamientos, equilibrios o autonomía estratégica.
Implica definir prioridades en política exterior, fortalecer su institucionalidad, mejorar su capacidad de ejecución y construir una visión de desarrollo que vaya más allá de la inercia del crecimiento. También implica entender que, en un mundo donde la cooperación ya no puede darse por sentada, la credibilidad y la consistencia interna se convierten en activos estratégicos.
El mensaje del informe es claro: el cumplimiento de la Agenda 2030 no depende únicamente de la voluntad política, sino de la capacidad real de los Estados y de la calidad del entorno internacional.
Esto también exige una lectura más pragmática del entorno internacional. Panamá no puede limitarse a reaccionar ante las tensiones globales; debe anticiparlas. Ello supone diversificar sus alianzas, fortalecer su presencia en foros regionales y multilaterales, y desarrollar una diplomacia económica más activa, capaz de articular intereses nacionales en escenarios complejos. Al mismo tiempo, implica invertir en inteligencia estratégica y en capacidades estatales que permitan traducir oportunidades externas en resultados concretos.
En un mundo donde las reglas son más inciertas, los países que logren combinar claridad estratégica con solidez institucional tendrán ventaja. Panamá aún está a tiempo de ubicarse en ese grupo.
Para Panamá, esto se traduce en una conclusión concreta: no puede dar por sentado el multilateralismo, pero tampoco puede prescindir de él. Debe aprender a operar en su debilitamiento, sin renunciar a su fortalecimiento. En otras palabras, el desafío no es solo adaptarse al nuevo contexto global, sino encontrar un lugar en él.