Panamá está desperdiciando uno de sus mayores activos
- 26/07/2026 00:00
“El desarrollo no consiste únicamente en formar talento. Consiste también en no desperdiciarlo cuando ha alcanzado su mayor valor: la experiencia”.
Panamá está entrando en una nueva realidad demográfica. Vivimos más años, gozamos de una mayor esperanza de vida y la proporción de personas mayores crece de forma sostenida, mientras disminuye la natalidad. Lejos de representar un problema, esta transformación debería impulsarnos a valorar mucho más el enorme capital humano acumulado por quienes han dedicado décadas a aprender, trabajar y servir al país.
Sin embargo seguimos desperdiciando uno de nuestros mayores activos para el desarrollo nacional: la experiencia, el conocimiento y la capacidad de aportar de cientos de miles de personas mayores.
Durante décadas invertimos en formar maestros, médicos, ingenieros, científicos, agricultores, empresarios, servidores públicos y trabajadores especializados. Ellos construyeron instituciones, impulsaron empresas, educaron generaciones y enfrentaron crisis de toda índole. Sin embargo, cuando alcanzan determinada edad, con demasiada frecuencia reciben un mensaje silencioso, pero contundente: “Gracias por sus servicios; ahora háganse a un lado”.
Ese despilfarro tiene un nombre: edadismo. Es la discriminación, los prejuicios y los estereotipos basados en la edad. Pero sus consecuencias van mucho más allá de una cuestión de derechos: empobrece a las personas, debilita las instituciones y priva al país de un capital humano que tomó toda una vida construir.
La experiencia no envejece; se acumula. Los países más inteligentes son los que saben convertir esa experiencia en una ventaja para su desarrollo.
Hemos construido una cultura que escucha cada vez menos a quienes más experiencia poseen. Con frecuencia confundimos innovación con inexperiencia, velocidad con inteligencia y novedad con progreso. La peor forma de discriminación no siempre es el rechazo abierto; muchas veces adopta la forma de la indiferencia. Cuando una sociedad deja de escuchar a quienes más experiencia poseen, no solo empobrece el debate público; también pierde una parte esencial de su memoria colectiva.
Nunca antes la humanidad había vivido tantos años. Nunca había acumulado tanta experiencia. Y, paradójicamente, nunca había estado tan obsesionada con parecer joven.
Nuestra cultura exalta la belleza, la velocidad y la novedad. Casi sin advertirlo transmite la idea de que el paso del tiempo disminuye el valor de las personas. Como si la experiencia fuera un defecto que debe ocultarse y no un patrimonio que merece ser aprovechado.
Pero nuestros jóvenes no nacen menospreciando la experiencia; aprenden a hacerlo en una sociedad que rara vez favorece el encuentro entre generaciones. La publicidad invisibiliza a las personas mayores; muchas organizaciones privilegian exclusivamente la juventud; las redes sociales premian la imagen y la inmediatez; y el éxito suele asociarse más con la apariencia que con el conocimiento.
El resultado es una pérdida para todos. Los mayores dejan de sentirse útiles y los jóvenes pierden la oportunidad de aprender de quienes ya enfrentaron desafíos similares. Una sociedad donde cada generación comienza desde cero termina repitiendo los mismos errores.
La verdadera modernidad no consiste en reemplazar la experiencia por la juventud. Consiste en lograr que ambas trabajen juntas. Innovar no significa romper con el pasado; significa aprender de él para construir un futuro mejor.
Panamá habla constantemente de atraer inversiones. Pero existe una inversión que ya hicimos y que estamos dejando perder.
Cada médico que salvó vidas; cada maestra que formó generaciones; cada agricultor que aprendió a conocer la tierra; cada ingeniero que construyó obras; cada servidor público íntegro; cada emprendedor que levantó una empresa... representan una enorme inversión realizada por toda la sociedad.
Cuando ese conocimiento deja de aprovecharse únicamente porque esas personas envejecen, Panamá no pierde solamente talento. Despilfarra memoria institucional, capacidad de mentoría, liderazgo, criterio y sentido histórico.
No existe política pública capaz de compensar el desperdicio sistemático del conocimiento acumulado de una generación entera.
Panamá necesita abrir espacios para que las personas mayores continúen aportando como mentores, docentes, investigadores, asesores, emprendedores, voluntarios y líderes comunitarios. Necesita organizaciones donde distintas generaciones colaboren, aprendan unas de otras y compartan responsabilidades.
Las sociedades más exitosas no sustituyen una generación por otra. Construyen puentes entre ellas.
Los países no se desarrollan únicamente acumulando carreteras, puertos, edificios o inversiones. También se desarrollan acumulando conocimiento y, sobre todo, sabiendo conservarlo, transmitirlo y aprovecharlo.
Panamá ya hizo esa inversión. Está en la inteligencia, la experiencia y la trayectoria de cientos de miles de personas mayores. Nuestro desafío es convertir ese patrimonio en una ventaja para el desarrollo.
Los países más inteligentes no son necesariamente los que poseen más recursos. Son los que desperdician menos talento.