Panamá emergió del mar y sigue moviéndose

  • 03/09/2026 00:00

Hace unos 20 millones de años, donde hoy caminan miles de personas rumbo a sus oficinas en la ciudad de Panamá, no había nada. Solo agua. Un puñado de islas volcánicas asomaba entre el Pacífico y el Caribe, separado por el mar, sin conexión entre sí. El istmo que hoy conocemos no existía todavía: fue construido a fuerza de choques y empujones entre placas tectónicas, durante millones de años. La placa Caribe se topó con las placas de Nazca y Sudamericana; los espacios entre las islas se rellenaron con sedimentos; y hace apenas unos tres millones de años, el último canal de agua que separaba los dos océanos se cerró para siempre. Panamá, tal como la conocemos, es un país joven, y nació del fondo del mar gracias al mismo proceso que hoy sigue activo bajo nuestros pies: el movimiento de las placas.

Ese dato, que suena a curiosidad geológica de museo, tiene una consecuencia directa en la vida cotidiana del país: el suelo panameño forma su propia microplaca, pequeña, pero en contacto con otras cuatro —Nazca, Cocos, Caribe y Sudamericana—. Y donde placas se rozan, se acumula energía. Panamá está, además, dentro del Cinturón de Fuego del Pacífico, la franja donde ocurre la mayor parte de la actividad sísmica del planeta. Cerca de Punta Burica, en Chiriquí, converge un punto triple entre tres de esas placas, una de las zonas de mayor actividad sísmica de toda Centroamérica. Ahí mismo, el Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá lidera una investigación internacional junto con el Instituto Andaluz de Geofísica de la Universidad de Granada, en España; el Centro Alemán de Investigación en Geociencias (GFZ); y el Instituto de Física del Globo de París, en Francia, con la colaboración de especialistas de Costa Rica. El equipo instala en 2026 más de un centenar de sismómetros en el occidente del país para entender mejor lo que ocurre bajo esa región.

La ciudad de Panamá tiembla poco, es verdad. Casi todo el movimiento fuerte del país se concentra en Chiriquí y Bocas del Toro, más cerca de las fronteras. Esa quietud relativa alimentó, durante generaciones, una idea cómoda pero equivocada: que Panamá está libre de terremotos. Los números dicen otra cosa. El Instituto de Geociencias capta entre 15 y 20 sismos diarios y hasta dos mil al año en todo el territorio, a través de una red sísmica de 65 estaciones que cubre desde Bocas del Toro hasta Darién. Y la historia del país guarda al menos 15 sismos con muertos y daños serios, uno de ellos con epicentro casi bajo la propia capital: el terremoto de 1621, que derribó buena parte de Panamá la Vieja y estuvo asociado a la falla de Pedro Miguel, junto al trazado actual del Canal.

El más grande de todos ocurrió el 7 de septiembre de 1882: magnitud 7.9, epicentro en el Golfo de San Blas, un tsunami que dejó unas 75 personas ahogadas en la comarca Guna Yala y daños en Panamá y Colón. El más letal en tiempos recientes fue el del 22 de abril de 1991, con epicentro en Limón, Costa Rica: 79 muertos y más de mil heridos, casi todos en Bocas del Toro. Puerto Armuelles ha sido sacudido una y otra vez —en 1934, 1979, 2002 y 2003—, y en 2022 un sismo de magnitud 6.7 al sur de David resultó el más fuerte registrado en el país en la última década. Desde 1900, Panamá acumula 12 terremotos de magnitud 7.0 o mayor.

Este año, la región entera ha dado motivos de sobra para prestar atención. El 24 de junio de 2026, un doblete sísmico sacudió el norte de Venezuela y dejó, semanas después, un saldo cercano a cinco mil muertos y cientos de edificios colapsados. El 10 de agosto de 2026, un terremoto de magnitud 7.4 con epicentro en el Chocó colombiano remeció Bogotá, Cali y buena parte del occidente del país vecino. Dejó 289 fallecidos, según el balance más reciente del Gobierno colombiano y se sintió con fuerza en Ecuador y en Panamá: en Darién y en la comarca Guna Yala, la tierra se movió entre 40 segundos y un minuto, según el reporte del Instituto de Geociencias, y en la capital varios edificios fueron evacuados por precaución.

Ambos eventos ocurrieron por el mismo mecanismo que actúa bajo el territorio panameño: la fricción entre las placas del Caribe, Nazca y Sudamericana. No hay forma de predecir un terremoto ni de anticipar cuándo llegará el próximo evento mayor, y ningún geólogo panameño afirma que uno esté por ocurrir. Pero el mecanismo geológico que produjo esas tragedias en Colombia y Venezuela es el mismo que existe bajo el occidente y el oriente panameños, y eso convierte la pregunta en algo distinto a una curiosidad lejana. Néstor Luque, director del Instituto de Geociencias, lo resumió sin rodeos tras el sismo colombiano: Panamá no queda fuera de la actividad sísmica del planeta, porque está justo en una de las zonas donde más placas interactúan entre sí.

Ahí aparece la parte incómoda del asunto. El propio Instituto de Geociencias ha reconocido, en público, que la infraestructura para detectar y alertar a tiempo sigue corta frente al tamaño del riesgo. El país cuenta con una red de monitoreo activa las 24 horas, pero todavía no tiene un sistema de alerta temprana capaz de avisar a la población segundos antes de que llegue una onda sísmica fuerte, algo que ya existe en otros países de la región y que Panamá evalúa incorporar, incluida la posibilidad de sumarse al sistema de alerta de Google. Luque ha insistido en la urgencia de fortalecer esas capacidades antes de que un evento mayor obligue a improvisar.

Nada de esto pide pánico. Pide algo más sencillo y útil: dejar de repetir que Panamá está a salvo por costumbre o por suerte. El país nació de un proceso sísmico y sigue asentado sobre él; acumula energía en sus fallas del mismo modo en que la acumulan Colombia y Venezuela; y su historia, bien leída, ya avisó varias veces que la calma de hoy no es una garantía para mañana. Construir con normas sismorresistentes, exigir un sistema de alerta temprana, y enseñar en las escuelas qué hacer cuando tiembla, no es alarmismo: es simplemente hacerle caso a la tierra sobre la que vivimos.